15 de junio de 2010
15.06.2010
Toda una vida

El último ferreiro de mazo

Federico Manuel Cotarelo conoce a la perfección la herrería de Aguillón, aún en funcionamiento, en la cual trabajó durante más de dos décadas

15.06.2010 | 02:00

Aguillón (Taramundi)

En Casa Mancarey, de Aguillón, vive uno de los últimos ferreiros de mazo, si no el último de la comarca. Se llama Federico Manuel Cotarelo y durante años desempeñó el oficio, heredado de su padre y de su abuelo. Cuenta que tiene documentos que acreditan la existencia del mazo, al menos, desde el siglo XVII, si bien hasta los años cuarenta su familia no se hizo con la propiedad al completo. Hoy sigue funcionando gracias a la restauración del último de sus maestros.

Federico nació en una familia de ferreiros, en la aldea taramundesa de Aguillón, en 1936. La vejez de su abuelo y la enfermedad de su padre le obligaron, con 11 años, a dejar la escuela y tomar las riendas del negocio. Era el mayor de cuatro hermanos.

Por aquel entonces, del mazo de Aguillón -a orillas del río Cabreira- salían los objetos más variados. Sobre todo, herramientas de trabajo, como arados, cazos para alimentar a los cerdos y sartenes. Los Cotarelo fueron proveedores de buen número de comercios de la zona, especialmente de Vegadeo, y también de Orense. Federico no sabe explicar de dónde les viene la estrecha relación con el comercio orensano -sobre todo, ferreterías- pero el caso es que fueron numerosos sus clientes en esa provincia gallega. «Todos los sábados había un camión que venía a recoger piezas», explica Cotarelo, quien precisa que el hierro lo adquirían en Vegadeo.

Con veinte años y con su padre reincorporado al negocio, el protagonista de este relato decidió cambiar de aires y dar un giro a su vida: abandonó su mazo y su Aguillón natal para ingresar en la escuela de especialistas de aviación. Se convirtió en mecánico de aviación y tras 18 meses de formación encontró destino en la base de Torrejón de Ardoz, reparando aviones militares. Así pasó cuatro años hasta que, de nuevo, la enfermedad de su padre y también de su hermano -que ayudaba en el mazo- le hizo regresar a casa.

Cuenta Federico Cotarelo que ya no regresó a su trabajo en el ejército. «Me habían dando plaza como instructor en Guinea Ecuatorial, pero decidí no regresar y quedarme en el mazo», precisa.

Su viaje de ida y vuelta a las aguas del Cabreira le permitió dar un soplo de aire fresco al negocio. «Cuando volví a casa, mi padre y mi hermano estaban parados, apenas había trabajo». Entonces Federico Cotarelo se puso en camino, rumbo a Orense a recuperar sus viejos contactos: «Volví a casa lleno de pedidos».

Federico Cotarelo tuvo también durante años un ayudante a su cargo ya que, precisa, «en el mazo no se entiende uno solo». Cuesta trabajo comprender el oficio y las relaciones comerciales en un tiempo de malas comunicaciones por carretera, sin teléfono y otras comodidades. «Los pedidos de Orense, por ejemplo, eran casi todos por carta y, a veces, cuando venían a pagar o a recoger un pedido, pues aprovechaban para hacer otro», explica.

El oficio de ferreiro no es sencillo y hay que combatir la escasez de agua del verano que obliga en ocasiones a frenar el trabajo y el duro frío del infierno. Aún así, a Federico Cotarelo le gustaba el trabajo y pasaba horas perfeccionando sus piezas. Ahora, echando la vista atrás, recuerda cómo especiales los lunes de faena. Era el día dedicado a los navalleiros. Hacían cola a las puertas del mazo para estirar el hierro con el que luego elaborar los cuchillos. «Había un ambiente terrible, se llenaba el mazo de gente, era muy bonito», recuerda Federico.

Su segunda etapa en el mazo duró algo más de una década, once largos años en los que agotó los tiempos del ferreiro, los tiempos en los que fue una profesión única y necesaria. Poco a poco, los nuevos materiales hicieron decaer al hierro y con él a sus artesanos.

Así fue como, con 35 años, puso en marcha una empresa Construcciones metálicas Cotarelo, que hoy sigue trabajando a pleno rendimiento de la mano de uno de sus hijos. «Hacemos sobre todo esqueletos de naves», explica Federico Cotarelo, quien sigue echando una mano en lo que puede. Su primera obra fue la construcción de lo que hoy es la fábrica de La Cuchillería de Taramundi, que fue concebida inicialmente como mercado ganadero.

Aquello fue durante los años en los que Federico Cotarelo ocupó la Alcaldía taramundesa pero, a pesar de que ejerció como alcalde durante quince años, no es un tema del que quiera hablar demasiado: «Prefiero dejar la política al margen».

Cotarelo nunca olvidó el oficio de ferreiro y por eso no sólo restauró su querido mazo de Aguillón, en el que sigue haciendo pequeñas exhibiciones para sus amigos, sino que se ocupó de acondicionar y revivir el de Os Teixois -también en Taramundi-, el de Mazonovo, en Santa Eulalia de Oscos -donde hoy trabaja un joven ferreriro- y el veigueño de Meredo. «Eran mazos arruinados que puse a andar. Pero ya nadie quiere ponerse hoy a trabajar con ellos», lamenta.

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