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Armando Pedrosa Artista plástico

"He vivido, mejor o peor, del arte, con el método de racionalizar lo que se tiene"

"Antes las relaciones eran muy importantes en el arte; ahora lo es más la propaganda y las redes sociales, y en eso no funciono"

Armando Pedrosa, en el Museo de Bellas Artes, donde ultima su próxima exposición. | | MIKI LÓPEZ

Viajero por las artes y por los países

Armando Pedrosa Valdeón (Oviedo 1941) inaugura el próximo martes la exposición "Del punto a la línea. De la línea al plano. Del plano al espacio", realizada específicamente para el Museo de Bellas Artes de Asturias.

Este artista plástico, cuarta generación de una familia de pintores, primero que se dedicó profesionalmente al arte, acabó la carrera con premio extraordinario en la Escuela de San Fernando y después decidió vivir de la pintura y con ella viajó durante muchos años y países.

Instalado en Madrid, vivió en el Londres de "The Beatles" y "The Rolling Stones" y en el Nueva York de Andy Warhol y ha recorrido mucha Europa, "una suerte que tenemos, aunque también me gustan India, Japón, Marruecos...".

Ha trabajado pintura, collage, escultura e interiorismo. Tiene obra en el Museo de Bellas Artes de Asturias, en el Municipal de Madrid, en los estadounidenses Benech de Baltimore y Contemporáneo de Cleveland y en las colecciones de Manuel March y Merrill Lynch, entre otros.

Su evolución tiene que ver con que "no pongo cortapisas a mis propias ideas. Nunca pienso si se parecerá a lo que he hecho antes, temiendo si se va a vender o no".

Está casado y mantiene mucha energía.

–Nací en 1941 en casa de mis abuelos maternos, donde vivían mis padres y mi hermana junto a un tío, dos tías mías solteras y una casada y su marido.

–Casa grande.

–Sí, un segundo piso en la calle Principado. Cuando tenía 2 años mis padres se mudaron a la calle Campomanes. Mi hermana Concepción, dos años y medio mayor, quedó con mis abuelos, pero nos veíamos cada día.

–Hable de su padre.

–Fermín Pedrosa, ovetense, era jefe de obras de la Renfe, gestor nacional de delineantes y pintor acuarelista. Él y sus hermanos habían estudiado internos en el colegio de El Escorial y sus hermanas en Lausana (Suiza).

–¿Cómo era?

–Muy buen padre y buenísimo marido. A los 87 años decía que seguía enamorado. Era buena persona y hacía bastante vida social con mi madre: viajes, teatro, cine, ópera...

–Su madre.

–Concepción Valdeón había nacido en La Habana casualmente y vino a los 3 años con sus hermanas. Mis padres eran de la misma edad y se conocieron por amigos comunes en un té dansant.

–¿Cómo era?

–Muy diplomática y elegante. Había estudiado en las ursulinas, en francés. Su padre le preguntó si quería hacer el Bachillerato; ella dijo que sí y en el instituto eran 3 chicas y lo demás chicos. Cuando acabó, mi abuelo le propuso seguir estudiando en París en casa de unos amigos y ella aceptó, pero al abuelo le dijeron que ¡qué sinvergüenza!, mandar a una hija a estudiar a París cuando podía quedarse aquí y casarse.

–¿Eran indianos?

–No, mi abuelo tenía un primo escultor haciendo obra en un edificio oficial de La Habana y fue allí, pero la mayor parte del tiempo estaba en España.

–Viajaban mucho y tenían amigos en el extranjero.

–Por parte de mi padre, también. No era frecuente.

–Había dinero para mucho.

–Mi bisabuelo era corredor de comercio y vivía en una casa palacio de la calle Jovellanos hecha por Juan Miguel de la Guardia, de la época de la del Deán Payarinos y la de Rúa, junto a la del Marqués de Santa Cruz. Mi abuelo, también corredor de comercio, estudió Derecho y se especializó en París.

–Sus primeros recuerdos.

–Muchos de la casa de mis abuelos y de Campomanes, que daba a un jardín (ahora los de La Rodriga) donde jugaba.

–¿Cuándo empezó a estudiar?

–A los 5 años en el colegio del Castillo, en la calle Magdalena, con dos señoritas hermanas –María y Margarita– y una señora mayor que daba clases de labores a chicas mayores. Era mixto, privado, pequeño y tenía un aula en una galería amplísima. Guardo un recuerdo muy especial.

