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Raúl Suevos

Terapia de sidrería

Un fenómeno que va más allá de lo que pueda reconocer la Unesco

Anda Asturias pendiente de la declaración de la Cultura sidrera como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, con preocupación para algunos ante el anunciado retraso de un año en la evaluación de la misma ante el elevado número de peticiones llegadas ante el organismo. Quién sabe por dónde saldrá el sol en este asunto que, en cualquier caso, ya ha venido acompañado de una importante dosis de publicidad gratuita.

En torno al tema, el de la sidra y su reconocimiento mundial, parece notarse algunas reacciones que, en algunos casos, no parecen contar con el beneplácito regional, como los intentos carbayones por declararse capital, también, de la sidra, algo que levanta ampollas en Nava y Villaviciosa, pero que no tiene porque ser apreciada en ninguna parte del Principado, donde, con mayor o menor razón, todos nos sentimos capital de la sidra. En todo caso, me da a mí, el asunto parece centrarse exclusivamente en el dorado y apreciado líquido, y hay otros aspectos no menos importantes, creo.

La mañana del domingo, espléndida en Gijón, daba para un paseo y baño en San Lorenzo, que invitaba a continuación a tomar una botella de sidra en una conocida y asentada sidrería junto al Muro, en una calle paralela a aquella que vio autoinmolarse hace más de medio siglo al "fíu de la Perala", con gran conmoción de la entonces tranquila villa de Jovellanos.

En la hora de vermú se acomodan en su larga barra unos cuantos parroquianos. En un extremo un atento camarero atiende la historia del usuario sobre las dificultades que supone la crianza de hijos adolescentes, especialmente cuando son adquiridos en un segundo matrimonio, como es su caso. A mi izquierda el otro camarero le remacha a su interlocutor un "ye lo que hay, tienes qu’entendelo" que también suena a diván de siquiatra. Más al fondo, varios veceros discuten acaloradamente sobre el buen o mal hacer del Sporting, pese a haber ganado fuera de casa, hasta que, el anterior camarero aprovecha el himno de España que suena en la televisión para exigir silencio, y a modo de larga cambiada, cerrar la discusión antes de que pueda llegar a mayores. Todo ello mientras escancia sidra magistralmente a los diferentes clientes.

Son todos varones los que se acomodan a esta hora en esta barra llena de vida, quizás las respectivas estén preparando la comida, o en la playa, pero en muchos casos acostumbran a frecuentar la sidrería en horario de tarde con ellas dando otro ambiente al local, en lo que ahora llaman socializar y antes alternar. Estamos ante un fenómeno que, con la sidra de soporte fundamental, va mucho más allá seguramente de lo que la Unesco llegará a percibir.

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