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Los castros, las joyas del Hierro enterradas en Asturias: mil años clave de historia común

Estos poblados fortificados nacieron con los primeros asentamientos estables al final de la Edad del Bronce y sobrevivieron durante toda la Edad del Hierro

Parte de la muralla de módulos, un sistema de defensa compartimentado para evitar destrucciones totales, en el castro de San Chuis (Allande). | Miki López

La cultura castreña asturiana es dilatada en el tiempo. Unos mil años nos contemplan, diez siglos en los que las gentes del norte aprendieron a trabajar el bronce y el hierro, realizaron trabajos inimaginables de orfebrería, lograron manejar el torno con una perfección que aún hoy asombra, e hicieron frente a la maquinaria social, política y militar más grande que hasta ese momento había conocido la Historia: Roma.

De todo ello ha quedado un patrimonio con el que otras sociedades soñarían. En Asturias se tiene, pero se valora poco. Los castros de Asturias, poblados fortificados que nacieron con los primeros asentamientos estables al final de la Edad del Bronce y sobrevivieron a lo largo de toda la Edad del Hierro, son hoy prueba en piedra de un milenio en el que se comenzó a gestar la Asturias actual, la jerarquización de territorios, y probablemente el inicio de cierta mentalidad unificadora a la que obliga un enemigo común.

En aquellos mil años, desde el año 800 a.C hasta finales del siglo II d.C pasan muchas cosas en este territorio que los romanos bautizaron como tierra astur. Se diría que estamos ante una historia épica, protagonizada por unos pueblos ágrafos de los que poco sabemos a no ser por las fuentes clásicas, que nos vieron con ojos ajenos y casi siempre mediatizados.

El lienzo de muralla del fortín de San Isidro, que fue un punto de acuartelamiento de tropas de control tras la conquista romana. | Miki López

Pueblos que crearon castros asombrosos como Coaña, Campa Torres o el Chao Samartín, fortificados con una capacidad defensiva que incluso sorprendió al Imperio conquistador. Y, quizá más importante, con una organización social que podemos intuir en forma de diálogo inteligente con la Naturaleza. Unas sociedades plagadas de misterios. No hay tumbas, no hay muertos... ¿Qué hacían con ellos? ¿A qué o quiénes adoraban los pueblos prerromanos que habitaron estas tierras del norte peninsular?

Son preguntas a las que LA NUEVA ESPAÑA intenta contestar o, al menos, acercarse a esas respuestas a través de la colección de libros La Cultura Castreña Asturiana, un esfuerzo editorial que llevará a los lectores seis volúmenes convertidos en un fantástico recorrido por la geografía y la esencia de los castros de Asturias.

Hay cerca de 300 castros documentados en la región, con unas decenas más de propuestas que están pendientes de confirmación. Es un patrimonio inmenso, pero apenas una treintena de castros están excavados y estudiados. Hay una tarea pendiente que requiere inversiones públicas y privadas. Entre los arqueólogos asturianos se estima que hay menos de un 5% del hábitat castreño excavado. Si con porcentaje tan nimio Asturias goza de referencias de asentamiento que son joyas no solo en España sino en Europa, es fácil imaginar el conocimiento que saldría de un mayor esfuerzo inversor e investigador.

Parte de la muralla de módulos, un sistema de defensa compartimentado para evitar destrucciones totales, en el castro de San Chuis (Allande). | Miki López

Se valora lo que se conoce. La geografía asturiana está literalmente regada de poblados castreños, más en Occidente que en Oriente, y no porque en el Este asturiano hubiera menos castros, sino porque quizá los asentamientos no tuvieron la solidez de la piedra pizarra que encontramos en el entorno de la desembocadura del Navia.

LA NUEVA ESPAÑA ha recorrido durante meses decenas de castros y campamentos romanos, tratando de profundizar en una historia llena de ingredientes. Una historia de vida cotidiana, de economías de supervivencia, de vida agrícola y ganadera, no exenta de espíritu guerrero. Sociedades que practicaban el trueque, en las que la mujer quizá tuviera un papel preponderante (sin llegar ni mucho menos a la ginecocracia), con un nivel de organización social capaz de llevar a cabo construcciones de uso común y, desde una definición inicial del castro como unidad autosuficiente y hasta autárquica, generar un mundo de relaciones en el que el comercio tuvo peso fundamental.

Hay castros que desaparecieron mucho antes de que Roma asomara por el horizonte; declives que no parecen responder a factores exógenos

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Todas estas cosas nos las cuentan las piedras o, para ser más exactos, quienes saben leer el pasado en ellas. Entre tantas suposiciones y dudas, las pocas certezas son recibidas como agua en el desierto. Por las piedras conocemos cómo era el interior de las cabañas y nos acercamos al menú diario, a las costumbres, ritos y diferenciaciones sociales; a lo que cultivaban y recolectaban, a su ajuar y sus vestidos.