–¿Por qué?

–Cuando llegué, la señorita María dijo: "a este colegio no venís a estudiar sino a aprender y os voy a decir algo que no vais a entender todavía: los estudios se hacen por conceptos. Todo en la vida es un concepto". Años después lo analicé y mi trayectoria de vida ha sido a través de conceptos. Te enseñaban hasta cómo sonarte en público. Traté a estas señoritas hasta que se fueron y las recuerdo con enorme afecto.

–Luego a los Maristas.

–En Santa Susana. Allí era más por el libro. Me fue bien, tuve algún suspenso en junio que se volvió sobresaliente en septiembre.

–¿Y eso?

–Estaba distraído. Me encantaba andar en bicicleta, correr, patinar, jugué hockey sobre patines en el Auseva. Era muy dinámico.

–¿Ideología de su familia?

–Conservadores no exacerbados. Mi madre iba a alguna novena. Mi padre me llevaba a misa a San Isidoro, donde tocaba el órgano Mario Nuevo y me gustaba. Me dieron una educación más libre que a otros. A los 13 años tenía llave de casa.

–Usted es la cuarta generación de pintores.

–Desde mi bisabuelo. Mi padre tenía el estudio al lado de casa. Pintaba al natural y a veces me llevaba con él. Los monjes agustinos de El Escorial le enseñaron la técnica del pergamino e hizo muchos, entre otros, un libro de firmas del rey Juan Carlos. Me la transmitió y yo hice uno para el Ayuntamiento de Oviedo cuando se casaron Felipe y Letizia con la partitura de la pieza que les hizo la banda de gaitas.

–¿Le gustaba pintar?

–Desde niño. Tuve una vocación clarísima desde los 14 años. Hacía dibujos para la revista de los dominicos.

–¿Qué tal en los dominicos?

–Una enseñanza diferente. Daba Literatura el padre Inciarte y me impresionó el día que llegó a clase y dijo: "Albert Camus ha muerto a 120 kilómetros por hora". No era normal un inicio así.

–¿Qué adolescente fue?

–Tuve mis crisis, como la mayoría. Quería salir de Oviedo, entonces tan cerrada, y conocer otros mundos. Sorprendía todo lo que me dejaban hacer. Mis padres tenían una libertad entre ellos –no fuera del matrimonio– nada frecuente. Viajaban juntos o separados si a mi madre le apetecía ir a Londres y a mi padre pintar en Castilla.

–¿Viajó con ellos pronto?

–A los 14 años veraneé solo en un hostal de San Juan de la Arena porque mis padres se fueron de viaje y me organicé de maravilla. A los 16 y 17 fuimos a Portugal y a Francia.

–Acabó Bachiller y...

–Empecé a prepararme para ingresar en la escuela de Bellas Artes de San Fernando con Eugenio Tamayo. Salvo yo, todos iban para ingresar en Arquitectura.

–¿Qué tal con Tamayo?

–Me apreciaba y tenía muchas charlas conmigo. Estaba resentido con aquel Oviedo porque no se sentía reconocido.

–¿Sabía qué quería ser?

–Pintor. Dibujaba y pintaba un apostolado, cosas religiosas, figuras, bodegones, no académicamente. Tamayo me dijo "ve a ver exposiciones para saber qué no tienes que hacer". Luego entendí que todo artista tiene influencias: si son buenas y el pintor tiene personalidad, las supera.

–¿Qué decían sus padres de que quisiera hacer Bellas Artes?

–Nada malo. Pensaban que sería catedrático de Dibujo.

–¿Por dónde y con quién andaba por Oviedo?

–Con amigos del colegio y de salir. Guillermo Zarracina, Ramón Rañada… Entré en contacto con los del TEU (Teatro Español Universitario), que dirigía Chus Quirós y en el que estaba Carlos Álvarez Novoa, por mi amiga Linos Fidalgo, que era la primera actriz y luego fue catedrática de Dibujo. Hice ilustraciones e invitaciones para "La lección", de Bertold Brecht, y otras obras nada acordes con lo oficial. Íbamos a la librería Gráficas Summa, de Josefina Rojo, la mujer de José María Martínez Cachero, donde tenían libros argentinos prohibidos en España.

–¿Y de vinos?

