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Emilio Lledó, un helenista con media alma germánica

El lenguaje, la historia, la memoria, la ética y el logos están en el centro del pensamiento del gran filósofo español

Emilio Lledó ha buscado tras la filosofía ser "un ciudadano justo y una persona decente, de modo que no nos llegue a dar vergüenza mirarnos en nuestras palabras, en nuestra historia, en nuestras acciones". ¿Qué filosofía es ésta?

Se tiene la impresión de que si se alcanzan a clasificar las ideas se entienden mejor. Siguiendo este criterio nos preguntaremos ¿qué filosofía encarna Emilio Lledó? Lo anunciamos, sin embargo, desde el inicio: hay autores fácilmente clasificables y otros más lábiles, como nuestro autor. Estamos ante un pensamiento que trata de situarse en el interior de una semántica fluida, que está construida en el trasfondo de la historicidad de los sentidos y que pone en juego con toda su fuerza la connotación diferencial de los matices porque son las condiciones materiales de los contextos concretos los que dan el definitivo contenido a los sentidos.

En la época de formación que le toca vivir bebe de la filosofía analítica y del neopositivismo, del marxismo y del estructuralismo, del vitalismo y del existencialismo y de la fenomenología, y de la filosofía francesa que impera como moda, pero por encima de todo se alimenta de la formación germánica que va a ir adquiriendo al calor de análisis hermenéuticos (avant la lettre) y del conocimiento filológico de los autores que trabaja (Platón, Aristóteles, Epicuro, Descartes...) y del trasfondo helenista que desde la Grecia antigua nos sitúa tercamente en este proceso civilizatorio en donde andamos (tantas veces perdidos). Aparentemente se trata de un analista crítico y de un historiador de la filosofía y de la cultura, pero su actividad va mucho más allá, porque se advierten depósitos de pensamiento propio, casi imperceptibles al ser elaborados con sumo tiento, pero que, arremolinados al paso de sus obras, nos hacen advertir una estructura de ideas firmemente forjadas en el batir pulcro de sus críticas y matices.

F. Vázquez García distingue seis nódulos en la filosofía española de la segunda mitad del siglo XX: los entornos de L. E. Palacios, de Rábade-Montero, de Garrido, de Aranguren (con tres polos: religioso, científico y artístico), de Gustavo Bueno y de Sacristán. Emilio Lledó, difícil de clasificar, queda enclavado en el nódulo de Sacristán y manteniendo contextos compartidos con Muguerza y Jacobo Muñoz. Pero esta clasificación vale en todo caso por su interés sociológico; dice algo, sí, sobre circunstancias y coincidencias, pero no necesariamente sobre datos sustantivos.

Historiadores de la filosofía española como Alan Guy clasifican a Lledó como un historiador destacado de la filosofía antigua y como especialista de la filosofía del lenguaje. Ferrater Mora va más allá de esta clasificación evidente y lo interpreta como filósofo del lenguaje, pero no dentro de una preocupación metalingüística, sino estudioso de la semántica filosófica entendida como memoria histórica y como estrecha relación entre teoría (filosofía) y praxis (sociedad).

En esta línea interpretativa, Juan José Acero, uno de sus alumnos de su etapa barcelonesa, entiende a Lledó desde la Filosofía del lenguaje (en la que Acero es reputado especialista) y lo enclava en la tradición de Humboldt (para quien, recordemos, el pensamiento depende del lenguaje y no al revés, como había defendido Locke) y del relativismo lingüístico de Sapir y, sobre todo, de Whorf (quien postulará que la realidad es "un flujo caleidoscópico de impresiones que cada lengua organiza a su modo" y, en definitiva, que el pensamiento de los distintos pueblos es diferente porque lo son sus lenguas)... Esta tradición coincidiría con Lledó, es verdad, en cuanto en ella se da al lenguaje una densidad y un valor muy diferente al que se concede dentro de la teoría más estándar, que interpreta el lenguaje como un eco de las ideas de la mente.

