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MARÍA NEIRA | Directora del Departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS)

“Va a sobrevenir un renacimiento, lleno de creatividad y ganas de vivir”

"Estamos pagando el daño que hacemos a los ecosistemas: nosotros los necesitamos –para respirar, para alimentarnos...–, pero ellos no nos necesitan, pueden eliminarnos"

María Neira. |  | MIKI LÓPEZ

María Neira. | | MIKI LÓPEZ

Con una agenda desbordante, la doctora María Neira (La Felguera, 1962), directora del Departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), teletrabaja y duerme a ratos. Se maneja bien en las situaciones de emergencia porque así lo requiere su trabajo, aunque este último año ha sido especialmente desafiante. Desde Ginebra, en conversación telefónica con LA NUEVA ESPAÑA, hace balance de los últimos doce meses conviviendo y combatiendo el SARS-CoV-2.

–¿Preocupada por los contratiempos con la vacuna de AstraZeneca?

–Estamos en la fase cuatro del desarrollo de la vacuna. Una vacuna pasa por tres fases de prueba y ensayos clínicos, cuando ya se ha aprobado su consumo y está en uso entramos en la fase cuatro, con sistemas de vigilancia que son hipersensibles a cualquier posible efecto secundario. En el caso de los trombos detectados en personas a las que se les había administrado la vacuna de AstraZeneca, la incidencia coincide con la que se da en la población normal. Ha habido muchos millones de personas vacunadas sin ningún problema. De todas formas, todo esto se recibe con mucha atención. Siempre hay que medir el riesgo y el beneficio, y el beneficio de la vacunación sobrepasa de largo el riesgo. En España no se ha detectado ningún caso y las autoridades han tomado su decisión y los ciudadanos pueden vacunarse. En cualquier campaña de vacunación ocurren estas cosas, pero de esta estamos pendientes minuto a minuto.

–¿Cuándo dejaremos de estar tan alerta con el covid?

–El ser humano puede estar en estado de alerta y alarma por un cierto tiempo, pero los niveles de adrenalina no se pueden mantener siempre arriba. Si el virus tiene la evolución que esperamos y la vacunación surte el efecto que deseamos, llegará el momento en que el covid-19 será una enfermedad endémica, como muchas otras. Es una pena porque si lo hubiéramos podido evitar hubiera sido mejor. Llegará el momento entonces en el que tendremos que apartar esos añadidos ideológicos, la pérdida de libertad, los derechos que hemos cedido. Espero que no nos volvamos intransigentes y me preocupa mucho la salud mental. Esto va a dejar mucho rastro en la salud mental. Hay personas que han vivido un año intoxicadas por una información que no han podido poner en contexto. Hemos visto que en el mundo, quizá no tanto en España, hay un problema de aislamiento y soledad importante, y eso va a ser difícil de recuperar. ¿Quién sabe? A lo mejor la sociedad aprende a gestionar mecanismos para evitar esa soledad no deseada.

–En marzo de 2020, ¿se imaginaba que un año después la epidemia seguiría descontrolada?

"Estábamos convencidos de que era muy grave, que se transmitía muy rápido, pero creíamos que iba a haber una mejor gestión de los casos y de la severidad"

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–Ni a mí ni a mis colegas, que trabajan en emergencias, enfermedades epidémicas, grandes brotes, como el ébola, se nos ocurrió pensar en este escenario. No entraba en nuestra planificación. Estábamos convencidos de que era muy grave, que se transmitía muy rápido, pero creíamos que iba a haber una mejor gestión de los casos y de la severidad. Tuvimos miedo al principio de que estallara de una forma muy violenta en África, estábamos aterrorizados, pero, curiosamente, fue peor en países muy civilizados, en Estados Unidos y Europa. No, nadie pensaba que la economía y la sociedad estarían de rodillas un año después. Confiábamos en que pudiera haber una estacionalidad.

–¿Ha quedado descartado?

–Nada está descartado, nos queda mucho por saber. Pienso que pronto vamos a encontrar algo que nos explique el mecanismo de transmisión de este coronavirus. Yo creo que la contaminación ambiental ha sido determinante, de ahí que los países más desarrollados sean los más golpeados. Eso explicaría el menor impacto en África. También creo que pueden influir factores ligados a la parte más social, estar más expuestos al sol y sintetizar más vitamina D.

–¿Cuándo fue consciente de la gravedad del nuevo coronavirus?

