Entrevista | Dionisio Fernández Díaz Langreano emigrante, militante comunista y más de dos décadas en el Parlamento Europeo

"He defendido siempre el diálogo y la concordia"

"Nos echaron de una empresa belga por ir a una manifestación cuando ejecutaron a Julián Grimau"

Dionisio Fernández Díaz

Dionisio Fernández Díaz / M. B.

Mario Bango

Mario Bango

Dionisio Fernández Díaz (20 septiembre de 1943, Sama de Langreo) emigró muy joven a Bruselas y allí hizo toda su carrera vinculada al Partido Comunista. Trabajó 21 años en el Parlamento Europeo (PE) en el grupo de Izquierda Unida y fue un personaje muy conocido en la institución por su bonhomía, cordialidad y ausencia de sectarismo y porque animaba todas las fiestas como buen tenor. Es un gran embajador de Asturias. Hoy vive jubilado en Lanzarote, pero vuelve por períodos cortos a Bélgica y a su querida Asturias.

La familia: Nací en Sama. Mis padres y mis abuelos habían tenido una infancia y una vida difícil y sufrieron la Revolución del 34 y la Guerra Civil. Éramos tres hermanos, yo el último. El mayor, Esteban, que había nacido el 36, murió en 1956 cuando cumplía el servicio militar en Oviedo, siendo yo adolescente. Fue terrible. Una meningitis fulgurante por la que no recibió atención ninguna. Mi padre había sido acogido por una familia de Langreo porque su madre, mi abuela, murió poco después del parto. Mi abuelo paterno, Valerio, era experto en pirotecnia y murió en un accidente en una choza en la que fabricaba los voladores. No lo conocí. Mis abuelos maternos eran de Sama, él era Paco el cajero y no porque hubiera trabajado en un banco, no. Construía ataúdes. En ellos se enterró medio Langreo.

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Cuando tenía 8 años en Sama. / LNE

El hambre: Viví los años de la fame en un hogar muy humilde. Era un crío y dos vecinas, Elisa y Joaquina, socialistas que habían conocido en persona a Pablo Iglesias, me ayudaron mucho. En aquellos tiempos en los que no había casi nada, cenaba con ellas casi a diario. Un huevo frito, entonces un privilegio, y una manzana. En Reyes me traían revoltijo, que ya era mucho. A cambio mi padre les daba el vale del carbón. Recuerdo la primera vez que vi un teléfono y que me duché. Fue en casa de una hermana de mi madre. Nosotros nos bañábamos en un balde con agua que calentaba mi madre en la cocina. 

Emigrar en los años sesenta fue una decisión arriesgada, pero salió bien

Plaza de las tres culturas: La casa familiar de Sama estaba en el entorno de lo que bauticé como la plaza de las tres culturas: la de los chorizos, por una parte; la del escabeche, con aquellas sardinas salonas, por otro, y la de las madreñes. A poco más de doscientos metros del pozo Fondón. De guaje jugaba entre las vagonetas y andaba entre mineros por los bares de la zona, todos desaparecidos, donde cada uno tenía su bota de vino marcada para cuando salían del tajo. Al lado estaba también la Brigada de Salvamento, así que cada vez que sonaba la alarma nos poníamos a temblar: algún caído en la mina.

Hermanos: Tuve mucha relación siempre con mi hermano Paco el de la Belter, que murió el 30 de septiembre del 18. Era 22 meses mayor que yo. Muy querido en Sama. Estuvo toda la vida de encargado de una librería. Cuando tiraron las casas en las que estaba la librería, la Corporación aprobó por unanimidad que la plaza a la que dio lugar el derribo llevara su nombre. Siempre me decía que había que ser buena persona y punto. Eso me recuerda una frase de Julio Anguita que "no hay mejor predicador que fray ejemplo" y Paco era extraordinario en eso, pero le quedaron poco más de 400 euros de pensión por lo que lo ayudé hasta el final. 

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Dionisio y su mujer, Solange Voiry, belga combativa y comprometida. / LNE

La Guerra y sus consecuencias: Éramos de izquierdas. Los padres adoptivos fueron una bendición para mi padre, pero tras la guerra, Miranda, que así se llamaba el paisano, se suicidó por la presión del régimen para que denunciara a dos hijos naturales suyos fugaos. No pudo resistir el maltrato y las torturas. ¡Cómo no voy a defender la memoria histórica! Mi padre tuvo una condena de muerte porque había formado parte del batallón Máximo Gorki y participó en la defensa de Bilbao, pero mi abuelo materno consiguió que se la conmutaran. Empezó en las minas de montaña a los 13 años. Fue minero y siderúrgico. A un hermano suyo que se había fugado al monte después de la Guerra lo mataron por la delación de un vecino. Mi madre siempre decía que desde la Revolución del 34 todo había sido guerra para ella.

