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Fernando Monreal

A mi esposa, que es médico de familia

Mi compañera, en la carrera de esta vida, se lo ha ganado todo a pulso. Nadie le ha regalado nada en el arduo y espinoso camino de su profesión. Una profesión que, cual bella rosa, tiene sus partes agradables, amables, emotivas, pero también sus espinas más puntiagudas, dolorosas y sangrantes. Pues bien, mi esposa es de estos seres que siempre quiso dedicarse a los demás. Siempre quiso ser médico para estar a la cabecera de los enfermos, de los más necesitados. Cuando surgió la especialidad de Medicina de Familia dijo que ella quería formar parte de ese elenco de médicos de la primera línea de batalla. De la vanguardia sanitaria. Cual caballero medieval.

Para llegar a donde ahora se encuentra ha tenido que pasar por muchos destinos, pues numerosos han sido los contratos de sustituciones que le iban ofreciendo. Algunos, de un día o unos pocos días, otros de más largo plazo de tiempo. Finalmente, tras las últimas oposiciones, consiguió la tan ansiada y añorada plaza. Por fin, tras veinte años de andanzas, tiene un cupo de pacientes propio, con lo que puede realizar una atención más directa y personalizada. En resumidas cuentas: una atención más humana, que es lo que todo médico vocacional ansía poder ofrecer a quienes solicitan sus consejos y su ayuda.

De vez en cuando, a mi esposa la oigo quejarse de los seis minutos de que dispone para dedicarlos a cada paciente, al igual que se quejan prácticamente todos los médicos de Atención Primaria, y no es para menos. Es totalmente comprensible. Este es un tema en el que las gerencias tendrían que ser especialmente sensibles, pues se trata de buscar la correcta atención a los enfermos? Seis minutos no dan ni para que el paciente se desvista y se vuelva a vestir si se pretende proceder a una exploración meticulosa que lleve a un diagnóstico. Y no digamos si son personas mayores, con la consiguiente mengua de movilidad, que hoy en día, a tenor de la pirámide demográfica, son mayoría.

Aun así, a pesar de la escasez de tiempo, conoce bien a sus pacientes, y estos comparten con ella algo más que sus problemas médicos. Sabe cómo son sus relaciones con el marido, con la esposa, con los hijos o con los nietos y bisnietos. De quien trabaja es conocedora de su mundo laboral y sus enfermedades profesionales; de quien está en el paro sabe de su desaliento en la búsqueda de un puesto de trabajo digno. Hoy en día la consulta del médico se ha convertido, también, en consultorio psicológico y confesonario, a pesar de que el minutero del reloj juega en contra?

Mi esposa está muy a gusto con el ambiente que le rodea en su centro de salud. Dice que tiene buenos compañeros (aunque siempre pendientes de los traslados), con quienes comparte penas y alegrías, amén de sesiones clínicas y otras reuniones de carácter científico. En su profesión, el estudio para actualizarse es básico y necesario. Tratan tantas enfermedades, tantas dolencias, que mantenerse al día es sumamente complejo, pero vital para el cuidado de sus enfermos (si ellos supieran los desvelos de sus médicos?). Así que, en casa dedica, cuando puede, unos buenos ratos al estudio concienzudo de los enigmas del cuerpo humano y a sus posibles remedios. Porque hay que ver cuán compleja y equilibrada mecánica es la factoría humana. Por ello digo que hace falta una buena dosis de vocación. Y por todo esto y muchas más cosas que me dejo en el tintero, a mi esposa y a tantos compañeros de vocación y profesión como ella van dirigidas estas sinceras y emocionadas líneas. Espero que usted me comprenda y perdone esta debilidad, estimado y agradecido lector.

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