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Sariego

Nuevas epístolas a «Bilbo»

José Manuel Sariego

Álbum daguerrohaikus (1)

De todo un poco

Si me notas huidizo, ensimismado, no creas que estoy cabreado, «Bilbo», no. Ando enfrascado en una futura publicación con el título de «Álbum de daguerrohaikus», donde pretendo suplantar determinadas fotografías del álbum familiar por estrofas de 3 versos de 5, 7 y 5 sílabas. Trato de demostrar que una imagen no vale más que mil palabras. Como escribe Rafael Chirbes, la fotografía redime a la literatura de gravosas cargas expositivas o descriptivas, pero no la relega, no la «jubila, ni la envía a la clínica de reposo»; aunque condensar en un haiku una foto (o primitivo daguerrotipo) resulta tarea de titánica síntesis. De ahí las prosas añadidas. A medida que vaya componiendo el álbum, te iré mostrando los resultados.

Manolo Quintana Tu risa es noche. «Ay, corazón. Mamina, ay». Tu casa es alba.

Mal empezamos el mes, corazón, si vas y te mueres. De tu antojo no me hago cargo, que te escapas con nocturnidad al encuentro de tu esqueleto, que diría Gelman, o a la búsqueda de tus cenizas, que diría Quevedo. Así no juego, que siempre has de obtener ventaja de las madrugadas, incluso a la hora de morirte, cuando los demás nos perdemos en el sueño desaborido y tú te diviertes en Cantares. Se pudrirá la cabeza de gocho que guardabas en la fresquera de la despensa de la casa de tu pueblo, allá en la República, como llamabas a la parcela del occidente asturiano de tus raíces, de tus querencias. Ya no la probaremos en guiso porque abdicaste de la vida momentos antes de que se descompusiera la cabeza del rey de Lampedusa. Te descojonarás de las coincidencias, que no me hace puta gracia, corazón. Tú sales por el foro sin otras alharacas, mientras el emérito de España amaga una cínica y espasmódica canción de despedida para perpetuar a su prole en el trono. Puedes descacharrarte de la risa, que te estoy viendo.

Se ha decidido, en honor a tu memoria, clausurar los palcos de la plaza de toros de El Bibio y los del estadio de El Molinón hasta nuevo aviso. Y, hasta nueva orden, solo se escuchará en tus dominios el himno que compuso un divino turiferario y que Julia cantó en tu funeral, mal que te pese, que bien hubieras preferido un bolero, que ya no controlas nada, corazón.

Marineros del norte surcan derivas inevitables. Navieras del norte se disuelven en quiebras ineludibles. Aguas de los mares del norte se arremolinan alrededor de tu catafalco desolado. Un dolor salitroso escuece los ojos, las voces, los ecos. Todas las jarcias se revelan muertas y las olas de las playas del norte, pañuelos empapados de adioses azul marino de imposible alivio.

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