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Luarca, la galleta que crece con el talento

Marino García, que dejó un trabajo de éxito en Fuerteventura para dirigir la empresa familiar, triunfa con una receta casera de hace 125 años

Marino García, ante una foto de gran tamaño de la panadería antigua de La Luarquesa, imagen que preside la entrada de las nuevas instalaciones, ubicadas en el polígono de Barcia-Almuña. | A. M. Serrano

Marino García, ante una foto de gran tamaño de la panadería antigua de La Luarquesa, imagen que preside la entrada de las nuevas instalaciones, ubicadas en el polígono de Barcia-Almuña. | A. M. Serrano

Confiesa el empresario luarqués Marino García que es un tipo “raro”, que se caracteriza querer superarse, trabajar y aprender. Que vive para su familia y para fabricar galletas –su modo de ganarse la vida– con toda la excelencia que puede y sabe, y sin trampas.

“Aquí hacemos ‘sota, caballo y rey’ desde hace cien años y así seguiremos”, dice sin titubear y sabiendo que ese aprecio por lo genuino y por el origen le aleja de los grandes beneficios, aunque también le acerca a la honestidad. “No soy competitivo y no me gusta engañar a la gente; tampoco no soy boticario y trabajo con ingredientes reales”, señala.

Heredero de la famosa marca de galletas La Luarquesa, la misma que triunfa en cinco países, pertenece a esa generación que quiso volver a su tierra tras un periplo por otros lugares de España. Hoy tiene 54 años. Antaño, cuando estaba en la veintena, con un buen trabajo “como tenía”, con posibilidades económicas y sociales en Fuerteventura, dejó todo atrás para ocuparse del negocio familiar, asentado en Luarca. Hoy es el accionista mayoritario de la sociedad limitada La Luarquesa y comparte propiedad con su tío tras la muerte de su padre, de nombre también Marino, como el abuelo.

Marino García pertenece además a la cuarta generación de empresarios de solera de Luarca. Representa a una familia que vio en la innovación y el riesgo el futuro. Él cuenta su historia y la de su familia con sencillez, tal vez sin creerla genuina como es, pensando que hizo “lo que tenía que hacer” en cada momento. “Siempre quise volver para dedicarme al negocio familiar; en la fábrica me lo paso además como los indios y ese es el gran secreto, que para mí todo esto es un hobby”, comenta.

El propietario de La Luarquesa señala una foto de la tienda de ultramarinos, antesala de la panadería, que abrieron sus bisabuelos.

El empresario estudio tecnología de los alimentos por la rama química en Oviedo. Pronto empezó a trabajar el laboratorios de lácteos, siempre en Asturias. El cambio llegó cuando un primo carnal de su padre, ginecólogo en Fuerteventura, le invitó a la isla. Según sus cálculos corrían los años noventa. “Llegué un domingo y el martes quería volver”, recuerda. Pero el destino quiso que allí se encontrara con el propietario de una influyente quesería. Visitó la fábrica y se dio cuenta de la necesidades de modernización que tenían: “Lo dije, que estaba todo obsoleto”.

Volvió a Asturias, pero aquel empresario no dejó de llamar para insistir en su vuelta. “Si me tenía que dar tres por el contrato, me ofreció 33”, dice. Así que el luarqués decidió probar suerte. Aficionado a los libros antiguos de lácteos y galletas (“porque explican todo y todo está inventado”), dejó su impronta en la isla. Marino García se ocupó de visitar a queseros artesanos, de mejorar un producto que hoy tiene denominación de origen. Fue autónomo tras dejar la fábrica de su primer empleador y más tarde llegó la llamada del cabildo insular. Lo contrataron como técnico en industrias lácteas y se llegó a ocuparse de la producción lechera de 88.000 cabras. En 2005 se cansó para siempre de la isla. Tras algún tiempo con viajes frecuentes de ida y vuelta a Luarca, decidió hacer “lo que soñaba”.

Foto antigua de la fábrica.

García tiene hoy patentadas varias máquinas. Muestra curiosidad e inteligencia y hace los encargos de toda su maquinaria a medida. “Es lo que garantiza que la galleta se hace como quiero”, dice. Se pesan al milímetro los ingredientes y se hace cada unidad “perfecta” con base en la receta centenaria y original. Está prohibido hacer fotos de las máquinas porque todas son únicas. El empresario pasa muchas horas observando máquinas para saber cómo funcionar y para poder aplicar la tecnología a la producción de sus galletas.

Desde su incorporación a la compañía la firma no ha dejado de crecer. Este año cumple 125 años. En la fábrica de Luarca se hacen galletas y otras delicias como mantecadas para mercados españoles, franceses, alemanes, portugueses e irlandeses. Sus productos no tiene conservantes ni colorantes porque García insiste en que no es boticario, mientras detalla que cada galleta, una vez envasada en un papel especial a prueba de todas sus teorías, se protege de la luz, del oxígeno y de la humedad. “Quiero que cuando se coma la galleta tenga el mismo sabor y textura que el día que se hizo”, subraya. Y lo consigue. Estos días celebra 125 años de éxito y trabajo con una nueva galleta llamada “1896”.

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