–Había estudios de epidemiólogos, sobre todo de universidades inglesas, que hacían modelizaciones en ordenador y hablaban de 15 o 20 millones de muertos. Nosotros, el equipo de detección de enfermedades emergentes de la OMS, tenemos una red de laboratorios, noticias, un mecanismo de rastreo que, diariamente, lanza una alerta si detecta la palabra epidemia. Es algo muy normalizado. Esto empezó con unos casos de neumonía en China, en Wuhan, un virus, casos aislados, luego transmisión entre humanos, luego comunitaria, luego una transmisión muy rápida... El 30 de enero la OMS declaró la máxima alerta, y había ciento y pico casos fuera de China y ningún muerto. Yo tuve la visión de que esto iba a ser una gran crisis sociosanitaria y económica en Roma, estaba allí cuando el primer ministro reunió a su gabinete, y esa misma noche anunció el confinamiento en Italia. Entonces fue cuando pensé: “Esto va a ser algo más que un problema sanitario, va a ser un volcán, y va a poner en juego muchas cosas”.

–Tras la visita del grupo de expertos de la OMS a China, ¿dan por aclarado el origen de la epidemia?

–Fue una misión que aportará mucho al conocimiento: han revisado expedientes, han tenido acceso a mucha información, pero va a ser muy difícil llegar a tener algún día una respuesta absoluta. Hay que seguir avanzando e investigando, no creo que un día digamos: “Lo encontramos”. Parece claro que los casos empezaron a circular en diciembre. La historia de los murciélagos es fascinante. No es que haya que tenerles miedo, ellos solo conviven con un virus como con muchos otros. Lo que ha sucedido es que hemos destruido esas barreras naturales que nos protegían. Estamos pagando el daño que hacemos a los ecosistemas: nosotros los necesitamos –para respirar, para alimentarnos...–, pero ellos no nos necesitan, pueden eliminarnos. Nos hemos arrogado este espíritu conquistador y destructor, que se vuelve contra nosotros de una manera brutal.

"Estamos pagando el daño que hacemos a los ecosistemas: nosotros los necesitamos –para respirar, para alimentarnos...–, pero ellos no nos necesitan, pueden eliminarnos"

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–La OMS declaró la alerta sanitaria un 30 de enero; España, como otros países, no adoptó medidas drásticas para contener el contagio hasta marzo. ¿Demasiado tarde?

–Hay que entender de dónde veníamos. Veníamos de la gripe A con el Tamiflu, las vacunas… Aquella alerta fue real, pero, afortunadamente, no tuvo las dimensiones de la actual. Cuando la OMS declara la alerta sanitaria, fuera de China no había muchos casos. En enero, sin pacientes hospitalizados, sin casos mortales, nadie hubiera aceptado el confinamiento, nadie hubiera aceptado parar la actividad en las empresas, la industria, el turismo… Todo porque tal vez… Nosotros no pedíamos el confinamiento en enero, pedíamos el estado máximo de preparación y respuesta, la puesta en marcha del reglamento sanitario internacional, y los sistemas de emergencias epidemiológicas empezaron a responder.

–La gestión de la OMS comenzó siendo muy criticada, y ahora la organización suena como candidata a los Nobel. ¿Cómo la autoevalúa usted?

–Lo que nosotros podemos ofrecer son resultados. Un colega de comunicación nos comentaba hace unos días que hay disponibles en la web de la organización 500 guías de recomendaciones; las conferencias de prensa no tienen número, empezaron siendo todos los días, ahora son dos veces por semana; se ha puesto en marcha un “blueprint” en el que todos esos clínicos que están viendo los avances en los tratamientos vuelcan información, que se coordina y de la que se extraen conclusiones valiosas: que la hidroxicloroquina no es eficaz, que la dexametasona sí...; está el mecanismo Covax, para que puedan llegar vacunas a países en vías de desarrollo; se ha proporcionado formación online, hemos enviado toneladas de materiales a otros países; hacemos la precualificación de vacunas para los que no tienen entidades reguladoras; aportamos asistencia técnica; trabajamos en investigación... Eso es por lo que se nos tiene que juzgar.

–Toma de temperatura, gel hidroalcohólico, distancia de seguridad, mascarillas... De todas las recomendaciones para evitar contagios, ¿con cuáles nos quedamos?, ¿cuáles podemos desterrar ya?

–Hay cinco medidas básicas. La primera es el lavado de manos –eso no le hace daño a nadie y nos ha evitado muchas enfermedades– y las otras están relacionadas con dónde y cómo se producen los contagios: contacto cercano, ambientes cerrados y muy concurridos; para contrarrestarlo hay que aplicar la distancia social –por lo menos, un metro–, uso de mascarilla en ambientes cerrados, evitar estornudar o hacerlo en el codo, y la ventilación, por supuesto; el resto no es necesario. No hemos visto mucha utilidad a la toma de temperatura, ni a la limpieza de los zapatos o las superficies. La higiene no está de más, pero los guantes son innecesarios, y me duele ver a la gente haciendo “jogging” con mascarilla, por sus pobres pulmones.

"La higiene no está de más, pero los guantes son innecesarios, y me duele ver a la gente haciendo “jogging” con mascarilla, por sus pobres pulmones"

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–Entonces, ¿pronto podremos quitarnos las mascarillas al aire libre?

