Opinión

Gijón del alma, de la Escalerona, las gaviotas y las ballenas

Memoria de una de las etapas más fructíferas de la vida profesional de un periodista de provincias

Vista de El Musel, con la regasificadora a la izquierda, desde la redacción de LA NUEVA ESPAÑA de Gijón.

Vista de El Musel, con la regasificadora a la izquierda, desde la redacción de LA NUEVA ESPAÑA de Gijón. / David Cabo

¿Qué puede escribir uno, una vez más, de Gijón sin que le asalte el asomo de una sacudida? Allí quedaron un puñado de buenos amigos con los que cada vez cuesta más trabajo encontrarse, porque en ocasiones 28 kilómetros se convierten en una distancia sideral. Algunos de ellos ya no están, y uno se empeña en perpetuar de vez en cuando su memoria porque se trata, en la mayoría de los casos, de gijoneses ilustres e ilustrados que no pueden caer en el olvido. Desgraciadamente son tantos ya los que se han ido yendo casi en silencio que nombrarlos a todos reabre dolencias que parecían cicatrizadas.

Llegué a Gijón con el encargo de sustituir a Fernando Canellada, a quien mandaron a hacer las Canarias como otros marchaban antaño a hacer las Américas. Partió con la familia y ligero de equipaje, ajeno a los oropeles y me dejó un marrón considerable. Leerán a mi predecesor en alguna página cercana. Seguramente, en su proverbial humildad, dirá que lo que él hizo por el despegue de LA NUEVA ESPAÑA de Gijón no tuvo gran mérito. Pero no lo crean: a cabezazos abrió una brecha importante en el muro de la feroz competencia periodística en la villa de Jovellanos. Canellada era un bulldozer no exento de olfato para la noticia y con notable capacidad de análisis de la realidad local, por menuda que fuera. Siempre digo que él y su equipo abrieron un agujero que los que llegamos después fuimos cincelando para agrandarlo y hacerlo más aparente. Yo compuse mi equipo con sus veteranos y algunos jóvenes que se fueron incorporando a esa redacción magnífica con vistas a la línea de horizonte cantábrica. No puedo sentirme más orgulloso de todos ellos, Zidanes y Pavones, algunos de los cuales han crecido tanto que ya ocupan relevantes cargos de responsabilidad. Lo mío sí que no tuvo apenas mérito tras una década de brega gijonesa: lo que conseguimos, que fue mucho y fructífero y en muchas ocasiones contra viento y marejada, lo hicimos juntos, codo con codo.

Tuve la enorme suerte de recibir –y de tratar de transmitir después, como es el mandato secular de esta casa– el magisterio crepuscular de Julio Puente, el "maestro", un periodista de arquitectura ciclópea de quien obtuve el mayor de los tesoros: en caso de duda, optar siempre por el sentido común. Ahora que uno se hace mayor y se aproxima a la barrera de los sesenta, no puede dejar de recordar el mandato de las caravanas de bereberes del desierto de Mauritania: "Bebe del pozo y deja tu puesto a otro". Yo bebí las fuentes de Gijón, me enriquecí de la pureza de esas aguas y después di paso a otro periodista inmenso que también ilumina estas páginas, Eloy Méndez; quien a su vez hizo lo que corresponde con quien ahora dirige la delegación para conducirla a una cuarta década de asombrosa aventura periodística: Ignacio Peláez. De quien algún día contaré en qué circunstancias lo fiché, como crítico taurino imberbe, en mi primer verano de Begoña. "El Bisbal", le llamaban sus detractores iniciales, que después se convirtieron a la religión de uno de los mejores comentaristas de la tauromaquia de este país, pese a su juventud.

Pienso en Gijón y se me agolpan los recuerdos: ¿Cómo no rememorar en la distancia la esbeltez de la Escalerona, reloj, termómetro y pulsómetro de la villa marinera? ¿Cómo no hacer memoria de que alrededor de los peldaños que se despeñan en semicírculo desde ese lugar de encuentro y atalaya se reúnen cada día veteranos embarcados en el ritual de los nueve baños de septiembre, que es talasoterapia añeja y local para apuntalar huesos, reumas y achaques? Gijón mira cada mañana al cielo desde las ventanas de las casas y al horizonte desde la torre de vigilancia de la Escalerona, que mide las horas, la temperatura y el ritmo cardiaco de una ciudad de frecuentes marejadas y vaivenes y que gusta convertir el Muro en ágora.

Ahora que me despierta el sonido matutino de los vehículos que envuelven una transitada rotonda, se añora desperezarse con el graznido de las gaviotas, que oficiaba de despertador. A las gaviotas de Gijón habría que instalarles un medidor de ruidos, como a esos bares de copas de la madrugada que interrumpen, a latigazos de alta fidelidad, el sueño nocturno de tantos vecinos y algunas sonadas infidelidades. Las gaviotas son a Gijón como a mi Castilla natal, plana y cereal, las cigüeñas, cuyos nidos no solo han colonizado espadañas, tejados y campanarios, sino también las torretas de la alta tensión eléctrica.

En Gijón tuve además la suerte de vivir el último ascenso del Sporting, impensable hasta el último minuto del último partido de la temporada. De aquella época , mi favorito era el ariete goleador Stefan Scepovic, la mejor cabeza de Gijón después de la de Pedro de Silva.

Para completar este diario de urgencia, diré que tuve también la enorme fortuna de ser testigo de la presencia de José Tomás sobre la arena inmaculada de El Bibio. Recuerdo que esa tarde el malogrado maestro Puente dictó una de sus frases magistrales: "Hay actores, y Richard Burton; hay cantantes, y Frank Sinatra; hay futbolistas, y Di Stéfano; y hay toreros, y José Tomás". Antonio Ordóñez decía que para ser figura hay que estar dispuesto a morir cuatro veces por temporada; pero no todas las veces en todas las temporadas, como parecía la norma del diestro de Galapagar, siempre al filo astifino del pitón del morlaco. Tengo escrito que en una plaza de toros el sitio de la muerte es un pequeño círculo movedizo sobre la arena, del tamaño del disco de luz que dibuja un reflector en las tablas de un teatro. Ese fue el sitio aquel día de José Tomás: el redondel estrecho de unos pocos pasos de manoletina que dibuja con su dedo afilado la musa de la tragedia. Salió indemne y yo estaba allí.

Cuando el repetido himno local se refiere al "Gijón del alma", si a esa canción inevitable en los chigres y en las romerías se le despoja de alguna estrofa canalla se tiene por cierto que refleja como ningún otro son lo que pervive bajo las entrañas de esa ciudad que refuerza cada día las trazas de su ADN. El alma de Gijón es su gente. Ciudad de puertas en par por tradición portuaria donde siempre te aguardan con los brazos abiertos.

Sólo me queda una espina clavada: no haber atisbado desde la balconada de la redacción de Rodríguez San Pedro, con los prismáticos que dejó olvidados no sé quién, la presencia de la mítica ballena. Antaño, el pez descomunal remontaba, troceado, las calles empinadas de Cimadevilla, Gólgota gijonés del vía crucis cetáceo que culminaba en la capilla de la Soledad. Ya no hay atalalleros en el Cerro que alerten de la presencia del imponente mamífero marino ni se encienden hogueras para avisar a los diestros arponeros de la costa. Pero no duden que si uno de esos bichos quedara varado en la playa de San Lorenzo, miles de gijoneses se echarían al arenal a empujar al cetáceo hasta el Acuario y mostrarla con orgullo al visitante foriato en la enorme pecera. Tal es de acogedora esa gente, a la que guardaré siempre respeto, agradecimiento e innumerable cariño.