Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Je te promets

Tras la muerte del cantante Johnny Hallyday y el escritor Jean d'Ormesson en la localidad de Neuilly-sur-Seine

Neuilly-sur-Seine es una localidad, en el área metropolitana de París, que cuenta en la actualidad con casi 63.000 habitantes. En ella, el cantante Johnny Hallyday, que falleció en la noche del martes 5 al miércoles 6 de diciembre, contrajo matrimonio, hace veintiún años, con la modelo Laeticia Boudou. Se dieron el "sí, quiero" en presencia del que por entonces era alcalde del lugar: Nicolas Sarközy.

Allí vinieron a este mundo celebridades como el director de orquesta Lorin Maazel, el actor Jean-Paul Belmondo, la actriz Carole Bouquet o la abogada Marine Le Pen. Y lo abandonaron, entre otros, la inigualable Bette Davis, el provocador Marcel Duchamp, los magnates Aristóteles Onassis y Liliane Bettencourt, y los magistrales Vittorio de Sica y François Truffaut.

En Neuilly-sur-Seine residió hasta el momento de su muerte, en la noche del lunes 4 al martes 5 de diciembre, a la edad de 92 años, el escritor Jean d'Ormesson, al que Emmanuel Macron ha calificado de extraordinario cultor del arte de la conversación, en el que Francia ha descollado por encima de cualquier otra nación europea: "Una fiesta del espíritu, un momento que se eleva por encima de todas las contingencias, dirigido únicamente hacia el placer de la inteligencia, sostenida en el caso de Jean por una erudición jovial y un inagotable gusto por la vida".

Tanto Macron como Valéry Giscard d'Estaing han publicado sendas columnas en el diario "Le Figaro", del que D'Ormesson fue director, y han rendido así un homenaje personal a este ilustre miembro de la Academia francesa. La de Giscard, en forma de epístola, iba firmada con el afectuoso hipocorístico "Valy".

En cierta ocasión, durante una entrevista televisiva, Jean d'O, que es como le llamaban, declaró que un escritor debe saber elegir el momento de su muerte, no sea que le suceda lo que a Jean Cocteau, que falleció unas horas después que Édith Piaf. Los medios de comunicación dieron más importancia a la desaparición de la cantante que a la del dramaturgo. Y a D'Ormesson pudo haberle ocurrido algo por el estilo al coincidir su óbito con el de la estrella del rock Johnny Hallyday.

Sin embargo, Francia ha sabido honrar al literato y al cantante. Al primero, con un acto de Estado en Les Invalides; al segundo, con una manifestación popular por las calles de París y ante La Madeleine. En ambos casos, con celebraciones religiosas de sufragio. Y sin que por ello quedase empañada la laicidad de la República.

Lo único que tenían en común D'Ormesson y Hallyday era el color azul de los ojos, pero cada uno de ellos representaba, a su manera, esa excelencia nacional de la que se sienten tan orgullosos los franceses, que salieron a darles su último adiós desde las aceras de los bulevares de la Ciudad de la Luz.

Como cabe imaginar, uno que ostenta el nombre de Jean Bruno Wladimir François-de-Paule Le Fèvre d'Ormesson no proviene de una barriada. Pertenecía a una familia de diplomáticos, financieros, parlamentarios y consejeros de Estado. Nació en París, el 16 de junio de 1925, y comenzó a escribir novelas más bien tarde, cuando había cumplido los 30 años. Fue autor de casi medio centenar de obras, que han sido publicadas ya en la prestigiosa colección La Pléiade, cosa que raramente sucede en vida del escritor.

A él se debió el que las mujeres ingresasen como miembros de número en la Academia francesa e hizo lo indecible para que Marguerite Yourcenar fuese la primera. En el discurso de recepción de la autora de "Memorias de Adriano", D'Ormesson evocó un dicho de Miguel Ángel que expresa admirablemente la idea que recorre transversalmente toda la obra d'ormessoniana: "Dios ha dado una hermana al recuerdo y se llama esperanza".

Entre creación y muerte, protología y escatología, inicio y consumación, pasado y futuro, tradición y progreso, lágrimas y fiesta, identidad y desarraigo, absurdidad y misterio, discurren parentéticamente los argumentos de sus novelas y ensayos, y, en lo recóndito de su ser, una inquietud metafísica inapagable lo abocaba permanentemente a preguntarse si Dios existiría realmente.

Se declaraba agnóstico, porque, para él, la duda era su modo de creer: "Me gustaría creer. Pero dudo a menudo. Dudo de Dios porque creo en él. Digamos que? dudo en Dios". Sin embargo se confesaba católico, apreciaba la autoridad teologal y moral de los papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, y deseaba que, en la hora de su muerte, hubiera, a su lado, un sacerdote.

En 1992, Jean d'Ormesson sostuvo un debate público con François Mitterrand, en La Sorbonne, acerca del Tratado de Maastricht. Fue seguido por millones de franceses. Desde entonces, mantuvieron entre ellos dos una relación frecuente. Y es de suponer que en alguna ocasión comentaran aquellas palabras con las que el entonces Presidente de la República respondió a un periodista que le preguntó por lo que le habría gustado que Dios, "si es que existía", le dijese al hallarse en su presencia.

Tras guardar unos instantes de silencio reflexivo, Mitterrand respondió: "En fin, tú sabes". Estas eran las palabras con las que esperaba que Dios lo recibiera en su reino. Y luego añadiese: "Bienvenido seas". Así también Jean d'Ormesson y Johnny Hallyday. Aquel que veían de modo imperfecto por medio de un espejo, cuya superficie no fue ni azogada ni plateada, ha salido ahora a su encuentro para llevarlos con él y mostrarles, ya sin velos, su faz. "Je te promets le ciel".

Compartir el artículo

stats