–Eso depende de la legislación de su país. Cada Gobierno hace su valoración del riesgo. Aquí en Suiza nunca fueron obligatorias las mascarillas en el exterior. Hay razones sociológicas en esas decisiones: el suizo quizá tiene otras costumbres sociales que lo justifican.

–¿Qué tal hemos llevado los españoles las restricciones?

–En España e Italia tenemos fama de ser poco disciplinados, pero he visto más infracciones y más graves en países como Holanda. Probablemente, esto será objeto de estudio sociológico.

–¿El covid ha dado impulso a la investigación?

–Se ha puesto mucho el foco en ella en estos meses, confío en que no se nos olvide y que los investigadores tengan el reconocimiento que se merecen, no solo por el prestigio social, que a ellos seguramente les importa poco, sino para que tengan empleos y condiciones de trabajo dignos. Hay mucho por hacer. El de la pandemia ha sido el año que hemos llegado a Marte, es toda una paradoja.

–¿Cómo explicar que en cuestión de meses se haya conseguido una vacuna para el covid y aún no la haya para la malaria o el VIH?

–Desarrollar vacunas para un coronavirus es difícil, pero se llevaba años trabajando en ellas, y eso también cuenta. La malaria es un parasito y el VIH tiene otras dificultades. Yo viví muy de cerca lo de los retrovirales para el sida, cuando salieron al mercado se vendían a precios exorbitantes, se llegó a un arreglo con los precios y llegaron a millones de personas. Con estas vacunas se podría hacer algo parecido. Cuando hay voluntad política y recursos financieros, la investigación y la ciencia pueden hacer cosas extraordinarias. Y presión social, eso es lo que ha pasado con el covid y ese elemento es primordial.

–¿Y los daños colaterales del covid? Para las mujeres, por ejemplo.

–A esta pandemia la llamamos una sindemia, es un síndrome, son varias epidemias: la de salud mental ya está ahí; la de pobreza, con los niños dejando las escuelas para ponerse a trabajar. En las niñas es peor, sin educación, casadas a la fuerza con 11 años, con el agravamiento de la violencia contra las mujeres. Hay un retroceso en los niveles de educación brutal. Por eso hay que medir al máximo en salud pública, todo es un balance entre riesgo y beneficio: si metemos en un búnker a todo el mundo, será muy eficaz, pero hay que sopesar las consecuencias.

–Hace unos meses pensábamos que España estaba gestionando pésimamente la emergencia, ahora parece que no tanto.

–Cuando nos preguntaban por qué a España le iba tan mal no teníamos una explicación. Unas semanas después cambió, como habíamos anticipado, puede ser por la circulación del virus. Es fundamental usar los instrumentos que tenemos, los test rápidos de forma estratégica, por ejemplo. Con el personal sanitario vacunado y mejor gestión de los enfermos, no vamos a llegar a eliminar el virus a final de año, pero sí reduciremos mucho la mortalidad.

–¿Qué tal lo ha hecho Asturias?

"Mis aplausos a los profesionales asturianos, a los que conozco muy bien"

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–Dentro de todas las muertes que hay que lamentar, que a los sanitarios les duelen una a una, se ha gestionado, con los instrumentos que había, de la mejor forma posible. Mis aplausos a los profesionales asturianos, a los que conozco muy bien. Lo han hecho, además, con dedicación y profesionalidad.

–¿Llegó a pensar en algún momento que la epidemia era inmanejable?

–No, no me lo puedo permitir. Alguna vez nos desmoralizamos un poco, pero trabajamos con la misma energía.

–¿Cuando escuchaba las recomendaciones de Bolsonaro o Trump?

–Fueron momentos, obviamente, dolorosos. Por fortuna, nosotros trabajamos con los hospitales y los profesionales, descentralizadamente, y ellos sabían bien qué había qué hacer.

–¿Alguna vez la vida volverá a ser como la conocíamos?

–Yo soy patológicamente optimista. Vamos a recuperar una mejor normalidad, a valorar tener un trocín de “prau” en lugar de vivir en una ciudad, hacinados. Valoraremos la solidaridad, la ciencia. Confío en que será mejor. Va a sobrevenir un renacimiento, lleno de creatividad y ganas de vivir, con alegría. El sentido común nos va a ayudar, cada uno tiene que ser el gestor de su propio riesgo y a lo mejor así este año recuperaremos un poco de esas cosas tan buenas y saludables, como los abrazos y los besos.

–¿Estamos abocados a una próxima pandemia?

–La verdad, no me parece la mejor pregunta para acabar con un tono optimista. Ya tenemos encima el cambio climático, que nos va a dar muchas malas noticias, pero estoy convencida de que nos vamos a tomar en serio el desarrollo sostenible, y si lo hacemos bien, eso nos protegerá.

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