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"La Transición ni fue pacífica ni un modelo a imitar, pero no debemos repudiarla"

"La ley de memoria histórica emplea demasiado esfuerzo en los sujetos colectivos" | "Hemos creado una sociedad cada vez más infantil e idiotizada"

Alejandro M. Gallo. EL NOVELISTA Y CRITICO ALEJANDRO M. GALLO.

Aquel enero de 1977 pasó a la historia por los siete días trágicos que marcaron a sangre y fuego la historia española. Los terroristas del Grapo secuestran al teniente general Emilio Villaescusa. El estudiante Arturo Ruiz muere asesinado por la organización ultraderechista Triple A. La estudiante María Luz Nájera fallece en una carga policial durante una manifestación convocada en repulsa por la muerte de Ruiz. Y a las 22.30 horas del día 24, ocho abogados laboralistas y un administrativo son atacados a tiros por tres pistoleros de la extrema derecha en su despacho de la calle Atocha 55. Cinco muertos y cuatro heridos muy graves.

El escritor Alejandro M. Gallo narra en la novela "Matanza de Atocha, 1977: Caso abierto" la intrahistoria de una investigación en la que entra en escena el veterano comisario Gorgonio, llamado desde la imaginaria ciudad de Xidrón para investigar el asesinato de un sindicalista liberado de la Policía. En la introducción de la novela, Gallo advierte: “Todos los personajes y cuestiones ajenas a la investigación de la matanza de Atocha de 1977 son producto de mi imaginación y cualquier coincidencia con algún hecho o/y personaje real es mera casualidad”.

Gallo (León, 1962), es doctor en Filosofía, fue oficial del Ejército, jefe de la Policía Local de Astorga y de Langreo y, actualmente, es el comisario-jefe de la Policía Local de Gijón. Entre sus obras, "Asesinato de un trotskista", "Una mina llamada Infierno", "Asesinato en el Tren Negro", "La última fosa: revolución del 34. Caso Abierto" y "Oración sangrienta en Vallekas", además del ensayo "Crítica de la Razón Paranoide".

Es colaborador de LA NUEVA ESPAÑA.

–Hay una extensa investigación detrás de su novela. ¿Con qué obstáculos se encontró?

–Cuarenta y cinco años más tarde de la matanza de Atocha, uno se encuentra solo con el obstáculo del tiempo y de los testigos de primera mano ya fallecidos. Por lo demás, permite analizarlo todo con la frialdad de la distancia, sin apasionamientos que impedirían reflexionar sobre lo ocurrido y sus secuelas.

–El atentado, sostiene, fue realizado por elementos de extrema derecha poco profesionales.

–Sí, la evidencia así lo demuestra. El que a uno de los asesinos –concretamente Carlos García Juliá, de 21 años– se le escapase un tiro cuando estaba él solo en un despacho de Atocha sin que nadie le molestase ni le entorpeciera, es la prueba de que los nervios le traicionaron, de que no eran profesionales.

–Pretende ir más allá de los tres pistoleros…

–De la matanza de Atocha ha trascendido a la opinión publica el nombre y vida de los tres pistoleros que irrumpieron armados: Carlos García Juliá, Fernando Lerdo de Tejada y José Fernández Cerrá. Sin embargo, en mi novela he querido resaltar el papel de la mafia sindical representada por los dirigentes del Sindicato del Transporte y Telecomunicaciones, bajo la dirección de Francisco Albadalejo, verdadero inductor del atentado, con sus lugartenientes, Leocadio J. Caravaca y Simón F. Palacios, excombatientes de la División Azul, y que también fueron juzgados y condenados.

–¿Han salido indemnes muchos culpables?

–Estamos en un sistema democrático y garante de los derechos individuales. Eso puede provocar que queden sin castigo algunos culpables, pero es preferible a que se condene a inocentes.

–En la Brigada de Información Regional de Madrid, ¿había buenos profesionales?

–La Brigada de Información Regional de Madrid en aquellos momentos contaba con los mejores investigadores criminales al mando del comisario Francisco de Asís Prado. Investigadores que avanzarían lo que sería una policía democrática y moderna, muy alejados y distantes de la Brigada Político Social al mando del comisario Ricardo Conesa Escudero, que había heredado métodos de la Gestapo.

–¿La matanza fue un antes y un después en el desarrollo de la democracia en España?

