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Alicia Miyares | Doctora en Filosofía y escritora feminista

“El feminismo alzará la voz para que no se reconozca la identidad de género”

“El aval jurídico pone en peligro las leyes articuladas contra la discriminación sexual” | “La agenda del Ministerio de Igualdad es antifeminista, más bien parece un Ministerio ‘queer’”

Alicia Miyares, doctora en filosofía y escritora feminista; “El feminismo alzará la voz para que no se reconozca la identidad de género” Amor Domínguez

El feminismo español llega a este 8M, Día Internacional de la Mujer, dividido. Aunque puede que decir esto no sea del todo correcto. Llega más bien “invadido” (sufre “entrismo”, sostiene la filósofa Amelia Valcárcel) por las nuevas corrientes “queer” que quieren ocupar su casa y su agenda con la polémica ley Trans y su espinosa identidad de género. Relativismo puro que ha puesto en pie de guerra al movimiento histórico en España –de izquierdas y de derechas– y a destacadas feministas con una dilatada trayectoria, como la asturiana Alicia Miyares (Arriondas, Parres, 1963).

Filósofa, escritora, militante de izquierdas y profesora de la UNED, acaba de publicar “Distopías patriarcales. Análisis feminista del ‘generismo queer’”, un básico para entender qué pasa y qué se cuece en torno a las mujeres.

–8M. ¿De verdad que a estas alturas tenemos que seguir celebrando fechas así?

–Evidentemente, sí. El 8 de Marzo siempre se ha planteado como un día de vindicación y visibilización de la agenda feminista y hoy parece más oportuno que nunca hacerlo, puesto que en los últimos años estamos teniendo que parar propuestas básicamente antifeministas.

–Supongo que esas propuestas que menciona son, por ejemplo, la reciente y ley Trans, que sin siquiera haber nacido ya ha levantado bastante polémica en España.

–Realmente desde 2014 o incluso antes el feminismo se ha visto en la tesitura de combatir una agenda sobrevenida que no es la feminista. Hemos tenido que salir a manifestarnos, las feministas, contra la práctica del alquiler de vientres y el intento de regularla favorablemente. Eso nos ha llevado muchos años, se nos ha ido bastante tiempo, primero, en hacer comprensible a la ciudadanía qué significa esto y las consecuencias de legalizarlo. Más. Hemos tenido que fijar posiciones de manera rotunda como feministas contrarias a que se articularan legislaciones favorables a la prostitución como trabajo. Más. Hemos tenido que combatir los intentos de normalizar la pornografía. Ahora, la última parte de esta agenda sobrevenida es todo lo que tiene que ver con el reconocimiento de la identidad o autodeterminación de género.

–Una “invasión” en toda regla, da la impresión.

–Frente a los planteamientos y la agenda feminista aún inconclusa que se acordó en la Conferencia Mundial de la Mujer en Beiging (1995), en los últimos años se ha interpuesto otra que no es feminista y además es contraria a lo que defiende el movimiento desde los años noventa.

–“A las mujeres nos han vuelto a meter en otro cajón de sastre, el de la diversidad y la entidad”, reflexiona usted en su nuevo libro. ¿Por qué es tan peligroso reconocer la identidad de género, tal como se pretende con la ley Trans?

–Para entender realmente cuál es el peligro solo hay que tener clara la noción de género que se da desde el feminismo. Por género se entienden los papeles, comportamientos, actividades y atribuciones que la sociedad considera propios de mujeres y de varones. El género es una construcción social a partir de la cual se han establecido relaciones de poder asimétricas entre varones y mujeres y funciones diferentes. La identidad de género, en todos los planteamientos de la ley Trans, es definida como una vivencia interna, como cada uno lo siente. Esto es muy importante, porque es lo que inspira realmente la norma. Tenemos, por tanto, una definición del feminismo que entiende el género como un constructo social a partir del cual se han legitimado las asimetrías de poder entre varones y mujeres, y que a partir de esa definición se han inspirado las leyes de Igualdad o la ley de Violencia de Género. Pero, por el contrario, en la ley Trans se entiende el género como una vivencia interna y eso simplemente se contradice con la definición del feminismo.

