Opinión
Sara Torres
El tacto
G. me escribe en la mañana, me envía una fotografía con su abuela: "Esta mujer es seguro, en gran medida, la responsable de que yo hoy sea como soy. Me ha tocado y querido toda su vida", dice. "Me ha tocado, acariciado, e incluso, estando ambas tumbadas sobre la cama, me hacía volar como una avioneta subida en sus pies". El mensaje sigue. Mi amiga acaba de terminar una larga relación de amor y convivencia con su pareja. Hacía años que no dormía sola tantas noches y qué extraño es. Se ha dado cuenta de que lo más duro del proceso que está viviendo es el acostumbrase a la ausencia de lo que más necesita; el contacto, la piel. No el sexo ni la compañía, dice, ni siquiera las risas. Algo más esencial, más básico; el tacto.
Cuando somos cachorros, el cuerpo mamífero y caliente de quien nos cría nos manda señales de que estamos a salvo. Quien desea vivir se agarra: el monito pequeño sabe que la supervivencia depende de su capacidad para continuar adherido al cuerpo de su madre. Las pieles en contacto aseguran el bienestar y, cuando el tacto se interrumpe durante demasiado tiempo, aparece una angustia que anuncia la posibilidad de un peligro. Nacemos y nos hacemos individuos separados durmiendo en el aislamiento de la cuna, a muy temprana edad. Aprendemos a desear una cuna propia, una propiedad privada, el libre acceso a la intimidad de una sola persona. A veces, ante la amenaza de conflicto con una pareja, dejamos de abrazar y besar a personas a las que nos sentimos emocionalmente unidas. Personas que nos necesitan, a las que necesitamos en la búsqueda del equilibrio.
Alguien se reencuentra con una amante, después de haber pasado largos meses sin verse, en dos países distintos. Alguien, en la distancia, había puesto freno a la relación. El encuentro entre esas dos personas genera la ¿ilusión? de un presente continuo. Las manos se entrelazan, una se cuelga del brazo de la otra y caminan por las calles de una gran ciudad como solían hacerlo. Esos dos organismos, que se habían asociado para la supervivencia, para la adaptación más feliz al medio -el acceso a mayor cantidad de recursos placenteros-, se reconocen. Como en una coreografía casi perfecta, los dos cerebros activan el repertorio de movimientos, los pequeños rituales conocidos. Visitan el supermercado, y tras recorrer los pasillos y pagar cada cual sus productos, una parte del equipo de dos espera junto a la caja y la otra rastrea los flujos de gente con la mirada para acudir a su encuentro. Son capaces de terminarse las frases mutuamente, de emocionarse con lo mismo. La conjunción de una vida y la otra las ha modificado a las dos. Toman el mismo café, cuidan de manera similar a sus plantas. El cuerpo dice que nada ha cambiado, sólo una estructura de pensamiento parece llamar al orden: esto no es posible ahora, esto no ha de hacerse.
Tras una cena en grupo, una parte del par equipo comprueba que ha perdido su cartera. La otra, inmersa en su sentimiento de continuidad, da por hecho que, dado el contratiempo, irán juntas a su casa. ¿Acaso no ha sido siempre así? ¿Acaso entonces no era también siempre? Los sentidos sostienen que nada ha cambiado, sólo una estructura de pensamiento llama al orden: esto no es posible ahora, esto no ha de hacerse. Hoy no es ayer, las condiciones son distintas.
¿Cómo le explicamos a un cuerpo entregado, a un cuerpo feliz, que existen modos propios e impropios de proceder cuando dos personas que antes estuvieron muy juntas están "reconstruyendo" su vida en direcciones distintas? Alguien regresa a casa totalmente desorientada, con un dolor expansivo en el pecho. Es el dolor de los egoístas, de los caprichosos; pero también el dolor inevitable y tan puro de los inocentes. No habían formulado ninguna pregunta sobre su estado actual, no habían negociado intereses. Ambos cuerpos se decidieron por recortar razones, desplegaron la coreografía óptima: aquella que perduró a fuerza de funcionar en situaciones pasadas. Esos animales no conocían otro modo de estar juntos y, en la búsqueda del equilibrio, su tendencia constante era la de situarse piel con piel.
La insatisfacción y el vacío se apoderan de nosotros como una nada en el proceso truncado del tacto. Es un ejercicio difícil vivir con esta necesidad esencial en un mundo que privilegia la vista por encima de otros sentidos, y que tiende a pensar que la mente ocurre sólo en el cerebro y no en toda la superficie de cada organismo receptivo al medio. En muchas ocasiones, la vista apoya una fantasía de separación entre nosotros y los demás, entre sujeto y objeto. Desde la mirada operamos infinitos ejercicios de clasificación mientras que la piel en contacto nos recuerda que somos parte de un todo en movimiento. En una sociedad donde el deseo se construye a través de las imágenes, es el tacto el que a veces se pronuncia, en forma de malestar general o tristeza, para recordar lo que nos falta.
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