–Efectivamente, yo creo que ya en 1979, Juan Antonio Bardem en “Siete días de enero” deja clara esa cuestión. La matanza de Atocha y en general esa semana trágica de enero con el secuestro del teniente general Villaescusa y el homicidio de los estudiantes Arturo Ruiz y María Luz Nájera es el punto de inflexión que indica que el proceso hacia la democracia no se podía permitir ni un paso atrás. Fíjese que hasta organizaciones de extrema derecha achacaron a los asesinos que esa matanza había sido un gran error porque había potenciado e impulsado la legalización de los partidos de izquierda y en concreto del Partido Comunista.

–¿Por qué eligieron a estas víctimas y no a otras?

–En realidad no iban a matar a esos abogados. Lo que buscaban era a los dirigentes de la Comisión de los Nueve, bajo el liderazgo de Joaquín Navarro, y que fue el germen de lo que serían las futuras Comisiones Obreras. Esa comisión había liderado una huelga del transporte en Madrid con un éxito impresionante, que había sobrepasado al sindicato vertical y había negociado directamente con la patronal. De ahí que buscaban a Joaquín Navarro para darle un escarmiento y era por el que preguntaban los asesinos al entrar al despacho.

–¿Está por escribir la historia del sindicalismo vertical y su cúpula impune?

–Falta bibliografía e investigaciones sobre el poder y maniobras de los sindicatos verticales durante el franquismo, ya que su comportamiento recuerda el de la mafia en los Estados Unidos o en Italia.

–Novela histórica y policiaca, ¿cómo se esposan dos géneros?

–En mi caso me muevo como pez en el agua. Todas mis novelas hasta la fecha han fomentado ese maridaje. Me entusiasma analizar esos momentos históricos que yo llamo puntos de inflexión, que marcan un antes y después de las etapas históricas, y que también son puntos en blanco, pues sabemos lo que ocurrió previamente y en lo que concluyeron, pero desconocemos lo ocurrido en ese proceso, por lo que dan lugar a múltiples especulaciones y son el material perfecto para la ficción criminal. Un ejemplo de esto a nivel mundial sería el asesinato de John F. Kennedy, de Malcom X o Martin Luther King o cualquier magnicidio que presente lagunas en su resolución.

–¿La policía franquista se supo reciclar con el PSOE?

–Al revés: el PSOE supo reciclar a la policía franquista y si me apura a las Fuerzas Armadas, lo que se consiguió con la entrada en la OTAN y los lazos constantes con ejércitos de países con gran tradición democrática. Respecto a la Policía, la Constitución y la Ley Orgánica 2/86 de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, hoy ya obsoleta, unificó cuerpos policiales y permitió dar entidad a otros cuerpos policiales no estatales, que ayudaron a dar otro carácter a la forma de entender la seguridad pública. Siempre se dijo, sobre todo con el gobierno en coalición del ayuntamiento de Madrid entre el PSOE y PCE en los primeros años de la democracia, que la izquierda había descubierto el potencial de otros cuerpos policiales. Otra cosa distinta a este planteamiento es cualquier deriva posterior, muy alejada de lo que se denomina sentido de Estado.

–¿Era compatible ser un buen investigador y ser un represor?

–La Inquisición fue una institución eminentemente represora, pero ineficaz como organización investigadora. La revolución francesa y el advenimiento del Siglo de Las Luces abrió una nueva etapa en la humanidad y en la investigación criminal, pues vino a demostrar que era una ciencia más que buscaba la verdad y debería utilizar la razón y métodos científicos "buscar la evidencia en vez de la creencia" muy alejados de la represión y de las tortura, que persiguen el miedo en la población para su total dominio, sin que les importe encontrar la verdad. Es decir, la edad moderna vino a demostrar que represión e investigación no seguían el mismo camino.

–¿De aquellos plomos llegan lodos actuales?

–Hay un dicho imputado a Mao Zedong que dice que "el hoy, apoyado en el pasado, camina hacia el futuro". El pasado, queramos o no, forma parte de nosotros mismos y nos ha forjado para bien o para mal.

–La ultraderecha de hoy tiene algo en común con la de aquellos años?