Estudios: Fui a la escuela en Sama y al Instituto hasta 5.º. Entonces era una sección delegada del Alfonso II de Oviedo. También me matriculé en Maestría Industrial en La Felguera. En el Instituto aprendí algo de francés, que me vino muy bien cuando llegué a Bruselas. Siempre me gustó cantar y ya de chaval me enrolé en el Coro Santiaguín. Era el más joven. En Bruselas seguí un par de cursos de canto. Y estudiando en nocturno me licencié en Economía Política y Social por la Universidad de Lovaina.   

La emigración: Vine a Bélgica cuando todavía no había cumplido los 20 años, en marzo del 63. Un viaje largo y pesado con mi amigo asturiano, ya fallecido, Agustín Marina Pérez, que regresó a España en los 70 y fue alcalde socialista de Castelldefels y vicepresidente de la Corporación Metropolitana de Barcelona. No sé cuánto tardamos en una de aquellas furgonetas que comunicaban Asturias con Bruselas. Llegamos y el primer sitio en el que pusimos pie fue en el Chanca, un bar de asturianos que había abierto el año anterior y al que todavía voy alguna vez. Unos compañeros de Langreo, un pueblo en el que mamamos desde siempre la solidaridad, nos acogieron en su casa. No había camas para todos y ellos durmieron en el suelo. Emigrar fue una decisión arriesgada que salió bien. En Asturias no veíamos salida y nos fuimos a ver si en Bruselas avanzábamos algo.

Trabajo y despido: Enseguida encontramos trabajo. Una empresa que fabricaba cocinas de gas por el norte de Bruselas, en la zona flamenca. Una labor muy penosa. Tanto que el encargado vino un día a preguntar si sabía manejar un torno y dije que sí, porque alguno había visto en Maestría, pero no tenía ni idea. El primer día no hice más que desperfectos. Yo ya militaba en el PCE y cuando ejecutaron a Julián Grimau vinieron mis compañeros españoles de la misma empresa a pedirme que le dijera al encargado que íbamos a una manifestación contra la pena de muerte y que ese día no trabajábamos. La respuesta fue contundente: nos despidieron a todos.

Otras ocupaciones: Estuve dos años en una tienda de tapices, Vanderborght, de la alta sociedad bruselense, una firma muy conocida. Allí empaquetaba y realizaba otras labores. Vinieron un día el príncipe Rainiero de Mónaco y Grace Kelly. Sobre todo me acuerdo del gran Jacques Brel que ya era una celebridad. Vivía en París y encargó un tapiz de tonos verde oscuro que me ayudó a descargar de la estantería. Y además me dio una propina de 100 francos belgas de entonces.

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Con José Saramago, con quien se inició la amistad al cantar «Ay, Carmela» / LNE

El espía soviético: De la tienda pasé a una agencia de viajes, Belgatourist, que en realidad era del PC y teníamos mucha relación con los rusos. Yo preparaba los viajes del Bolshoi y del Coro del Ejército Ruso y trabé amistad con el director de Aeroflot que tenía su oficina muy cerca. Me llevó alguna vez a la Embajada de Rusia en Bélgica. Un día el jefe de la agencia viene con el diario belga "Le Soir" y en primera página estaba la foto de nuestro amigo detenido como responsable del espionaje ruso. Era del temido KGB. La Policía me llamo a declarar, pero mi amistad con él era por motivos personales.

La progresión sindical: Me enrolé en el PC, pero siempre tuve muy buena relación con los socialistas y otras fuerzas de la izquierda. Mi hermano Paco contaba que él y su amigo Julio Ordóñez repartían una semana la propaganda del PSOE y a la siguiente del PCE, con independencia de su militancia. En Bruselas pasé de la agencia al sindicato socialista FGTB para encargarme de los temas de la emigración. Allí conocí y traté a mucha gente con la que luego constituimos el Centro Asturiano, que presidí en una época. Ya tenía un buen status porque me había casado con una belga y poseía un permiso de residencia ilimitado, pero tenía que ayudar a los demás con sus trámites para trabajar y vivir en el país.

Isabel Allende: Tras el golpe de Estado del 11 de septiembre del 73 contra Salvador Allende ayudamos mucho a los chilenos que tuvieron que exiliarse. Vino a vernos al año siguiente para agradecerlo Isabel Allende Bussi, su hija, que sigue activa en la política en Chile. Una persona extraordinaria.

