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De viaje con Jovellanos: Gran viaje de 1791 (XII)

La entrada en Bilbao

Las primeras impresiones del prócer gijonés tras acceder a la capital de Vizcaya después de alcanzar la ría a la altura de Portugalete

La plaza de San Nicolás, en Bilbao, en la actualidad.

La plaza de San Nicolás, en Bilbao, en la actualidad.

Estaba Jovellanos tocando casi la ría, en Portugalete, cuando le dejábamos en el capítulo anterior de estos viajes que hacemos siguiendo las huellas de nuestro ilustre personaje.

Era un 16 de agosto de aquel año de 1791, cuando don Gaspar entra en Bilbao. Antes, bien es cierto, nos cuenta el uso de unas barcas para atravesar la ría, como en otros tantos lugares citados en sus viajes. De hecho, aquí nos narra lo siguiente: “Estrechez de las barcas; corto número de ellas, pues hay una sola a la parte del Desierto y otra a la opuesta orilla, sin rampa; altas de costado, incómodas y peligrosas para la subida de los caballos. Los naturales de Sestao, a quien pertenece la que tomamos, se han arrogado el privilegio exclusivo del paso y no nos permitieron tomar un bote para nuestro paso particular; pero luego lo hicieron por dinero. Taberna al lado opuesto, donde nos dieron de beber agua, azúcar, ponche, con grande aseo; camino de planta hasta Bilbao, a orilla de la ría; otro que se toma por la izquierda, cómodo y bellísimo, por entre frondosísimos setos cubiertos de parras, zarzas, belortos y entre arboledas muy pobladas. Hasta aquí no se halla gran diferencia en el cultivo; pero el lugar de Baracaldo, situado entre dos brazos de la ría, y que se descubre al bajar al Desierto, sorprende por su hermosura, número de caseríos plantados, tierras de labor y casas de particulares acomodados, y todas las inmediaciones y ruedos de Bilbao están igualmente cultivados, aunque en las alturas se conoce mucha preferencia por el arbolado”.

En el capítulo anterior, citaba yo la existencia de un convento de carmelitas descalzas, hoy totalmente desaparecido, que se llamaba San José del Desierto.

Hay que observar qué decía Pascual Madoz sobre este lugar del Desierto, que sin duda es muy interesante: “Pequeña península en la provincia de Vizcaya, entre los ríos Galindo, que la baña por el norte y oeste, y el Nervión, que lo hace por este y sur. Existía antes, y hoy (1847) se halla casi arruinado, un convento de Carmelitas Descalzos titulado de San José del Desierto, fundación de un irlandés por los años 1719, en su iglesia se venera la imagen de Nuestra Señora del Carmen y en este día hay una romería bastante concurrida. El arbolado y huertas que le rodeaban, sus cercados, su pesquera y finalmente las vistas hermosísimas que desde este punto se disfrutaban, hacían ameno y risueño dicho local, hoy derruido en parte el edificio por la última guerra, destruido su arbolado y sin el interés que instintivamente inspira la contemplación de un claustro solitario”.

Bien sugestivo el documento de Madoz para saber el lugar exacto por donde pasaba Jovellanos años antes. Esa zona está muy transformada en la actualidad, aun así, en la Baracaldo de hoy día, existe una gran plaza llamada el Desierto.

El río Galindo, ligado en su historia reciente a Altos Hornos de Vizcaya, es a su vez punto de unión entre Sestao y Baracaldo.

Y ya tenemos a Jovino a las puertas de Bilbao. Cuenta en su diario: “Cadena o barrera de fierro para entrar en Bilbao: se cierra a las nueve para que no entren ganados, y abre de mañana a hora determinada. Es obligación del cadenero abrir a todo el mundo gratis; pero hay costumbre de agasajarle, y esta costumbre la convirtió en impuesto: nos exigió determinadamente un real por caballería. Dificultad de hallar posada por estar todas ocupadas con los franceses refugiados; cerca de treinta están en la del Tuertecillo, donde apeamos. El presidente de Burdeos y su familia, un conde coronel, un clérigo y un oficial se presentaron a la mesa redonda. Nos ofrecieron sólo comida y alojamiento para las caballerías; se nos buscaron camas en casa de un sastre, frente a San Nicolás, y nada cómodas. Encuentro con el oidor Campomanes y el alcalde Sesma, de Pamplona, que viajan en sus vacaciones estivas. Los acompaña D. Francisco Gacitúa; salida con ellos y unión en todo. A otro día.”

