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La organización territorial del Principado (I)

Área metropolitana: oportunidad inexcusable

La urgente necesidad de coordinar el centro de Asturias

Falta el relato que cuente bien nuestra realidad, falta la visión compartida necesaria para unir a los asturianos bajo un proyecto común, tan ambicioso e ilusionante como urgente y necesario. Con esa energía en red, fruto de la suma de voluntades, se podría construir un área urbana regional, una gran ciudad de enorme capacidad transformadora, que garantizase el progreso y desarrollo económico necesarios para sostener un elevado bienestar social.

Necesitamos la narración catalizadora que agrupe, facilite y promueva el espacio físico, mental y, sobre todo, afectivo, capaz de constituir un sólido capital social, entendido como la habilidad de la gente para trabajar junta y para lograr propósitos comunes, basado en relaciones de confianza, fundamental para desarrollar proyectos complejos y alcanzar objetivos ambiciosos.

Keynes -en el período de entreguerras, en plena Gran Depresión, cuando le acusaban de cambiar de opinión- decía: cuando cambia lo que nos rodea yo cambio de opinión. ¿Usted qué hace?

Esta reflexión es un buen punto de partida para entender cómo debería ser nuestro relato, con verdades nacidas de firmes razones. La lógica del mundo cambia, cambia deprisa; hoy estamos ante un planeta globalizado, antes no, y eso no es cualquier cosa, supone un cambio radical, de necesaria comprensión para actuar en este nuevo orden y, por lo tanto, para navegar en la dirección correcta.

En un mundo con fronteras, con fraccionados mercados interiores nacionales, regionales, locales, la lógica es competir entre los cercanos para conseguir los mejores puestos. En un mundo global con pocas barreras y muchas conexiones, la lógica no puede ser la misma; cambian las circunstancias y las respuestas tienen que ser otras. Ahora no es eficiente competir con los cercanos, sino todo lo contrario, cooperar -y mucho-, sumar, ser más fuertes. Nuestros competidores son otros y están fuera de nuestro territorio, y los triunfadores, la liga de los ganadores, se comporta de esta manera. En teoría de juegos esto se entiende muy bien, la diferencia entre juegos de "suma cero", unos ganan y otros pierden, y juegos de "no suma cero", todos ganan, en los primeros se gana compitiendo y en los segundos se gana cooperando.

Es ya recurrente decir que estamos no tanto ante una época de cambios como en un cambio de época. ¿Vamos a seguir pensando y actuando igual?

Las áreas geográficas urbanas más eficientes y exitosas del mundo lo están entendiendo y actúan en consecuencia. ¿Seguiremos nosotros con el viejo modelo? ¿Con nostalgias de pasados que no volverán? ¿Seguiremos actuando en modo fronterizo con lo cercano cuando el mundo funciona en modo global o, mejor aún, en modo "glocal"?

Así tiene que empezar nuestro relato compartido, con la comprensión de la nueva época, con sus bruscos cambios tecnológicos y su nueva estructura social, económica y geopolítica. Y afrontarla sin miedo, con valentía, con sus incertidumbres y sus riesgos, pero también con sus oportunidades. Tenemos como sociedad suficientes recursos basados en una rica cultura que avala nuestra fortaleza para enfrentarnos a los cambios; el recuerdo de la historia solidaria y de lucha de los mineros, entre otras páginas de nuestra historia, debería ser suficientemente esperanzador e inspirador. Mantenernos en la parálisis ante los cambios es una mala utilización de la herencia cultural de nuestros precursores.

Si la narración fundacional de esa nueva gran ciudad viniera de un regreso del futuro, al estilo de la ciencia ficción, sería muy fácil, lo veríamos claro, pero nuestros esfuerzos no deben centrarse en adivinar el futuro sino en construirlo, con sentido común, con muchos argumentos y sólidos sentimientos cooperativos muy entusiastas.

Los localismos competitivos, propios de tiempos pasados, no dan respuesta a los desafíos actuales; las viejas líneas divisorias de municipios no responden a las nuevas funcionalidades. Hoy corresponde pensar global y actuar local, donde lo local tiene que ser ahora sinónimo no de rivalidad sino de proximidad, de cercanía en los afectos, de solidaridad y cooperación, de focalizar en lo que nos une y no en lo que nos separa. Este mundo globalizado tiene ventajas e inconvenientes, oportunidades e injusticias, retos y riesgos. Pero cerrar los ojos a esta realidad solo complica la respuesta a las incertidumbres del futuro. No entender sus nuevas lógicas es una desventaja sobre los que sí las comprenden y actúan conforme a las nuevas reglas de juego, desplegando, aquí sí, en este torneo de grandes ciudades, todo su potencial competitivo: fiscalidad, facilidad administrativa, financiación, investigación, formación y calidad de vida. Recurriendo a todos esos atractivos con el fin de conseguir las mayores ventajas en la carrera por los mejores resultados.