La llegada de Roma lo cambió todo. Las guerras contra los astures y los cántabros requirieron la presencia del mismísimo emperador Augusto, que parece que se acercó (relativamente) a los frentes de batalla con la intención de su “padre” político, Julio César: venir, ver y vencer.

No fue así y Augusto acabó marchando enfermo y cansado. Nunca fue una lumbrera militar. La conquista fue otra obra épica, por parte y parte. Más de una veintena de campamentos romanos se suceden por las vías de la Mesa y Carisa, entre montañas y camino del mar. Lo lograron a costa de tiempo y sacrificio, pero cuando se visita el mal llamado castro de San Isidro, en la frontera de los concejos de San Martín de Oscos y Pesoz, es fácil entender por qué los romanos (el castro es en realidad un campamento post-conquista) se sintieron en tierra hostil mucho más allá de que oficialmente Roma diera por terminada la guerra. San Isidro es un fortín con murallas de dos metros de anchura.

El impresionante foso defensivo que blindaba el castro de Cabo Blanco y que aislaba el poblado de una a otra parte de los acantilados. | Miki López

Las crónicas dicen que hubo revueltas astures hasta el “reinado” de Nerón, asesinado en el año 68. Pero en todas esas primeras décadas del siglo I se produce en Asturias un hecho que marcó el destino de Roma: Las minas de oro de los astures mantienen al Imperio.

Augusto decreta el patrón oro cuando sabe que encontró y puede controlar la escandalosa riqueza aurífera en tierra astur. Y pone en marcha un sistema de extracción del mineral que cambió el paisaje a base de cicatrices en las montañas que aún se pueden ver. Minas de media montaña como las de Valabilleiro, Arruñada o A Freita; o de costa, como las de Salave (Tapia de Casariego) demostraron varias cosas. Un impresionante poder organizador romano, pero también la colaboración inexcusable y más o menos forzada de las gentes astures.

El término astur (ástur, con tilde, según algunos autores) es un “invento” romano, consecuencia de la organización administrativa tras la conquista. Al norte de la cordillera nos convertimos en Astures Trasmontanos, y al sur en Astures Cismontanos. Y en lo que respecta a la actual provincia de Asturias, Roma la divide en tres partes. Por el Oeste y hasta el Navia, eran tierras que pertenecían al Conventum Lucense; del Navia al Sella, al Conventum Asturciense; y del Sella hacia el Este, al Conventum Cluniense. Tres “asturias”, que con un poco de imaginación podemos equiparar a las tres circunscripciones electorales hoy vigentes (Occidental, Central y Oriental) y hasta a las tres zonas lingüísticas. No lo tenían mal pensado los romanos...

Fotografía tomada desde el castro tapiego de El Esteiro, un poblado muy amplio que probablemente tuvo cierta preponderancia territorial y que está por excavar. | Miki López

Pero Roma se encontró a finales del siglo I a.C con una sociedad ya muy definida, jerarquizada y abierta al mundo dentro de un orden. Antes que los romanos, surcaron los mares del Arco Atlántico los cartagineses y los fenicios, y habría cierta capacidad de navegación de cabotaje aunque la costa asturiana fuera en este aspecto periférica. Antes de la llegada de las legiones, en algunos castros astures se sabía qué era Roma, una potencia que llevaba dos siglos en suelo hispánico. La presión de los nuevos “dueños” del territorio en muchos lugares de la península propició un movimiento de gentes celtíberas desde el Este al Oeste, que seguro que afectó a las sociedades prerromanas cantábricas.

Ese mundo interrelacionado, antes pero sobre todo inmediatamente después de la conquista, trajo a los castros astures objetos de procedencia diversa de todo el Mediterráneo, de la península itálica, pero también de Grecia, de Siria, de Egipto, de las islas del Egeo... También del Norte de Europa. La Campa Torres, donde se asentaba una comunidad especializada en el trabajo metalúrgico (la gens de los cilúrnigos) produjo a su vez intensamente y muchas de sus fíbulas, enganches y otros pequeños objetos de bronce, acabarían en latitudes insospechadas.

En esa relación, más ágil e intensa, tropas astures pasaron a formar parte de los contingentes militares romanos. De hecho hubo dos unidades cuyo nombre define la procedencia de esas tropas regulares: las Alas I y II Asturum, que anduvieron por las islas británicas y otros puntos de Europa.

La gran llanada de la Campa Torres, en Gijón, al atardecer, con los espigones exteriores del puerto de El Musel al fondo. | Miki López

¿Cuál fue el destino de los castros? Muy distinto. Algunos poblados astures se desmoronaron con la llegada del Imperio. Otros tuvieron una segunda vida, más o menos activa, durante los siglos I y parte del II. Los menos, como el Chao Samartín (la antigua Oppidum de Ocela) reforzaron su posición como centro administrativo, sede del nuevo poder en una determinada zona, posible lugar de recepción del oro extraido de las minas cercanas y, como consecuencia de todo ello, punto de acuartelamiento.