Alicia Miyares. ÁNGEL GONZÁLEZ

–¿Qué consecuencias tiene?

–Pues si se reconoce jurídicamente la identidad de género, ¿qué sucede con las normas que se han avalado en este país en torno a la discriminación sexual que se basan en el género como constructo social? Peligran. No se pueden hacer normas contradictorias, no puedes decir que para unas cosas el género es un constructo social y para otras una vivencia interna. No se puede decir uno y lo contrario, normativamente no se sostiene una doble definición de género. Si el género es un constructo social, las leyes de Igualdad y contra la Violencia de Género tienen su razón de ser. De lo contrario, si es vivencia interna, no. Y todo aquello por lo que ha luchado el feminismo, las políticas articuladas en torno a la discriminación sexual, se considerarán irrelevantes.

–¿Qué hay del sexo?

–Para el feminismo es necesaria la categoría sexo, para dar significado al género. Pero en las leyes de identidad de género el sexo deja de tener relevancia jurídica.

–Advierten ustedes de que a las mujeres nos “borran”. ¿Pero eso es posible?

–Pues sí, eliminando la categoría sexo como quieren. El sexo es una realidad constatable, no una ficción. Las personas nacen con un sexo determinado, excepto aquellas que lo hacen con una indefinición. Mundialmente es una población minoritaria del 0,01, los intersexuales. No son ni siquiera los transexuales ni transgénero. En la definición “queer” de género el sexo se convierte en irrelevante y así borran a mujeres y varones. Porque es mi vivencia interna, sostienen, la que determina mi sexo. No la ciencia, no la realidad, sino mis creencias. Una barbaridad.

–Por defender estas posturas, usted y otras feministas destacadas son insultadas en las redes y llamadas TERF (“trans-exclusionary radical feminist”; en español: feminista radical transexcluyente). Las acusan de odio a los trans. En la escuela Rosario Acuña de Gijón, en el verano de 2019, lo sufrieron en persona.

–Lo primero que hay que hacer es deshacer el espejismo trans. Lo trans no existe como tal. Trans es un genérico inespecífico en el que de manera solapada se incluyen personas transexuales, personalidades transgénero y travestis. Estos tres grupos de personas tienen agendas diferentes, sustancialmente. No reivindican los mismos derechos los transexuales que los transgénero. Esa diferencia hay que hacerla. En la Rosario Acuña éramos ya entonces plenamente conscientes de las consecuencias de convocar aquel curso de verano sobre lo “queer”. Había que sacar el debate de los oscuros pasillos del poder y de los lobbies que presionaban entonces para legislar en torno a la identidad de género. Fue positivo, porque emergió el debate y salió a la calle, y así desde 2019 cada vez una parte mayor de la sociedad va entendiendo las consecuencias negativas de legislar en torno a la identidad de género y sobre la mal llamada despatologización del colectivo trans, que, insisto, es algo inespecífico. Por el camino tienes que poner un escudo y sabes que te van a caer. Pero como feministas es nuestra obligación dar la cara y evitar que se legisle a hurtadillas de la ciudadanía y del movimiento.

–Pese al insulto…

–No conozco a ninguna feminista que no haya sido injuriada a lo largo de los siglos de vigencia del feminismo. Hemos sido tildadas de menores de edad, designadas como varones mutilados, histéricas… Todo tiene correspondencia en cada época histórica. TERF es el nuevo insulto del siglo XXI. Aunque a veces va acompañado de algo peligroso: el intento de silenciarnos bajo la acusación del delito de odio. Eso es tremendo.

“Si está estipulado que la princesa Leonor tenga formación militar, la debe seguir y punto al margen de si es varón o mujer”

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–TERF, trans, cis, lgtbi+, queer... ¿Debo ir con un diccionario permanentemente para enterarme de qué va ahora la igualdad?