Dionisio Fernández, en la actualidad, en la localidad belga de Tubize. |

Con Fernando Morán en el Parlamento Europeo / LNE

Club García Lorca y masones: Después de la Guerra, exiliados españoles en Bruselas habían constituido el Club García Lorca, que llegué a presidir, para aglutinar a los antifranquistas. Allí conocí a grandes personajes y me integré a fondo. Bélgica es uno de los grandes centros de la masonería de Europa. Nunca me inicié como masón, pero tuve muy buena relación con muchos de ellos y eso me abrió puertas. Eran influyentes y más discretos que secretos.

Asociaciones: Tuve una vida política y social muy rica e intensa. Además de mis trabajos en sindicatos (fui primer responsable de la oficina de CC OO en Bruselas) y Parlamento, formé parte de muchas asociaciones. Fui fundador de la Peña Arte y Cultura de Andalucía; miembro del Comité Central de la Liga Belga de Derechos Humanos, donde conocí gente excepcional; miembro de Consejo de Administración del Movimiento contra el Racismo y la Xenofobia en Bélgica; miembro fundador de las Amistades Democráticas Belgo-Españolas; consejero para Asistencia Moral Laica a los inmigrantes; animador sociocultural en la Federación de Amigos de la Moral Laica; miembro del Comité Económico y Social de la UE. Puse en marcha el grupo de Langreanos por el mundo. Sigo como militante del PCE y de IU.

Centro Asturiano: Puse en marcha con otros compañeros el Centro Asturiano para aglutinar a la diáspora. Nos ayudó Rafael Fernández, que era presidente del Consejo de Comunidades, y Pedro de Silva, que decía que éramos un municipio. Llegamos a constatar unos 14.000 asturianos en Bélgica. Con Tini Areces tuvimos mucha relación, pero su intento de crear la Casa de Asturias con la compra de un edificio en Bruselas no cuajó.

Santiago Carrillo y Horacio: Fui cercano a Carrillo. Con él conocí a Enrico Berlinguer, el italiano con el que compartía las ideas del eurocomunismo. Participé en la I Conferencia de los partidos comunistas de Europa occidental y fui testigo de la tensión entre Carrillo y el secretario del Partido Comunista de Francia, George Marchais. En esa reunión, en Bruselas, Carrillo me pidió evitar la cena oficial con sus colegas. Como buen asturiano, me preguntó si, a cambio, era posible ir a probar unos callos en alguno de los restaurantes de la región. Le organicé la cena y al llegar el dueño me preguntó si aquel era Carrillo y le dije que no, pero que se parecía mucho. Luego, cuando estuvo encarcelado en Carabanchel fuimos desde aquí a apoyarlo. Al salir estuve en su casa con Carmen, su mujer, y su hijo. Allí me dio una carta para Horacio Fernández Inguanzo puesto que yo volvía de Madrid a Asturias. La tengo manuscrita por él. Participé en el reencuentro, emocionante, después de muchos años sin verse, entre Carrillo y Francisco (Curro) López Real. Habían militado en las Juventudes Socialistas. Curro era responsable de la Confederación de Sindicatos Libres y un referente socialista en Bruselas. Él me presentó a Felipe González antes de Suresnes. El padre de Carrillo, Wenceslao, está enterrado en Charleroi. Tuvieron sus diferencias políticas. Al final se reconciliaron.

Parlamento Europeo: Cuando España ingresa en 1986 en la Comunidad Económica Europea pasé a ser asesor del grupo comunista del Parlamento Europeo. Hasta la jubilación en 2008. Fueron años extraordinarios, siempre con la divisa de la concordia y del acuerdo. Tengo una foto con dos de los presidentes españoles, el socialista Enrique Barón y el popular, fallecido por desgracia, José María Gil-Robles, hijo del dirigente de la CEDA. Tuve muy buena relación con todos los grupos excepto con la extrema derecha.

Tertulias: En Estrasburgo, donde se celebra un pleno una vez al mes, montamos una tertulia de funcionarios, asistentes y los eurodiputados que quisieran venir sin establecer jerarquías ni distinciones ideológicas. Éramos todos iguales y cada uno aportaba algo para cenar. Eran los jueves en los que a veces se celebraba un pleno nocturno. Mucho debíamos alborotar porque en una ocasión el presidente de turno, el italiano Renzo Imbeni, que había sido alcalde de Bolonia y con el que tenía mucha amistad, me reprochó con cariño al día siguiente que me habían oído cantar durante el pleno: "Eres el Pavarotti del Parlamento". Al menos despertaría a los pocos diputados que iban a esa sesión.

