Opinión

Una ciudad de moda contada por un equipo de primera

LA NUEVA ESPAÑA de Gijón ha arraigado en el corazón playu hasta convertirse en un referente informativo ineludible, ejemplo del mejor periodismo local, y, más que una cabecera, es ya una parte fundamental en el alma de los gijoneses

Mirador de La Providencia.

Mirador de La Providencia. / Pablo Solares

Carlos Vázquez, madrileño, antiguo alumno de los jesuitas de Chamartín, es ginecólogo jubilado en el Hospital Insular de Gran Canaria. Vecino y contertulio habitual en Las Palmas, con unos pocos conocidos gijoneses del colegio, se ha convertido en un apasionado de La Pondala. Su hermano Fermín, arquitecto de prestigio, ha sido el adjudicatario del proyecto de la estación intermodal de Moreda. Y Javier, otro de sus hermanos, a punto de jubilarse, está pensando en comprar un piso en Gijón. La capital turística de Asturias atrae. El cambio de milenio ha sentado muy bien a la marca gijonesa. LA NUEVA ESPAÑA de Gijón, que está de cumpleaños, ha sido leal fedatario de la transformación de la ciudad con la entrada al nuevo siglo.

Ignacio Peláez, jefe de la edición de Gijón, llama para recordar la efeméride e invita a escribir. El hijo de Isabel Vila y el recordado Alfonso Peláez forma parte de la nueva generación de periodistas que, con el patrimonio de quienes les han precedido, ofrecen la mejor información de Gijón en papel y en la principal plataforma web de contenidos de calidad. Cumple tres décadas LA NUEVA ESPAÑA de Gijón. Es treintañero, dicho con esa cándida expresión del español para un adulto juvenil.

Es muy grato volver a estas páginas, de nuevo, a celebrar un aniversario. Rememorar aquellas décadas de finales los años 90 no pretende recrearse en la autocomplacencia. Es, permítase llamarlo así, un ejercicio de nostalgia reflexiva para echar la vista atrás y agradecer tantas buenas vivencias. Algo positivo para nuestra salud.

Una vez más, este gijonés de profesión, emigrado, desea unirse al aniversario con los que hicieron posible aquel intenso arranque de los quince primeros años; a los que trabajaron en las siguientes décadas, a los que lo siguen realizando; y a los que se han ido y que, con contenida emoción, al cerrar los ojos, aún contemplamos por aquella redacción de suelo flotante: Julio Puente, Dioni Viña, Juan Ramón Pérez Las Clotas, Cuca Alonso, Gabriel Caiña, el fotógrafo Juan Carlos Argüelles o el dibujante Ígor Medio; sin seguir citando, con perdón, a un incontable número de memorables columnistas y colaboradores que nos han dejado. Quedan su obra en la hemeroteca y su huella y su imborrable recuerdo en nuestro corazón.

Intentaré no repetir lo que contamos hace cinco años. Después de estar tanto tiempo en Canarias como en la redacción de Gijón, escribo de memoria y se debilita el recuerdo de días y noches apasionantes, de esfuerzo, de tensiones, de lucha, de momentos excepcionales, brillantes y complicados. No está de más, todo lo contrario, creo que es justo honrar a quienes aquel 1994 abrieron una ventana de aire fresco de pluralidad, colocaron un faro en el Piles, como ha descrito con pluma académica y magistral de Luis Meana.

Miro hacia atrás y he de hacer un esfuerzo, no por haber olvidado nombres, que seguro que sí, sino por haber pasado la vida tan rápido. Quede claro, sin paliativos, que la grandeza de La NUEVA ESPAÑA de Gijón, aunque a estas alturas pocos lectores tengan dudas, reside en su presente más que en su pasado.

