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La reforma de El Molinón cumple diez años como "un entorno privilegiado" tras la llegada de negocios

Hosteleros, vecinos y clientes destacan la dinamización de la zona tras la reforma del estadio hace una década y la nueva actividad en los bajos

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Por la izquierda, las pequeñas Ariadna, Aitana y Paula Pérez, junto a David Pérez y Pilar Martínez y el recién nacido Egoitz Marcos León

“Aspira a convertirse en el tercer emblema de Gijón junto al ‘Elogio’ y La Laboral”. Así describió el por entonces presidente de la constructora Procoin, Constantino Martínez, la última gran reforma de El Molinón de la que este año se cumple una década. La obra, que culminó oficialmente el 29 de abril de 2011, supuso la ampliación de los graderíos, una reforma total de la fachada y la creación de 12.000 metros cuadrados de superficie comercial que diez años después han convertido a El Molinón en un motor económico de Primera División. Cuenta con 11 negocios activos, decenas de puestos de trabajo y centenares de clientes. “Es un entorno privilegiado. Se dio vida a una zona muerta”, coinciden empresarios y clientes.

El presidente de Procoin pronunció esas palabras en la presentación de la nueva imagen del estadio, en abril de 2010. Paz Fernández Felgueroso, por entonces alcaldesa, aseguró que “El viejo Molinón se transformaba en un joven campo de Primera”. De aquella, el Sporting cumplía su segunda temporada en la élite tras el ascenso de 2008. La reforma del estadio fue una carrera de fondo, que arrancó en 2006 con la adjudicación de la obra a la sociedad Ruta de El Molinón. Los incumplimientos de la compañía llevarían al Ayuntamiento a resolver un contrato que acabó en Procoin. Semanas después del final de las obras, que superaron los 30 millones de euros, llegaron Alimerka y Brutus, local de comida rápida, que fue el primero en bajar la persiana, en 2013.

El aforo se quedó en 30.000 espectadores

El aforo se quedó en 30.000 espectadores

Quien conoce bien las bondades que ofrece El Molinón es Paco García, el propietario del Carlin Goal, que lleva asentado en los bajos del estadio desde el 2014. “El entorno es inmejorable, porque tenemos cerca el Palacio de los Deportes, buenas comunicaciones, aparcamiento y el Grupo Covadonga”, relata. “Ahora, con la vacunación, estamos dando muchísimos desayunos”, prosigue. “Hay una clientela muy variada, porque los negocios son variados. El estadio es como un pequeño centro comercial. Solo nos faltan las tiendas”, explica.

Con la reforma, El Molinón se ha convertido en un polo de atracción que arrastra a personas de todos los puntos de la ciudad. Una de ellas es Elvira Viña, una vecina de La Calzada, que, a pesar de la distancia, siempre acude a hacer la compra a los bajos del estadio. “Vengo por la facilidad que hay para aparcar”, explica. El feudo rojiblanco también arrastra turistas. Es el caso de Pilar Martínez y David Pérez y sus cuatro hijos. La pareja llegó ayer a Gijón desde León para pasar el día. “Siempre que venimos nos movemos por esta zona porque hay mucha actividad”, explican los leoneses, que señalan que en su ciudad el estadio carece de tanto movimiento.

El aforo se quedó en 30.000 espectadores

El aforo se quedó en 30.000 espectadores

Los bajos de El Molinón, un eje comercial que en realidad se llama “Molinón Centro”, está gestionado por la Sociedad Molinón Espacio Urbano. Inicialmente estuvo en manos de Procoin y pasó en 2018 al grupo Santagadea y en 2019 a un fondo de inversión asturiano. Aunque la pandemia supuso un frenazo para el espacio, lo cierto es que ni siquiera el coronavirus ha podido con el dinamismo del coliseo rojiblanco ya que el pasado 19 de abril abrió al público el último negocio alojado en las faldas del estadio más antiguo de España.

Se trata de Lúpulo, una cervecería restaurante que subió la persiana en el espacio que antes ocupaba el bar Hat-Trick. El responsable del negocio es Cesáreo Eijo, propietario, además, de la pulpería Tierras Gallegas, también en El Molinón. Entre los dos locales suma 54 empleados. Eijo cuenta una anécdota que explica el auge. Desvela que en Tierras Gallegas tiene sesenta avisadores para alertar a los clientes cuando se queda un sitio libre. “Llevo con ellos desde que abrimos y todavía hoy me pregunta gente que para qué sirven. Eso quiere decir que la clientela siempre es nueva”, apunta un empresario que cifra el precio del metro cuadrado en diez euros.

El aforo se quedó en 30.000 espectadores

El aforo se quedó en 30.000 espectadores

Uno de los grandes dinamizadores de la zona es el gimnasio Metropolitan, que mueve a centenares de usuarios todos los días para ejercitarse en sus instalaciones. Uno de ellos es David Rubiera, que lleva tres años acudiendo con regularidad al centro deportivo. “Salvo los domingos, la gran ventaja es la facilidad para aparcar. El cambio que se ha dado al lugar es tremendo. Antes, salvo cuando había partido, por aquí no pasaba nadie”, explica.

En cuanto a la falta de público en los estadios por la pandemia, los hosteleros tienen opiniones enfrentadas. Paco García, cuyo local está claramente inspirado en el Sporting, sí que lo añora, mientras Eijo considera que su clientela la conforman tantos los que acuden como hinchas como los que no. Unas hinchas que están cerca de reencontrarse con el verde y con un estadio que también es una de obra de arte, ya que la nueva piel del coliseo tiene una parte formada por las impresiones artísticas del pintor Joaquín Vaquero Turcios, que falleció en 2010 sin poder ver su obra terminada. Una obra, la de la fachada de El Molinón, a la que solo se le puede poner un pero, y es la falta de limpieza para sacar aún más lustre a un motor comercial que cumple una década trayendo cola.

El aforo se quedó en 30.000 espectadores

La última reforma de El Molinón dejó el aforo del estadio en 30.000 butacas. Los trabajos sirvieron para ampliar la grada norte y aumentar el aforo en la grada oeste. Se sustituyeron también cubiertas de las gradas y los trabajos sirvieron para aumentar la seguridad del recinto. También se construyeron nuevos palcos y se mejoró la sala de prensa y los vestuarios. La fachada lleva la firma del artista Joaquín Vaquero Turcios.

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