Camino de Santiago: Siempre tuve muy buena relación con diputados y asesores de otros grupos. Al que fuera presidente de la Xunta por el PP, Xerardo Fernández Albor, le prestaba que cenáramos juntos en Estrasburgo y echar unos cantares en un restaurante en el que había dos músicos portugueses que nos acompañaban. Cuando constituyó un grupo informal sobre el Camino de Santiago me nombró secretario, aunque casi todos eran del PP y yo nunca hice el camino. Carmen Fraga, la hija de Manuel Fraga, nos llevaba en su coche de Bruselas a Estrasburgo. Don Manuel le recriminó con un "vaya amigos que tienes" a lo que ella, que tenía genio, respondió que éramos "muy buena gente". He tenido amistad con Marcelino Oreja o José Manuel García Margallo, que fueron ministros de Exteriores.

Laura González: Tuve una relación más estrecha con Laura González mientras fue eurodiputada por IU. Somos de la misma generación y nos entendimos a la primera. Era trabajadora, disciplinada, tolerante, una joya. Buena amiga de Carmen Díez de Rivera, la musa de la Transición que Suárez promovió cuando estaba en la Moncloa, aunque entonces ya era del PSOE. Murió joven y Laura fue depositaria de alguno de sus últimos deseos. Coincidieron tres avilesinos como eurodiputados: Laura, Fernando Morán, que había sido ministro de Exteriores, y Alonso Puerta. Excelentes amigos.

Asturias, patria querida: Laura me pidió que la sustituyera en una cena y me sentaron al lado de un alto representante del Gobierno de Filipinas, que había sido ministro de Exteriores. Era una cena con dignatarios europeos. Aquel filipino hablaba muy bien español y al final de la cena, después de haber soplado algo, me pidió, para sorpresa del resto, que cantáramos el "Asturias, patria querida" que conocía de su estancia en España.

Bruselas, Asturias y Lanzarote: Vivo en Lanzarote con mi mujer, Solange. Tengo una hija de mi primer matrimonio, cinco nietos y dos bisnietas. Por eso vengo un par de veces al año a Bélgica. Voy a Asturias al piso de Sama donde vivieron mis padres y mi hermano y guardo tantos recuerdos. Son mis tres anclajes. Elegimos Lanzarote porque le tengo mucho cariño a las islas desde que fui a cantar a Tenerife con el Coro Santiaguín en 1961. Llevamos una vida plácida allí, aunque seguimos en política.

Solange Voiry. Una luchadora desde su juventud, funcionaria, secretaria municipal adjunta en Tubize, vinculada a los movimientos laicos, a las asociaciones que ayudan a los emigrantes y los refugiados. Una compañera que mantiene sus compromisos e ideales, ahora secretaria de organización de IU en Lanzarote. Para mí, un ejemplo.

José Saramago: En la primera legislatura de los españoles en el PE estaba Antoni Gutiérrez Díaz que fuera secretario general del PSUC. Nos invitó a unas jornadas de la Fundación Miró a Cataluña y en los traslados me tocó al lado un portugués muy majo. Me escuchó cantar tras una cena en una bodega de cava y al volver me dijo que si podía interpretar "Ay, Carmela" él la cantaría conmigo porque le gustaba mucho. Así lo hicimos. Años después le dieron el Nobel. Era José Saramago. Nos reencontramos y se acordaba perfectamente.

Rafael Alberti: Tuve trato con Alberti. Vino al Parlamento en octubre del 90 y me pidieron que fuera su acompañante. Su segunda mujer, Mª Asunción Mateo, me pidió expresamente que no bebiera alcohol, pero él me vio probar una copa de cremant (el champán de Alsace) y reclamó lo mismo para él. Era un tipo genial.

Víctor Manuel: Trabajé un tiempo en la librería Pablo Neruda en Bruselas. No vendíamos nada. El único que nos compró unos cuantos libros, sobre todo de Ruedo Ibérico, fue Víctor Manuel en una visita. Hace poco volvimos a conectar por medio de Pipo Prendes y estuvimos con él en un concierto en Canarias. Nos vio y pidió al final que fuéramos a saludarlo para recordar los buenos tiempos.

Las ideas. He intentado luchar contra el dogmatismo, el sectarismo y la soberbia de quienes se creen poseedores de la verdad absoluta. He sido transversal, defendido el diálogo y el entendimiento poniendo por encima de todo a los ciudadanos y sobre todos a los más desprotegidos. La simplicidad es el mejor antídoto contra los egos. Quedé muy a gusto cuando pronuncié, en 2011, el pregón de las fiestas de Santiago de Sama. Mi abuelo materno había sido de los primeros directivos de esos festejos. Allí defendí a los que no salen nunca en las primeras páginas, esa gente humilde y necesaria que hace que todo funcione. Los que no reciben honores, pero son imprescindibles.

Inteligencia artificial: Leo mucho. Estoy muy preocupado con las nuevas tecnologías. Es la vuelta al maquinismo de la Primera Revolución Industrial. Volvemos a ser víctimas y con la Inteligencia Artificial lo seremos más.