Como hay que vivir la evolución de la realidad con prudencia, con un "Jovellanismo activo", resulta imprescindible dejar escrito que aquellos inicios fueron posibles gracias al empuje de nuestros directivos en la ovetense calle de Calvo Sotelo, a José Manuel Vaquero, a Melchor Fernández y a Isidoro Nicieza; y al inmenso papel de Ángeles Rivero, aquí y allá; sin olvidar, por supuesto, el sacrificio, el talento y la profesionalidad de periodistas, gestores y comerciales; y, cómo no, fundamental, el protector apoyo de anunciantes y lectores. Sin ellos nada habría sido posible. Cuando el alcalde Vicente Álvarez Areces decía que no acabábamos de entender Gijón, más lo desmentían los quioscos.

De aquella aventura, la cabecera de LA NUEVA ESPAÑA y Pedro de Silva se mantienen en la primera página de la edición de papel. Todo lo demás ha cambiado. "Cambia lo superficial, cambia lo profundo. Todo cambia en este mundo", cantaban Víctor Manuel y Ana Belén. "No cambia mi amor, por más lejos que me encuentre, ni el dolor de mi pueblo y de mi gente".

No puedo dejar pasar la oportunidad para confesar el especialísimo vínculo que sigue siendo LA NUEVA ESPAÑA de Gijón para estar pegado a la ciudad donde han visto la luz mis hijos. Este periódico es lo que nos une a los asturianos de toda condición y en toda tierra. Con todos sus formatos, expresiones y relatos, LA NUEVA ESPAÑA de Gijón es para quien suscribe una referencia de ilusión eterna. Lo que se hace con muchos esfuerzos se ama con profundidad. Su permanente presencia permite un virtual y cotidiano paseo por la calle Corrida, aunque uno se encuentre en la Avenida Marítima de Las Palmas de Gran Canaria. La distancia ya no es el olvido.

Volver a Gijón y contemplar a los gijoneses y a las gijonesas con LA NUEVA ESPAÑA en las manos, en estos tiempos recios para la prensa de papel, resulta una visión emocionante, evocadora y cargada de sentimientos de gratitud. Muestra el arraigo del periódico, en el alma y el corazón playu, el fruto de lo cosechado tras 30 años dedicados a la tarea de informar.

Lo más valioso e importante del equipaje humano es el alma, escribía Ladislao de Arriba Álvarez, Ladis, en el prólogo de su libro "Gijón del alma". "Con el alma hay que querer a Gijón", dejó escrito para la eternidad. Con toda el alma escribimos estas líneas en este 2024 en el que el inolvidable e irrepetible Ladis, que tantas páginas deja en la historia de este periódico, cumple cien años. Sin él, que iluminó nuestra existencia y nos empapó de la esencia gijonesa, este "Gijón del alma" habría sido más oscuro, menos enriquecedor y apasionante. Gracias, Praderito, abriste la puerta grande de la eternidad.

LA NUEVA ESPAÑA de Gijón es más que una cabecera. Es un tesoro de entrañables recuerdos, ilusiones compartidas, de felicidad pública y privada, y de dolorosas ausencias. Las raíces y el tronco del periodismo local necesitan el conocimiento de la vida y de las personas de la ciudad. Un grupo de jóvenes que se enfrentaba al decano de la prensa asturiana, para reflejar el progreso gijonés, el renacer de un nuevo tiempo, necesitaba la memoria y la historia de familias y costumbres, el tesoro de sus mayores.

A nuestro alrededor van faltando esas personas a las que hemos podido preguntar. Resulta obligado, y no por conocido es menos necesario, subrayar la aportación de nombres fundamentales como Julio Puente, primer director de LA NUEVA ESPAÑA de Gijón, maestro y padre en la vida periodística, que nos dejó demasiado pronto; Juan Ramón Pérez Las Clotas, exdirector de LA NUEVA ESPAÑA, gijonés universal y gigante de la prensa española del siglo XX, que nos hizo crecer apoyados en su magisterio y su bondadosa generosidad, y al que nunca podremos agradecerle todas sus enseñanzas; Dioni Viña, playu y notario del alma más genuina y tradicional de la villa marinera y deportiva; y Cuca Alonso, la "todoterreno periodística" que marcó una época en la ciudad, la madre y señora, escritora y cronista, y que deja una vida y una obra dignas de figurar en el panteón de los notables de la Villa.