Pero el poblamiento castreño es mucho más poliédrico en su larga historia. Hay castros que desaparecieron mucho antes que Roma asomara por el horizonte. Es un ejercicio apasionante tratar de conocer las causas de esos declives que, en apariencia, no responden a factores exógenos. En la ría de Villaviciosa, un castro de referencia, Camoca, cuyos orígenes se remontan al siglo VIII, desaparece hacia el IV sin que se sepan las causas. El arqueológico Jorge Camino apunta a cuestiones como el agotamiento de un acuífero, una epidemia que haya afectado al ganado o un mal encuentro de armas que hubiera afectado a un sector concreto de la población, por ejemplo, a los varones jóvenes.

¿De qué población castreña hablamos? Imposible saberlo con exactitud pero no es descabellado pensar que en esos siglos umbral entre una y otra era el territorio actual de Asturias podría albergar a unas 25.000 personas en lo que respecta a la población castreña. Más allá de los castros había vida, quizá en granjas más o menos aisladas, pero los hallazgos arqueológicos de ese mundo extramuros son muy exíguos.

Vista general del barrio norte del Castelón de Vilacondide, el Castro de Coaña. | Miki López

La colección La Cultura Castreña Asturiana trata de responder a esas grandes preguntas en torno a los astures, comenzando por el quién, cómo, dónde y cuándo. A lo largo de las seis entregas editoriales periodistas y arqueólogos unirán esfuerzos para explicar el día a día en los castros, las estructuras familiares y sociales, las divisiones del trabajo, las creencias y la ritualidad.

Y en medio, la Naturaleza asturiana, amplia, a veces deslumbrante; en ocasiones, hasta abrumadora. Naturaleza de interior, de bosques mixtos, sierras y cordales infinitos. Naturaleza de mar. La costa asturiana es una sucesión de castros enclavados en cabos y promontorios sobre el acantilado, con Cabo Blanco (El Franco) como principal referencia. Poblados asomados al Cantábrico frente a los vientos del norte.

Al final de un largo proceso los castros fortificados acabaron convirtiéndose en pueblos abiertos, una sociedad monetarizada y estratificada

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Aquellas sociedades herederas de la Edad del Bronce y, mucho antes, de los tiempos neolíticos, que acuñaron un perfil propio e intransferible, fueron capaces de romanizarse y formar parte del Imperio. Se dice que con Roma las tierras astures entran no en la Historia, que ya tenían y mucha, sino en lo que hoy podemos entender por modernidad. Se afianza el comercio a corta y larga distancia, llegan las monedas (que tardaron siglos en acabar con el trueque) y se consolida una estratificación social entre las propias gentes castreñas. Al final, los castros fortificados acaban convirtiéndose en pueblos abiertos. La vida siguió su ruta pero la huella de ese milenio castreño sigue presente en nuestra esencia común.

El castro de Pendia (Boal). Miki López

Un patrimonio que nos identifica

Como ocurre con el Camino Primitivo de Santiago, con las cuevas del Paleolítico y con el Prerrománico, todos ellos Patrimonio de la Humanidad, la cultura castreña asturiana es un valor inmenso que nos identifica en la Península Ibérica, con poblados inexcusables en el panorama castreño europeo.

La primera gran obra divulgativa

La colección La Cultura Castreña Asturiana se compone de seis libros de 72 páginas a todo color, con cientos de fotografías, mapas e ilustraciones, y con recorridos divulgativos por decenas de castros de la región, entre ellos San Chuis, Coaña, Pendia, Mohías, Chao Samartín, San Isidro, Cabo Blanco, El Esteiro, La Campa Torres, Moriyón, El Campón del Olivar, Caravia, La Talá, entre otros.

Profundizar en la historia cotidiana

Más allá de los grandes acontecimientos el reto editorial de LA NUEVA ESPAÑA se centra en responder a las preguntas sobre la vida cotidiana de las poblaciones castreñas. Una forma de entrar en las cabañas, de explicar los tiempos de un día en el castro, de analizar relaciones internas por género, edad y dignidad. Viajar más de 2.500 años para conocer a quienes nos precedieron.

Un recorrido de 28 siglos apasionantes

Veintiocho siglos que cambiaron radicalmente la vida de los pueblos del norte peninsular. La revolución metalúrgica, la intensificación agraria y ganadera, la fortificación de los poblados como elemento defensivo pero también de ostentación. Y la llegada de Roma.

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Los castros, las joyas del Hierro enterradas en Asturias, dejan fotografías que son auténticas postales E. García / Miki López

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