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Cuando un amigo se va

En el adiós al arquitecto Juan González Moriyón

Cuando un amigo se va queda un tizón encendido que no se puede apagar ni con las aguas de un río... cuando un amigo se va queda un vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo.

Alberto Cortez

Ya no podré hablar con Juan de tantas cosas que nos unían como personas y como arquitectos. Llevábamos hablando desde un lejano día del verano del 68 en que le conocí junto con otros amigos, muchos de ellos con los que hoy comparto el dolor. Eran gijoneses, recién acabados sus preuniversitarios y se aprestaban a comenzar los estudios en la Universidad. Eran casi todos colegas de los Jesuitas, buena cantera por cierto.

Yo en cambio, pese a mi familia también gijonesa, me nacieron en Oviedo, en el Sanatorio Blanco y desde entonces arrastro –con orgullo por cierto– mi estigma de carbayón.

Cada uno se fue a estudiar fuera , muchos de nosotros, ya que la UNI OVI no nos permitía elegir demasiado. Juan comenzó y terminó en Sevilla, en su Escuela de Arquitectura, cantera de solera de la disciplina. Es una escuela que ha dado muy buenos arquitectos al panorama español. Ese mix de andaluz y asturiano a Juan le vino de perlas y le abrió el horizonte intelectual más allá de su pueblín, de su Gijonín del alma.

Yo mientras me fui a Madrid a la ETSAM, otro escuela “división de honor” y donde residía el GOTHA de la Arquitectura española de ese momento –con permiso del mundo catalán igualmente notable–. Yo antes había recorrido mi hoja de ruta adolescente en los Maristas de Oviedo, en el Auseva, otro colegio de “respeto”.

Cuando volvimos, los dos compartíamos algo importante: alguien, probablemente dos excelentes maestros, nos habían inoculado el veneno de la pasión por nuestra querida Arquitectura y ahora regresábamos con fuerzas todavía juveniles “dispuestos a todo” y además en nuestra tierra. Deseábamos desplegar lo que habíamos aprendido sobre nuestra casa, sobre nuestra patria chica –incluso con cierta ingenuidad propia de nuestros pocos años, ya que pensábamos que lo íbamos a cambiar todo.

Juan y yo mismo siendo diferentes hasta físicamente –él podría pasar por un árabe perfectamente con su tez cobriza y hermosa, mientras que en mi caso el color de mi piel y ojos me delatan como asturianu de los valles– sintonizamos rápidamente y colocamos una primera pica en Flandes: decidimos en ese segundo semestre de 1978 poner en práctica un modesto trabajo de investigación sobre un tema de Asturias: la arquitectura del hierro. Luego ese asunto ha devenido como nuclear en el actual fenómeno de despliegue del interés social en torno al patrimonio industrial.

Nuestro COAA nos apoyó con una beca. Y en el otoño a mí me sortearon y me tuve que ir a Ceuta a hacer la mili. Estuve allí todo el año 1979. Juan que se había declarado objetor de conciencia ya exhibía su compromiso con determinados valores que mantendría intactos a lo largo de su vida: el pacifismo y la generosidad. Mientras yo “chupaba guardias sin parar” en el Parque de Artillería de Ceuta Juan remató el trabajo con el esfuerzo magnánimo que le caracterizaba. Sigan ustedes tomando nota.

Durante ese tiempo, un arquitecto con 27 años –no conviene olvidar que nuestra formación profesional es ejecutiva y no sesteante– allá abajo no podía estar cómodo ni feliz claro. No fueron fáciles aquellos tiempos, demasiado largos. Pues allí apareció el “samaritano” Juan bombardeándome con cartas y cartas contando cosas y cosas de Gijón y Asturias. El amigo lo estaba pasando mal y ahí estaba él apoyando, tirando de mi hacia arriba.

Vuelto yo a la “disciplina del club Asturias” ya no volvimos a alejarnos más. La semilla había prendido y paradojas de la vida pese a nuestros matices de personalidad, la argamasa de nuestra amistad fue cuajando una relación personal enriquecedora y maravillosa.

Hicimos trabajos juntos, viajamos a ver arquitectura juntos, nos divertimos juntos y vimos crecer a nuestros hijos con emoción compartida.

Quisiera terminar estas líneas de homenaje a este gran personaje que ha pasado por mi vida, poniendo el foco en esa condición de condición de bonhomía y gran calidad humana que le permitía ser aglutinador de personas diferentes y diversas. Por ejemplo a los de Oviedo y a los de Gijón en una misma “pandilla” de amigos. Esto suena a anécdota, obviamente nunca nos llevamos mal, y en todo caso ayudamos a una pax romana entre nosotros ya que haber viajado fuera nos permitió a Juan y a mí ver nuestra querida Asturias con las luces largas, evitando que ciertos árboles no nos dejasen ver el bosque.

Donde estaba Juan reinaba el buen rollo y la paz. Creo que en 50 años de fantástica convivencia no le vi un solo día enfadado.

Hoy se cierra una etapa vital. Creo que es muy oportuno “rendir honores” a un pacifista y objetor de conciencia, honesto y cabal de los pies a la cabeza.

Hasta siempre Juan, no te olvidaremos nunca.

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