Opinión

Grande, grandona y grandiosa

La historia de éxito de un periódico que ama y comprende a su ciudad

El «Elogio del Horizonte», de Eduardo Chillida, en lo más alto del Cerro  de Santa Catalina. | Pablo Solares

El «Elogio del Horizonte», de Eduardo Chillida, en lo más alto del Cerro de Santa Catalina. | Pablo Solares / eloy méndez

Era una tarde calurosa de la Semana Santa de 2002 cuando aquel alumno de primero de Periodismo que se había criado a caballo entre la tienda de ultramarinos de sus abuelos en la calle La Merced y el piso de sus padres junto al Humedal entregó su exiguo currículum en la redacción de LA NUEVA ESPAÑA de Gijón con la ilusión de hacer prácticas veraniegas. Los suelos de la primera planta del número 5 de Rodríguez San Pedro crujían con las pisadas por una peculiar inconsistencia que perduró hasta la gran reforma de hace año y medio. Y, puertas adentro, había una atmósfera seductora para cualquiera con interés por el arte de contar lo que pasa. Marcaba el ritmo matutino, a modo de letanía, la Olivetti que hacía sonar Juan Ramón Pérez Las Clotas, en un constante homenaje a la profesión. Las cautivadoras vistas del ventanal, desde la Campa Torres a punta Lequerica, eran y siguen siendo la mejor muestra de que el periódico está abierto de par en par a su ciudad.

De aquel equipo de principios de siglo que capitaneaba con abnegación, perspicacia y sobrado olfato Fernando Canellada, son muchos más los que se han ido (a otras redacciones de LA NUEVA ESPAÑA, a otros menesteres o para siempre) que los que quedan al pie del cañón mirando al Cantábrico, como en el Fuerte Viejo de Cimavilla. Merecen por tanto los segundos ser citados con los honores que conceden los años y, sobre todo, el trabajo. Se trata de Rocío Valle (toca hoy confesar que fue ella quien recogió el currículum en aquella lejana Semana Santa), Manolo Castro y Jorge Junquera, al teclado; Ángel González, Marcos León y Pablo Solares (poco después se uniría Juan Plaza) en la tarea de inmortalizar momentos; Mercedes Fernández, en la nunca fácil y siempre necesaria labor comercial; y Mortiner, a cargo de la magistral ejecución de unas tiras cómicas que han pasado a formar parte del patrimonio artístico local. Eran tiempos donde el papel reinaba en los quioscos y el soporte digital se asemejaba a un velero en el horizonte azul de la bahía de San Lorenzo, difuso y sin aparente movimiento. Tiempos ya para los nostálgicos.

Aquel grupo, a su vez heredero de los que encendieron la mecha hace ahora treinta años, era una máquina de vender periódicos en 2007, cuando el antaño becario pasó a ser redactor al firmar su primer contrato, ya licenciado, para asumir la gratificante información de los barrios y las parroquias. Por entonces, se había puesto al frente con rango de director Julio Puente, figura mayúscula en todos los sentidos y vertebrador de la historia de estas tres décadas en la redacción gijonesa gracias a su magisterio, su habilidad para advertir el talento, su prestigio social y profesional y su capacidad para adornar con ocurrencias la liturgia del oficio. Compartir horas de conversación en aquel despacho acostado sobre Marqués de San Esteban fue un regalo profesional y, sobre todo, vital.

El maestro de tanto y de tantos engrasó en 2008, "preguntando y sin molestar", el primer gran relevo en la redacción, cuando Fernando Canellada puso rumbo a Las Palmas y Francisco García arribó desde Zamora para tomar el testigo en tiempos de marejada a fuerte marejada por tormentas políticas y oleajes económicos, haciendo siempre gala de una templanza compatible con las cargas de profundidad de sus columnas, paradigma del léxico bien empleado. Junto a él, en labores organizativas, ejercía Ana Rubiera, aguerrida jefa de sección y la mejor embajadora que jamás haya conocido Baldornón.

