Opinión | Mezclilla

Carmen Gómez Ojea

Episcopio

Desvaríos de políticos y miembros de la clerecía

El señor Fabra, uno de los dueños, quizá el más amo de todos ellos, de esa extensión del franquismo llamada PP, es un hombre mediterráneo y lleno de la gracia y sal de ese mar y de todos los otros que lo conforman, por las cosas que le pasan por la cabeza y que suelta impertérrito tras sus gafas de cristales mágicos que sin duda le hacen ver un mundo de colorines, donde él es el jefe de jefes, el gran capo, que no tiene nada que ver con capón ni con capado. Sólo alguien muy pagado de sí y seguro de la ignorancia ajena se atreve a soltar que el aeropuerto ilegal que mandó edificar no es para el tráfico aéreo, sino dedicado al esparcimiento y solaz de la ciudadanía, para que paseen las personas y no para esa vulgaridad como es que en él despeguen y aterricen aviones, que impedirían el paseo de la gente e interrumpirían sus conversaciones con el ruido.

Sería muy ameno y divertido que aquí, en Asturias, al próximo presidente se le ocurriera, por ejemplo, construir una enorme, acristalada y calatraveña estación de ferrocarril para ver en enormes pantallas películas muy didácticas sobre la historia del tren; o un centro científico de astronomía, en el que el personal vestido de adivinas zíngaras, estrelleros o brujos recibiera a los visitantes para conducirlos a la sala de máquinas, donde por un modesto euro un robot les comunicase con voz «ad hoc» qué les dicen los astros respecto de los días fastos o nefastos para hacer gestiones en el banco tocantes a la maldita hipoteca o pedir una demora en la clínica de estética para el último pago de la intervención para el alargamiento del pene.

Decir y hacer cosas así de sorprendentes es una actividad que está reproduciéndose como los microorganismos, acaso porque quienes expelen oralmente o realizan desvaríos de ese rango lo sean, da lo mismo que se trate de políticos que de miembros de la clerecía, como es el caso del arzobispo de Oviedo y sus deposiciones verbales sobre las ONG, con las que manifiesta desconocimiento, falta de respeto, falso testimonio y poca caridad contra un grupo numeroso de personas, acusándolas de haraganas, indecentes y pícaras, que montan chiringuitos para vivir del cuento y de papo, aprovechándose desvergonzadamente de los millones de famélicos y despojados de todo, que sobreviven en régimen de esclavitud, a excepción, claro, de las organizaciones católicas, no debiendo ser ignaro en cuanto al hecho de que hay ONG cristianas que pueden ser católicas o de la iglesia evangélica o de gentes que van a su aire, con su Cristo vivo, muerto y resucitado a cuestas, y otras de ateos, agnósticos, gnósticos o de quienes sólo son mujeres y hombres parecidos a Habacuc, a quien de forma inesperada un ángel trasladó a la fuerza, agarrado por los pelos, hasta Babilonia, para llevarle comida al hambriento Daniel, arrojado al foso de los leones que se alimentaban a diario con dos ovejas y dos cuerpos humanos, mientras que a él no le daban ni una triste miga de pan duro y mohoso.

Y, si al excelentísimo, reverendísimo monseñor o a cualquier fiel o infiel les consta que en algunas de estas organizaciones hubo lucro, estafa, avaricia, manos metidas en la caja por parte de cooperantes ladrones y sinvergüenzas, han de dar nombres y datos en el Juzgado, pero no se lanza una insidiosa maraña de sospechas para desprestigiar a las ONG laicas o que no pertenezcan a la asamblea de la que es jerarca este hombre de Dios, que ha hecho que Jesucristo haya puesto de nuevo su grito en la tierra, salido de las gargantas de cuantos consideran que la acusación de un prelado como él constituye una extravagancia pecaminosa o que el motor de sus palabras sea el mismo que sus ojos archiepiscopales ven en quienes acusa de vivir tan ricamente a costa de los pobres y esclavos: los denarios, el dinero, el becerro de oro, por el que se traiciona, se calumnia y también se mata y hasta se muere.

Si el Arzobispo sabe algo sobre corrupción, irregularidades monetarias, tejemanejes y chanchullos en las cuentas de cualquiera de las ONG, que lo denuncie, por higiene y salud pública. Y si son sólo cositas que le pasan por la cabeza, durante la hora de los resisteros, que lo aclare. Todo el mundo tiene derecho a expresar libremente lo que quiera, de forma oral, escrita o por señas y muecas, y también el deber de responder si alguien, herido por sus palabras, le pregunta los motivos verdaderos de su ofensa. En esto, el archiepíscopo, en tanto no demuestre lo contrario, no hizo honor al significado del nombre de su cargo: no estuvo agudo ni certero ni inspeccionó con ojo de buen guardián. O que cambie su episcopio.

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