"¡Tócala otra vez, Sam!", decían los amigos de Pérez Las Clotas en la tertulia del Club de Regatas de la calle Corrida, con la cita cinematográfica de "Casablanca" de Bogart, cuando uno de los veteranos del sanedrín local relataba una historia repetida. Algo así deben de sonar estas líneas.

Este foriatu que firma, a punto de cumplir sesenta años, rememora unos episodios que empezaron hace treinta. Viene a ser como repasar media vida. Resulta difícil salvar vivencias que escapen a la erosión del tiempo. Lo más correcto y efectivo es transmitir gratitud, una vez más y hasta la eternidad, a una generación de periodistas que formaron una comunidad laboral bien avenida y en la que permanecen sólidos lazos de amistad, pese al tiempo y las circunstancias.

Hoy subrayo la labor ejemplar de dos de aquellos pioneros que siguen en el ejercicio profesional en el periódico con la misma vocación que hace tres décadas. Se trata de Rocío Valle y de Manuel Castro. Encarnan lo más genuino del pasado y personifican lo más sólido del presente, aún con mucho futuro por delante. En la mejor tradición del periodismo gijonés, estos dos colegas han demostrado, y lo hacen a diario, solvencia y fiabilidad a raudales.

Pocas personas han escrito y firmado más páginas en LA NUEVA ESPAÑA de Gijón que Rocío Valle Flórez, gijonesa de El Natahoyo, con raíces en Ibias. Ha lidiado con un alcalde y tres alcaldesas, decenas de concejales e infinidad de vecinos. Su saber hacer, su eterna sonrisa, disponibilidad y entrega, con una capacidad de trabajo sin igual, la han convertido desde bien pronto en un pilar de la información de Gijón. Nunca ha ejercido de maestra ni ha pretendido dejar escuela, pero es de natural generosa con los que empiezan en el oficio y ha sido "madre" de varias generaciones de jóvenes en la redacción.

Manuel Castro Pérez, gijonés con sangre castellana, que compartió veranos de prácticas con la Reina Letizia, nunca alardea de lo que ha conseguido pero es el periodista que más exclusivas ha proporcionado a LA NUEVA ESPAÑA de Gijón. Algunos de los momentos más apasionantes de mi carrera profesional han sido a su lado. En las confusas jornadas que siguieron al 11M destapó a líderes yihadistas que salían de la cárcel de Villabona al dentista a Gijón; persiguió camiones con carbón de importación que llegaba al puerto de Avilés para acabar en Mina La Camocha y destapó aquella trama carbonera; e investigó a fondo la venal ampliación de El Musel. Son solo tres de sus informaciones que quedan para la historia. Sobrio y honesto, Manuel Castro firma muchas más, tantas que desbordarían estas líneas y este suplemento.

Estos periodistas son dos ejemplos para este tiempo en que la incertidumbre de las nuevas herramientas tecnológicas exige acudir a los fundamentos de la profesión. Rocío Valle y Manolo Castro han permanecido estos treinta años al pie del cañón en el periódico en Gijón. Los tienen a diario en el equipo de LA NUEVA ESPAÑA, referente informativo ineludible y ejemplo del mejor periodismo gijonés, junto a Ignacio Peláez, Mercedes Fernández, Pablo Solares, Marcos León, Juan Plaza, Ángel González, Pablo Palomo, Alejandro de la Fuente, Ángel Cabranes, Andrés Menéndez, Pablo Antuña, Sandra F. Lombardía, Sergio García y Nico Martínez. Todos con ilusión y entusiasmo para otros treinta años. Y muchos más.