Corría 2011 cuando aquel aspirante en una calurosa Semana Santa puso rumbo a la redacción de Oviedo para pasar cuatro años, los mismos que ejerció luego en Avilés. El regreso a Gijón se produjo en las postrimerías de 2019, con el encargo de dirigir la sección en la que nació, creció y aprendió casi todo. El equipo, combinación perfecta de veteranía y juventud (al poco alcanzaron el retiro José María Ceinos, José Luis Argüelles y Víctor Rivera), había cambiado, siempre sometido a una renovación permanente. Pero la esencia seguía intacta: observar la ciudad para hacerla comprensible, especialmente, a quienes la viven y a quienes la anhelan. En la primera página, la firma perenne de Pedro de Silva seguía siendo motivo de inspiración diaria. Solo alguien con su conocimiento del ecosistema local y regional puede ser merecedor de un lugar tan señalado durante tanto tiempo.

Esos nombres y muchísimos más hicieron posible que la historia de estos treinta años sea la historia de un éxito. No es mera palabrería. Basta con tomarse un café en cualquier terraza de la calle Corrida, con darse una vuelta por el Muro, con sentarse en una butaca de la Tribunona de El Molinón o con dejarse caer por una sidrería de El Llano para corroborar que la presencia de LA NUEVA ESPAÑA en Gijón es abrumadora. Ejemplos de esta íntima conexión entre periódico y ciudad se encuentran cada día. Sin ir demasiado lejos, no es casual que estas páginas publicaran en apenas una semana la última entrevista de Ana González como alcaldesa y la primera de Carmen Moriyón tras su regreso a la plaza Mayor. O que, antes, Paz Fernández Felgueroso también eligiera esta cabecera tras un prolongado silencio para conmemorar los diez años del fin de su dilatada etapa como regidora.

Tres son las causas fundamentales que propiciaron el flechazo Gijón-LA NUEVA ESPAÑA: el carácter sanamente indisciplinado de una ciudad que detesta el monopolio de los mensajes y que, por eso, encontró en este periódico un espacio perfecto para una opinión libre de ataduras oficialistas; el deseo a pie de calle de contar con un nuevo instrumento de debate en este rincón del orbe donde se discute (literalmente) por cada baldosa que se mueve en el suelo; y la capacidad de los profesionales de la casa para comprender sin distingos las mil y una formas de ser gijonés, todas mezcladas y todas, aunque en algunos casos no lo sepan, dependientes entre sí.

Esas múltiples piezas del puzle local han tenido y seguro tendrán hueco en LA NUEVA ESPAÑA: el Gijón que aún no sabe qué hará con el Muro, el que contempla entre impaciente y doliente la gran siderurgia del oeste, el que sigue con prudente esperanza el desarrollo de Naval Gijón, el que espera desesperado por su plan de vías, el que se mira a sí mismo cada verano en el cielo de la víspera de Begoña, el que discute con pasión por la tauromaquia, el que se confiesa orgullosamente feminista, el que come bocadillo de calamares en la Feria de Muestra, el que va a misa a San Pedro, el que se olvida de todo en el Grupo, el que pasa las tardes de verano en un merendero de Somió, el que innova en el Parque Científico, el que nada en el Santa Olaya, el que tira de Asturias a pesar de todo...

Casi ninguna obra humana puede darse por concluida. LA NUEVA ESPAÑA de Gijón sigue en constante crecimiento con un grupo de profesionales que, en buena medida, son también treintañeros. El turno ahora en el timón es para Ignacio Peláez, que tiene la profesión en la cabeza y a Gijón en el corazón, además de una contrastada bonhomía y una lealtad al trabajo sin límite. Junto a él, navegarán otros jóvenes entregados a la causa, como Alejandro de la Fuente, Sandra Fernández Lombardía, Pablo Palomo, Pablo Antuña, Sergio García, Nico Martínez, Ángel Cabranes y Andrés Menéndez (continuadores de otros que también dieron sus primeros pasos en Rodríguez San Pedro y ahora ocupan responsabilidades, como Pablo González, Covadonga Jiménez, Román García o Pablo Tuñón). Sobre todos ellos recae la tarea y el privilegio de que, cada día, el gran periódico de Asturias llegue a buen puerto en la ciudad grande, grandona y grandiosa.