Opinión

Lealtad diaria con Gijón en papel y online

Tres décadas de compromiso con los lectores, la ciudad y la veracidad gracias a un equipo siempre capaz de reinventarse

Surfistas en el entorno de la Cantábrica, en la playa de San Lorenzo.

Surfistas en el entorno de la Cantábrica, en la playa de San Lorenzo. / Pablo Solares

Una parte de la redacción de LA NUEVA ESPAÑA de Gijón que hoy celebra sus tres décadas de andadura apenas comenzaba a cambiar los plastidecores por el lápiz para aprender a escribir algo parecido a su nombre en aquel lejano 1 de febrero de 1994. Algunos, de hecho, ni siquiera habían nacido cuando a los kioscos y a las barras de los chigres llegó el primer número de la nueva edición de esta cabecera. Esta realidad demuestra dos cosas importantes: que la juventud no está reñida con el talento ni con la capacidad de trabajo y que esta infatigable redacción de entrañable calidad humana ha sido una gran escuela dentro de un diario que siempre ha destacado como formador de enormes periodistas. Desde una atalaya sobre el Cantábrico, en la ciudad de Jovellanos y de Rosario de Acuña, y con el apoyo y aliento inquebrantable de los lectores, esta edición ha ido creciendo día a día gracias al esfuerzo de decenas de redactores que a lo largo de estos treinta años han llenado de vida y tinta las páginas blancas. Profesionales que, además de madurar, hicieron las veces de guía para los jóvenes plumillas que se iban embarcando en la aventura y comprometiendo con el mundo de la información. Ser conscientes y leales con el rumbo emprendido por quienes derribaron muros y allanaron los caminos es la mejor mochila con la que continuar el viaje.

Los redactores más veteranos, con la vitalidad del primer día y el olfato agudizado con el paso de los años, supieron transmitir los pilares en los que se fundamenta el periodismo local: estar, sentir y vivir la ciudad. Cada rincón y cada vecino. "Les noticies están en los chigres", le escuché decir en más de una ocasión al añorado Dioni Viña, en compañía de su inseparable Lolina y de mis padres cuando yo era guaje, entre unos calamarinos y una botellina de sidra en Rubiera. Así sembraban el futuro. Con sus consejos cuando uno empezaba a teclear por primera vez (siempre agradeceré tener cerca esa inagotable fuente de paciencia que es Ana Rubiera), cuando había que cerrar y te centraban en el texto de la pantalla para que dejaras de hablar ("no me lo cuentes, escríbelo", que entona todavía hoy Rocío Valle) o cuando los jefes y jefas te hacían preguntas al volver de un reportaje que no sabías responder porque ni siquiera se te había ocurrido. Todo eso, cada verano, servía para hacer cantera y renovar, ante la fuerza del tiempo, la plantilla cuando hacía falta.

Esa labor docente te permitía descubrir la profesión en su máxima expresión. Incluso para los que llegaban queriendo apostar por una sola especialidad. Por ejemplo, en mi caso, gracias a los toros, Fernando Canellada me abrió la puerta del periódico para empezar a soltar mis primeros articulinos; y Paco García, después, la alternativa para hacer las crónicas de la feria de Begoña. Dos personas terminaron también por despejarme la mente. Teté F. Balseiro, que siempre me animaba, al salir de El Bibio, a escribir desde la redacción para ver el ambiente. Y mi querido e inolvidable Ladis, coñón como siempre, que me advertía –en nuestros muchos encuentros, a la sombra de un bar de la madrileña calle de Beatriz de Bobadilla, cuando yo aún estudiaba la carrera– que me pusiese a escribir de más cosas, no fuese que los toros se fueran a acabar.

El futuro está todavía por contar; aquí estamos, preparados para ello, con el mismo compromiso de cada día con Gijón y los lectores

Todas esas enseñanzas, y las de muchos otros, como mi predecesor, Eloy Méndez, que una y otra vez ha apostado por mí, siempre han tenido como objetivo inculcar esos valores del periodismo local y sentir como propia la ciudad. Los periodistas "playos" que han formado parte de LA NUEVA ESPAÑA y todos los foriatos que se acabaron impregnando del gijonesismo han inculcado ese mismo sentimiento a las nuevas generaciones hasta lograr que todos y cada uno de los que cada mañana llegan con la ilusión renovada a la redacción de la calle Rodríguez San Pedro se mimeticen con la ciudad. Si se comete una injusticia con Gijón –y ya van muchas que se han ido denunciando en estos 30 años– la sentimos como propia. Si Gijón disfruta de un triunfo, se disfruta con la ciudad. Y lo mismo con el Real Sporting, inigualable embajador de la capital marítima del Principado.

El futuro de la ciudad está todavía por contar. Y aquí estamos, preparados para ello. Para alzar la voz ante las injusticias, para ser el altavoz de los vecinos frente a la Administración, para remar a favor del progreso y la transformación de la ciudad. Con estos mimbres, este aniversario supone una renovación de fuerzas para seguir cada día con el mismo compromiso con nuestros lectores y con Gijón. Ahora, y en eso ha resultado vital la regeneración permanente de los periodistas que confirman esta edición, ese compromiso se manifiesta a diario tanto en el formato papel como en el digital. La web de LA NUEVA ESPAÑA de Gijón –además de sus redes sociales propias– se ha convertido en otro canal esencial para seguir ofreciendo a los lectores un trabajo honesto y de calidad. Otro soporte, pero el mismo periodismo, para atraer a los jóvenes y no tan jóvenes a la información veraz, sosegada y plural en tiempos de "fake news" y tuits malintencionados. Esperamos que su confianza se mantenga. Lo daremos todo para que así sea, al menos, otras tres décadas. Contamos con ustedes.