–Al Bar Cecchini, como Carlos Sierra. Linos cantaba muy bien y tocaba la guitarra Luis Fuente. Frecuenté el "Rívoli", que en el subterráneo tenía tertulias intelectuales y exposiciones. Recuerdo una de Trinidad Fernández, mujer de Rubio Camín.

–Un ambiente cultural.

–Me gustaba. Fui a la ópera con mi abuela desde niño y tuve la gran suerte de ver en Oviedo a Renata Tebaldi, Margherita Carosio, Mario del Monaco, Giuseppe di Stefano, Franco Corelli, primerísimas figuras internacionales.

–San Fernando tenía un ingreso como una oposición.

–Aprobamos 22 de 500. Tamayo me dijo: "Todavía no estás preparado, pero vete para que no tengas ningún susto". Entrar en aquel caserón inmenso daba miedo. Entré a la segunda.

–Llegó a Madrid con 18 años.

–Mi padre me dejó en un hostal de la calle de la Cruz. Al principio fue un choque, pero luego de maravilla. Algunos profesores solo se paseaban entre caballetes. Se aprendía mucho de los compañeros. Otros daban lecciones intelectuales y de cocina de la pintura. Roca explicaba cómo debía de hacerse un dibujo y cómo se hacía. Le dieron la cátedra a otro y el alumnado puso la voz en el cielo. El ambiente entre los compañeros era muy bueno y libre. En la escuela se hacía todo clásico: retrato, bodegón, paisaje, desnudo, escultura... Me adapté a eso.

–¿Cómo era Madrid en 1959?

–Una ciudad más grande con teatro, salas de fiestas y salidas con amigos al «Café Gijón» y al «Teide», pero nunca dejé de estar a las 9 de la mañana en la primera clase.

–¿Tenía dinero?

–Siempre me organicé bien, sacaba becas, pintaba y vendía. La primera persona que me compró en Madrid fue Jesús Ussía, me recomendó ir a «Vicky House» y vendí allí. Lo que hacía no era convencional, figuras, dibujo, pinté sobre cristal. Me bandeé bien. En los últimos veranos de la carrera iba a Londres.

–¿Por qué Londres? Los artistas iban a París...

–París era una maravilla de ciudad, pero Londres era más moderna: había movimientos jóvenes como el «flower people», era el mundo de «The Beatles» y de los «Rolling».

–¿Con quién fue a Londres?

–Con Ángel García Moreno, de Mieres, luego un director de teatro importantísimo. Un chico del hostal de Madrid me había hablado de una residencia de estudiantes. Cogí una maleta, el tren a París, de ahí a Calais, Dover y en día medio bajamos en Victoria Station.

–¿Qué le impactó?

–La libertad, la modernidad, la actualidad, la moda, Covent Garden, Carnaby Street y la extravagancia, en la que los ingleses son los mejores.

–¿Se hizo extravagante?

–Si tenía algo, lo desarrollé. Iba a los pubs de Chelsea al aire libre donde la gente estaba descalza y había hippies. No volví hippy, pero sí con la mente más amplia y el pelo largo. Disfrutaba con ese mundo y el de mis amigos ingleses de todo tipo.

–¿Probó drogas?

–Me gustaba algo el alcohol y si con dos copas me sentía bien no me iba a meter LSD y cosas que no sabía qué efecto me harían. Para pintar no puedo tomar nada. Si estuviera contento con 3 copas haría algo más entretenido que pintar.

–¿Y su vida sentimental?

–En Londres tenía una novia, que murió hace poco, Maria Gottardo, italiana, regenta de varias casas de apartamentos. Años después viví en la misma casa que ella, pero como inquilino.

–Después de Londres ¿qué le pareció la España de Franco?

–Había la diferencia entre un reino con democracia y una dictadura. Tuve amigos que lo pasaron muy mal, pero yo no tuve ningún problema y siempre fui libre.

–Tras 5 años en Madrid...

–La mili. Había aprobado para ser alférez, pero renuncié a la milicia universitaria para no perderme Londres. Me vi de soldado raso en Santa Cruz de Tenerife.

–¿Qué tal su mili?

–Me organicé y en cuanto acabé la instrucción fui a la residencia de oficiales para decorar y viví en ella todo el tiempo. Me dejaban un estudio y fui telefonista en recepción.

–Acaba en 1969.

–Me contrataron en el Instituto Masculino de Oviedo. El catedrático era Paulino Vicente. Le dije que no iba a ir por el libro y hacer copiar láminas a los chavales y contestó que hiciera lo que creyera conveniente. Fue extraordinario conmigo. Les pedí a los alumnos dibujos creativos y les hablaba de cómo hacer un dibujo. Estuve dos cursos: uno en Oviedo y otro en Avilés con chicas.