Nuestra comunidad tiene que tomar decisiones que requieren audacia y valentía, que exigen liberarse de miedos y complejos. Hemos de pedir a nuestros representantes políticos altura de miras, alcanzar acuerdos, liberarse de ataduras localistas, partidistas, de intereses cortos. En esto hemos de ser exigentes, recordar las hazañas de viejas conquistas sociales hechas a base de esfuerzo y lucha debería ayudarnos. Tenemos una deuda con nuestro pasado; aquellas manifestaciones, asambleas y encierros largos, dolorosos, reivindicativos, quizá haya que reeditarlos. Menos política frentista y más reunirse, encerrarse si fuera necesario, hasta conseguir consensos, dialogar hasta el amanecer, con incomodidades, sacrificios, con hambre. Con el firme compromiso de seguir y seguir intentándolo hasta alcanzar acuerdos. La consigna podría ser la de persuadir y ser persuasibles, hasta convencerse.

El respeto por el pasado, la cultura y las tradiciones no deben implicar nostalgia por un tiempo irrecuperable y que nos vuelve depresivos y cobardes. Por otra parte, el miedo a un futuro incierto nos vuelve ansiosos y poco resolutivos. Mejor estar en el presente con determinación, tomando decisiones con sentido común, fundamentadas en buenos razonamientos. Con esperanza, que ayuda a confiar en un futuro próspero, pero obligándonos a dialogar y a trabajar con el presente para no generar vanas ilusiones.

Sobran razones. Los efectos positivos de las economías de escala, los fondos europeos que se destinarán de forma mayoritaria a la consolidación de áreas urbanas de más de 500.000 habitantes, la atracción y mantenimiento del talento, las ventajas de la especialización, la fuerza de las economías de aglomeración, el potencial crecimiento del PIB -según Regiolab, la formación del AMA aportaría un considerable incremento al PIB regional-, la facilidad de prestar más y mejores servicios a menor coste, la atracción de más inversiones y mejores proyectos empresariales, la ampliación de los mercados locales al ganar población y al haber más empleo y de mayor calidad, la mejor utilización de los recursos y las infraestructuras por el efecto de la coordinación, la mayor percepción de calidad de vida, mejor autoestima por la pertenencia a una comunidad fuerte y avanzada... Son solo algunos de los muchos argumentos y razones en favor de un área urbana funcional de las características de nuestra metrópoli asturiana.

Las razones para justificar las funcionalidades y especializaciones de un territorio coordinado y eficaz deben estar basadas más en el mérito que en privilegios antiguos pobremente ejercidos. Para ejercer la capitalidad, mejor serlo de hecho que de derecho, más aparentarlo que mostrarlo en un título: con más y mejor Universidad, más y mejor Hospital, más y mejor desarrollo de espacios de oportunidad, más y mejores empresas innovadoras, más y mejores actos culturales, gastronómicos, turísticos, deportivos, comerciales y, sobre todo, muy importante -por ser característica común a los espacios urbanos más desarrollados y prósperos- disponer de adecuados instrumentos financieros -los tuvimos pero incomprensiblemente, sin haber recibido ninguna explicación, los hemos perdido- que sean cercanos a los intereses de la comunidad, que canalicen ahorro e inversión locales apartados de los extractivos intereses del mundo de las altas finanzas.

Y lo mismo para las distintas partes del territorio que quieran especializarse en actividades y usos específicos, más ejercer, más ser lo que se quiere ser por la fuerza de los hechos que por la de los derechos y las reivindicaciones vacías de contenido y mérito. Teniendo muy presente que el territorio es un bien escaso que hay que administrar con prudencia y sentido práctico, con preferencia por las formas compactas sobre las extensivas y con el respeto por el medio ambiente siempre en el foco de atención.

El nuevo paradigma es la conectividad, las naciones se organizan en torno a fronteras, diferencias e identidades. Las ciudades-fuerza del nuevo mundo se regulan por las conexiones físicas -aeropuertos, puertos, autopistas- y, sobre todo, por las digitales. Y dentro de ese paradigma de la conectividad, la ciudad se convertirá en el sistema político, social y económico más relevante y poderoso, con un protagonismo en ascenso. Decía recientemente Bonet, presidente de Cámara España, que en 50 años el mundo será de las ciudades, y probablemente se equivoque, porque será antes. Hay que participar en esa liga de grandes ciudades en la que se jugarán los partidos más emocionantes e interesantes del futuro geopolítico.

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