Partiendo de su anclaje germanófilo y filológico, algunos consideran a Lledó como un seguidor de la hermenéutica y como un introductor de esta corriente en España, pero es él mismo quien matiza estas filiaciones: "Yo no soy introductor de nada, ni me parece adecuado el término, ni qué es eso de 'ser hermenéutico'. Aunque haya tenido la suerte de estar bañado en la atmósfera filosófica de Gadamer y Löwith, mi trabajo ha surgido, espero, de mis propias preocupaciones intelectuales" (véase "El texto de la vida. Debate con Emilio Lledó", con edición a cargo de J. Muñoz y Francisco José Martín). En todo caso, añadimos por nuestra parte, su hermenéutica consistiría en un uso "natural" de esa "nueva" metodología de análisis, pero no su ejercicio doctrinal o discipular. En un sentido parecido también dirá: "Nunca me sentí orteguiano, y en realidad no sé qué quiere decir eso".

Joaquín Esteban Ortega le ha estudiado con detalle en su "Emilio Lledó. Una filosofía de la memoria" (1997) y lo interpreta acertadamente en términos de una filosofía singular, destacando su pasión por un Logos cuyo dinamismo temporal construye el espacio real donde habitamos: la historia. Una historia que puede traicionarse a sí misma con la desmemoria...

Ya se ve en lo que precede por dónde van las aguas filosóficas de Lledó; sin embargo, aún no hemos puesto de relieve su personal aportación. A falta del espacio para entrar en las matizaciones que serían precisas, recurriremos, "platonizando", a la poesía, a la genérica alegoría. Si Lledó toca a Platón o a Aristóteles o a Epicuro, los convierte en oro; y si se pierde entre Homero, Heródoto, los poetas trágicos o los sofistas, nos da la impresión de estar comprendiendo bien un trozo sólido de la fluida historia. He ahí "El concepto de 'poiesis'" (1961); "La memoria del logos" (1984) y "El surco del tiempo" (1992), dedicadas a Platón; "El epicureísmo" (1984); "Memoria de la ética" (1994), dedicada a Aristóteles; "El origen del diálogo y de la Ética" (1994), que lleva por subtítulo "Una introducción al pensamiento de Platón y Aristóteles", y la Historia de la Filosofía de 2.º de Bachillerato (Santillana, 1997), que compone al lado de Granada, Villacañas y M. Cruz, y en donde, evidentemente, se encarga de la filosofía griega y helenística.

Pero Lledó es más que un espléndido intérprete de la filosofía antigua. En estos escritos más ceñidos al análisis histórico de las ideas se advierte el proyecto, con todo, de ir más allá de lo académico para tocar el verdadero fin buscado: cómo las palabras y los conceptos surgen de problemas sociales y cómo vuelven sin cesar al plano de lo práctico y concreto (vuelta que a veces clarifica el problema en el que se está y otras lo oscurece). Lledó rastrea, entonces, cómo los sentidos se vuelven materia histórica.

En ocasiones, el aplauso social sobre algún mérito evidente puede ensombrecer otros logros tan importantes (si no más) pero no tan ostensibles. Le vemos, así pues, que va escribiendo en paralelo otras obras que se salen de lo estrictamente historiográfico: múltiples artículos y libros como "Filosofía y Lenguaje" (1970), "Lenguaje e historia" (1978), "El silencio de la escritura" (1991), "Imágenes y palabras" (1998), "Elogio de la infelicidad" (2005) y "Palabra y humanidad" (2015), por ejemplo. Resulta difícil expresar el sentido adecuado de su aportación porque los materiales que remueve están culturalmente muy manidos y desgastados y banalizados: Ética, Democracia... y en su interior sus partes constitutivas, la libertad de gozo, la igualdad de derechos efectivos y la solidaridad como única vía de sociedad viable... todo esto está ya muy redicho, pero Lledó lo dice buscando expresarlo como si fuera nuevo... y ahí su teoría de la Historia, y de la historia como Lenguaje, y del lenguaje como Logos, y de la razón lógica y afectiva como preocupación por el hombre concreto, sin el cual todo lo demás es vano.

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