–Es neolengua. Cuando quieres avalar una práctica dudosa no hay mejor modo de llevarlo a cabo que acuñar una lengua ajena al común de la ciudadanía, que se pregunta qué quiere decir eso de identidad de género. Si dices que el sexo se puede elegir libremente o a voluntad con solo expresar que uno lo siente, eso lo entiende todo el mundo. Y se echa las manos a la cabeza. Pero como lo entiende todo el mundo, los partidarios de la identidad de género lo encierran en un cascarón incomprensible. Si cuela, cuela. Esta neolengua sirve para enmascarar. Los lobbies del colectivo LGTBI, si pueden negociar de forma silenciosa y hurtando el debate público, lo harán.

–Las nuevas generaciones de mujeres, las más jóvenes, ¿administran bien y saben valorar la herencia feminista?

–Yo creo que sí. Rehúyo las generalizaciones, pero veo que las mujeres más jóvenes tienen una conciencia clara feminista y crítica. Mi alumnado de Secundaria, de segundo de Bachillerato, tiene una conciencia crítica feminista que es más difícil de percibir en generaciones anteriores.

–Una crítica habitual al feminismo es la imagen victimista que plantea de la mujer.

–No entiendo eso. Es el típico mensaje del neoliberalismo, su idea de victimismo tiene mucho que ver con eso. Considera que las leyes específicas lo único que hacen es victimizar al colectivo sobre el que se legisla. ¿Desde cuándo velar por los derechos supone esto? La ley de Violencia contra las Mujeres ha sido criticada por esto. No estoy de acuerdo. El Estado tiene la obligación de velar por el cumplimiento de un derecho fundamental de las mujeres, que estas se vean libres de violencia.

–¿El “Me Too” americano o el movimiento francés “Libertad para ser importunadas”?

– “Me Too”. Sin dudarlo. Es que si viviéramos en un mundo libre de violencia, las mujeres podríamos incluso hacer algún tipo de escarceos estéticos sobre las cosas, pero desgraciadamente no es ese el mundo ideal, no hay un escenario donde estéticamente podamos convertirnos en “femme fatale”. La realidad es que por el hecho de ser mujer se sufre violencia en el mundo. Estos pronunciamientos, como el francés, que no dejan de ser más estéticos que otra cosa, son propios de personas muy privilegiadas, con mínima conciencia de la violencia generalizada que sufren las mujeres.

–¿Admite, quizás, que sea la violencia contra las mujeres, una lacra que está ahí y que no cesa, uno de los fracasos de la lucha feminista al no haber sabido pararla?

–No, para nada. No hay fracaso. En gran parte la agenda feminista del siglo XX ha sido hacer visible la violencia sufrida por las mujeres, hasta entonces en el reducto privado. Ese fue el gran cambio del siglo: sacar a la luz, hacer público el maltrato a las mujeres. Eso es un gran logro, no un fracaso. Entendemos violencia en sentido amplio: no solo el maltrato físico, sino también el acoso laboral, la violencia sexual, la reproductiva…

Alicia Miyares. ÁNGEL GONZÁLEZ

–La feminista y crítica estadounidense Camile Paglia sostiene que las feministas modernas fomentan el odio al hombre.

–Digamos que Paglia es una persona que vive de ser un poco subversiva y a veces con planteamientos contradictorios. Para mí es una figura que carece de interés, no le doy relevancia. Sus planteamientos no son peligrosos en el sentido de que tengan una deriva de interpretación peligrosa. En ese sentido me parece que hay que prestar más atención, por el peligro que sí conlleva, y analizar los planteamientos de Judith Butler, teórica de lo “queer”.

–¿Cómo valora la labor del Ministerio de Igualdad?

–Pues en este momento yo no sé si hay un Ministerio de Igualdad, pues todo lo que me llega de esa entidad administrativa no tiene nada que ver con la agenda feminista. Así que tengo serias dudas de que sea un Ministerio feminista. Más bien parece un Ministerio “queer “ con una agenda con propuestas antifeministas. Huye del diálogo con determinado sector del movimiento feminista, que por otra parte es el más amplio y que se declara contrario tanto a la prostitución como trabajo, a la práctica del alquiler de vientres y a reconocer la identidad de género. La agenda antifeminista es la reivindicada por el Ministerio ahora.

–Usted fue asesora de la exvicepresidenta del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega, quien se destacó por su activismo feminista. ¿Cree que quizás fue víctima en exceso de críticas más bien de tinte machista que político?