–¿Y su vida en Oviedo?

–Ovetense: madrugaba, trabajaba y alternaba con los amigos de antes. Cuando decidí que dejaría las clases porque quería irme a Madrid a vivir de la pintura mi madre me dijo «piénsatelo bien. Ser un pintor no es fácil».

–¿Tenía razón?

–Siempre he vivido de lo que hago como pintor y escultor, mejor o peor. La mayoría de mis compañeros de escuela fueron catedráticos o profesores.

–¿Cómo se vive así?

–Racionalizando lo que se tiene, lo que se debe de gastar y lo que no. Es un método.

–Llegó a Madrid en 1972.

–Y en 1973 hago mi primera exposición individual en la Galería Internacional del arquitecto Fernando Cavestany. Vendí mucho. Después estuve en la Van Gestel de Marbella y en Tassili, de Oviedo.

–Y fue a Londres para estudiar en la Tate Gallery.

–Hasta 1975, en parte becado, en parte por mi cuenta. Tenía de maestro al pintor y escenógrafo Anthony Stubbing. Tenía casa en Londres y en Nueva York, con su mujer, alemana. Era un tipo extraordinario entusiasmado por la guitarra, el flamenco, el arte y la forma de vida española. Me dejaba su casa de tres pisos y sótano cuando estaba fuera, pero prefería mi apartamento en Fulham Road e iba allí solo a trabajar. Como hacía cosas espaciales me dijo que podría ser escenógrafo y me enseñó muchas cosas. Siempre me interesó la luminotecnia y he hecho muchas maquetas de escenografía que Javier Barón me aconseja exponer.

–Al regresar Fernando Vijande y Gloria Kirby le hicieron un contrato fijo en la galería Vandrés de Madrid.

–Trajeron gente importantísima como Allan Kaprow, inventor del performance, y yo hice uno que se llamaba «Confort Zones». Él estaba alejado de mí y nos íbamos acercando hasta donde uno ya no quería seguir. Las distancias psicológicas existen y son individuales. Trajeron a Charlotte Moorman, que me invitó al festival Avant Garde de Nueva York.

–¿Cómo era su contrato?

–Me dio cuanto pedí: dinero, apartamento, estudio y hacer la obra que quisiera que, a cambio, pasaba a ser suya. Así estuve 3 o 5 años. Un día zanjó todos los contratos con los artistas y quedé en suspenso. Mi padre me dijo: «Cuando se cierran las puertas pequeñas se abren las grandes». Elegí la más grande: Nueva York.

–Un loft en la calle 21 entre Broadway y Park Avenue.

–Tuve suerte: me compró algún museo y colecciones privadas.

–¿Cuánto importan las relaciones sociales en el éxito?

–Mucho. Si voy a una ciudad y no conozco a nadie, lo busco. Entonces conocía a Pierre Levai director general de la Marlborough y más gente importante. Ahora importa más la propaganda y el dinamismo en las redes sociales y en eso no funciono.

–Entre idas y venidas rondó Nueva York hasta 1979.

–Y me instalé en Madrid. Seguí como viajero y artista, pero menos. Siempre pienso en la suerte de haber nacido en España.

–¿Por qué?

 –Por todas las invasiones que ha tenido desde siglos en las familias de todos los niveles han aprendido muchas cosas que pasan a los hijos y nietos. Es un aprendizaje alucinante. Los españoles tenemos mucha inteligencia y muy versátil. Tenemos otros problemas.

–¿Cuáles?

 –Somos destructivos y tenemos tanto arte y patrimonio que no se le da suficiente importancia.

–Su vida personal.

–Estoy casado. Llevo con María Nuño Moro treinta y tantos años. Es superculta, lectora empedernida y con una cabeza que no quiere que lo malo le influya en la vida. Ya también soy positivo, vivencial y dinámico a mi edad. No tengo en mi diccionario la palabra «aburrimiento» porque no tengo tiempo para ese término. Somos estudiantes hasta el fin.

–¿Qué tal cree que le ha tratado la vida hasta ahora?

–Me ha tratado bien y yo no me maltrato tanto. Me gusta vivir. Lo que he vivido es inevitable y me gusta porque no he estado metido en una urna de cristal.

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