–La ultraderecha de hoy ha cambiado su retórica para seducir a la población. Antes se hablaba de las excelencias del régimen de Franco, luego de las desventajas de la democracia frente a un régimen autoritario, después se pasó a negar el Holocausto y a señalar al inmigrante como verdadero culpable de las desgracias sociales. Ahora todo eso ha cambiado, la retórica de la extrema derecha se sitúa en al critica del discurso, como dicen ellos, progre. Y les está dando resultados por la inconsistencia de este último, la falta de solución a los problemas sociales y la crisis económica.

–Extrema izquierda y derecha buscaban un golpe de estado. ¿El 23–F sirvió de vacuna?

–El 23–F sirvió para demostrar que la población española no estaba dispuesta a regresar a épocas pasadas, que quería entrar en la órbita de los países avanzados y democráticos. Lo que se materializó con la entrada en Europa y en la OTAN.

–¿Cómo se encuentra de salud la serie sobre el comisario Gorgonio?

–En plena forma. La novela "La muerte abrió la leyenda" ganó el Premio Internacional del Mediterráneo y ha sido traducida a varios idiomas. Es mi personaje más internacional. Sus relatos breves ya superan la docena publicados en diferentes medios de prensa o en libros colectivos y la novela "La Matanza de Atocha, 1977: caso abierto" está teniendo una enorme acogida entre el público.

–¿Su creciente éxito literario le podría animar a dedicarse solo a escribir y colgar la placa y la pistola?

–Esa ha sido la tesitura en la que se encontraron los compañeros Víctor del Árbol y Pere Cervantes o hace años Joseph Wambaugh en los Estados Unidos. Hay un momento que se te pide un volumen enorme de presentaciones, de asistencia a festivales literarios, conferencias en universidades y acudir a países extranjeros cuando se producen las traducciones. En esos momentos se hace necesario tomar una decisión. Unos han pedido la excedencia y otros, la segunda actividad en la policía. En mi caso continuo porque he de confesar que es una profesión con la que disfruto cada día, porque surgen cuestionen que me hacen aprender, introduciéndome en la intrahistoria de la sociedad. Es verdad que cada vez que me llega la traducción de una novela o la adaptación a guion cinematográfico, me vuelvo a plantear si no debería pedir la excedencia o la jubilación anticipada como mis compañeros. Me doy un año más de plazo y luego ya decidiré.

–¿Qué piensa del repudio a la Transición de algunas formaciones políticas?

–La Transición ni fue pacifica ni un modelo a imitar, pero eso no indica que debamos repudiarla. Se llevó a cabo con las circunstancias que se tenían entonces. Hemos de aprender de ese periodo y estudiarlo con frialdad. En aquellos momentos el debate era si era necesaria una ruptura total, como había sido el caso de Portugal en 1974 con la Revolución de los claveles. Sin embargo, considero que no se daban las condiciones para esa ruptura. Si la analizamos con la distancia de los años, no hubo ni una semana que no se diera un atentado ni un secuestro ni la sangre dejase de bañar las calles de alguna ciudad española. En aquellos momentos, tanto las organizaciones terroristas de los dos extremos políticos perseguían lo mismo: desestabilizar el proceso hacia la democracia, provocando una situación de tensión permanente a imitación del fascismo italiano, que tenía su referente en Ordine Nuovo, activo hasta 1973.

–¿Qué le sugiere la Ley de memoria histórica?

–Tiene cuestiones mejorables.

–¿Por ejemplo?

–La ley de la Memoria Histórica, Ley 52/2007, fue una ley que no tuvo la ambición ni el alcance necesario para lograr el objetivo que pretendía. La nueva Ley de la Memoria Democrática emplea demasiado esfuerzo en los sujetos colectivos (comunidades, culturas, lenguas…), en abstracciones, y poco en el individuo concreto, que al final es quien sufre verdaderamente en sus carnes la represión de toda dictadura.

–¿Gorgonio tendría mucho que investigar con alguien como el excomisario José Manuel Villarejo?

–Villarejo representa ese mundo del que se aleja toda policía democrática. Mi comisario Gorgonio es, como ha sido definido por algunos críticos, un azote de culturetas posmodernos; es decir, un comisario de ficción que además de resolver crímenes, lanza una mirada crítica sobre esta sociedad opulenta en la que nos movemos y que, satisfechas las necesidades básicas, el ciudadano medio se preocupa de banalidades. Esto hace que hayamos creado una sociedad cada vez más infantil e idiotizada a la que solo le preocupa el consumo y el postureo.

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