–Estar en primera fila del poder, si además eres vicepresidenta y portavoz, desgasta mucho. Ella ahora es la presidenta del Consejo de Estado, la primera mujer que ha logrado tal puesto. Estar en política te obliga a aceptar lo bueno y lo malo. Esto último es que serás a veces objeto de burla de los que tienen planteamientos contrarios a ti. No debería haber ataques personales, pero los hay. Y en el caso de María Teresa fue objeto de muchísima burla personal, algo que forma parte desgraciadamente de la manera de entender la política a día de hoy. Ahora bien, sí que hay un diferencial si eres mujer o si eres varón. Contra las mujeres hay un ensañamiento más a la persona que al cargo. Este diferencial revela todavía la casposidad misógina presente en nuestra sociedad. Es más difícil ver la crítica a un varón político basándose en su cuerpo, su forma de vestir o su pelo, que a una mujer. Revela que aún estamos en una cultura misógina y patriarcal. Lo padecen todas las mujeres en política. Una inmensa parte.

–¿Es el feminismo patrimonio de la izquierda? ¿No hay feministas de derechas?

–El feminismo es patrimonio de las feministas y patrimonio de todas aquellas mujeres que nos precedieron y pusieron en valor la agenda feminista. Es cierto que feminismo y derecha no casan porque parten de la idea de que no es malo que haya papeles diferenciados para varones y mujeres. Pero en este momento hay sectores de la izquierda, por mucho que se proclamen feministas, que llevan a cabo una agenda que es profundamente antifeminista. Por tanto, el feminismo es patrimonio de las feministas y por extensión patrimonio de todo aquello que ha ayudado a hacer mejor la vida para las mujeres y para los varones. Siempre se nos olvida que el cambio hacia sociedades más igualatorias en primera instancia mejora la vida de las mujeres, pero también de los varones. La igualdad cambia a todos.

–Me gustaría saber qué piensa de la formación de la Princesa Leonor. Hay reflexiones en las que se desliza que por ser mujer no debería tener (o choca más que reciba) formación militar como sí la tuvo su padre, pese a que como él está llamada a ser jefa de los ejércitos.

“Es más oportuno que nunca celebrar el 8M para parar propuestas antifeministas como la ley Trans”

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–Si la educación del futuro rey o reina debe incluir una serie de cosas, esa serie de cosas las tendrá que hacer independientemente del sexo con el que haya nacido. Otra cosa es hablar de la formación que ha de recibir un príncipe o princesa. Pero si está estipulado que tenga formación militar, la debe seguir y punto. No me ofrece ningún debate, es absurdo.

–El Papa hace concesiones a las mujeres en la Iglesia.

–He sido siempre una lectora voraz de las encíclicas papales, se aprende mucho leyéndolas. Creo sinceramente que el Papa Francisco, que se presentó abiertamente progresista, tiene planteamientos políticos interesantes en relación a derechos sociales, emigrantes... Pero en relación a la mujer mantiene una posición sin apenas cambios significativos. No me parece llamativo que les haya permitido dar la comunión. Si para otras cosas es aperturista, no se atreve a romper con aquella parte del clero que mantiene una ortodoxia muy feroz en el papel de las mujeres en el seno de la Iglesia. No veo grandes cambios, veo más bien estética pura. Por ejemplo, no cambia sustancialmente la consideración de las mujeres en cuanto al sacerdocio, algo que debería ser abordado en el seno de la religión católica.

–Usted cierra su libro “Distopías patriarcales” con una sentencia que es toda una declaración de intenciones: “Contra la distopía queer, rebeldía feminista”. ¿Van a ganar esta batalla contra la identidad de género?

–Pues veremos cómo queda. En cualquier caso, no será sin hacer oír nuestras voces y sin influir crítica y articuladamente para que no se lleve a cabo el reconocimiento de ninguna ley que traiga consigo el reconocimiento jurídico de la identidad de género, además de otros planteamientos como la despatologización. Mientras haya voces feministas, alzaremos nuestra voz y esgrimiremos argumentos de por qué estos planteamientos son lesivos para las políticas específicas para las mujeres y lesivos para la igualdad. No nos van a callar.

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