Un par de curiosidades dignas de mentar aquí son la referencia al cadenero y su alojamiento en Bilbao.

El cadenero que cobraba peaje existía aún en el siglo XIX, hay referencias, por ejemplo, en 1853, cuando se dice que “en el camino de Bilbao a Balmaseda, el cadenero del peaje, establecido en dicho punto, vende vino, aguardiente y tabaco en su caseta”. Comenta Jovellanos que había costumbre de agasajarlo hasta tal punto que acabaron convirtiendo aquello en un impuesto de paso.

La otra cuestión es el alojamiento, habla de la que se llamó Fonda del Tuertecillo, donde al parecer se hospedaban unos galos huyendo de la Revolución Francesa. Menciona lo que hoy es la plazuela de San Nicolás, enfrente del puente del Arenal y del teatro Arriaga. Además, la iglesia barroca que le da nombre a la plaza, preside ese entorno urbano de la ciudad bilbaína. Ahí es donde pasaría aquella noche de agosto nuestro viajero.

Además, cita varias personas de interés, el oidor Campomanes y el alcalde Sesma.

El primero era Domingo Fernández de Campomanes, asturiano, nacido en Santa Eulalia de Sorriba. Fue magistrado, consejero de Castilla, de la Cámara y de la Suprema, además de diputado. Y era sobrino del conocidísimo Pedro Rodriguez Campomanes, fiscal del Consejo y de la Cámara de Castilla, y amigo, al menos en ciertos momentos, de nuestro ilustrado.

Cuando Jovellanos se topa con él en Bilbao, era oidor del Consejo de Navarra. Por eso, así lo define Jovellanos. Había sido nombrado para ese cargo en 1789, y lo fue hasta 1794. Murió en Ávila en 1820.

El alcalde Sesma citado es Zenón Gregorio de Sesma Escudero, nacido en Corella, Navarra. Pertenecía a una de las familias mas importantes de la población. Fue Consejero del Consejo Real de Navarra y Alcalde de Corte desde 1777, de ahí la referencia de Jovellanos, que lo cita como alcalde. Murió en 1801.

Y ahí, en la plazuela de San Nicolás acaba el martes 16 de agosto de 1791. Hasta el día 20 permanece en la ciudad, donde lógicamente conoce lugares emblemáticos y personas destacadas de la capital vizcaína.

A ver como nos lo narra don Gaspar: “Día 17, miércoles. Salida con los dichos al otro lado del río, a casa de don Juan Pedro Urdaivay; a San Francisco, que está a aquella parte. Convento numerosísimo. Iglesia grande; buen retablo mayor, aunque no del gusto más puro en la arquitectura, y menos en la escultura. Casas Consistoriales: feísimo adorno de la parte superior de la fachada, que sería buena sin él; hay una especie de retablitos de color de leche y oro, donde están las armas de la provincia o señorío, ciudad y consulado; el patio de la casa, cubierto en lo alto, puede servir y ha servido para comedias. Sala del Consulado, con frisos de buen jaspe, colgada de damasco encarnado, con adornos de madera dorada y dos retratos de los actuales soberanos. Archivo bien ordenado y cuidado, con índice analítico, en tres tomos de marquilla; otro general de materias en un volumen, y al principio otro remisivo y de pura nomenclatura.”

Visita Jovellanos el que en aquella época era el convento más importante de la ciudad, San Francisco. Las obras comenzaron en torno al año 1501 y en 1505 ya estaba levantada la capilla mayor con el dinero que aportó una de las familias de mayor raigambre en Bilbao , los Arbolancha.

En 1539, se colocaron las armas del Rey Carlos I en la fachada del convento, tras su concesión. El edificio era de una sola nave en cinco tramos y tenía cabecera de tres lados y capillas privadas entre contrafuertes.

El final de su historia en el XIX, construyéndose sobre él un cuartel llamado del Príncipe Alfonso, estuvo ligado a las guerras carlistas, donde sus religiosos se pusieron a favor del bando de Carlos y llegaron a fabricar municiones. El edificio fue bombardeado y así acabó sus días. Hoy se visitan turísticamente sus ruinas en la plaza del Corazón de María, en el muy bilbaíno barrio de San Francisco.

Dejamos aquí a Jovellanos, en el próximo capítulo veremos por dónde nos llevan sus huellas.

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