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Juan Miguel Fernández

Salvar un hórreo

Llegados ante la capilla de La Regalina se contempla cómo el mar Cantábrico extiende sus brazos señalándonos sus dominios. Si oyésemos su mensaje no levantaríamos urbanizaciones al lado de los acantilados, ni alargaríamos los paseos marítimos más allá de lo prudente. Un hórreo pensado solo para la foto espléndida estará siempre desubicado al borde del mar.

No sé cuántos hórreos pueden desaparecer al año de nuestro paisaje, pero supongo que serán bastantes ante la indiferencia de las administraciones. El hórreo de Cadavedo tuvo más suerte.

Solícitos y en perfecta concordia se aplicaron la Sociedad Popular La Regalina y el Ayuntamiento de Valdés, que con el final feliz salen fortalecidos ante el vecindario.

Comprobada la diligencia para atender a un edificio en ruinas, a un jardín desatendido o a un hórreo en peligro, se ha de confiar en que pronto llegará el día en que también seamos capaces de auxiliar a las personas en dificultades.

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