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Disfrazarse todo el año

La gente gusta de disfrazarse y aparentar lo que no es. Aunque sea fugazmente. El fenómeno, con diversas variantes, se manifiesta en todas las épocas y culturas y, dándolo por sabido, no conviene extenderse demasiado en explicarlo. Pero lo más novedoso de la festividad que hemos dado en llamar Carnaval es que habiendo superado los días reservados en el calendario a su celebración (normalmente de un jueves a un miércoles que en el ámbito cristiano se llama "de ceniza") el gusto por disfrazarse se haya extendido al resto del año. En unos lugares so pretexto de recrear los combates entre moros y cristianos, en otros para conmemorar las invasiones de los vikingos, la llegada a las costas americanas de Cristóbal Colón, la resistencia de los guerrilleros españoles contra las tropas napoleónicas, la toma de la Bastilla por los revolucionarios franceses, el desembarco de Normandía por un ejercito aliado y cualquier otro acontecimiento que de pie a vestirse como en el tiempo histórico a evocar. En Corme, que es el pueblo donde nació de mi padre, les ha dado por celebrar el fin de año en septiembre y otro Carnaval (el Carnaval de verano) a últimos de agosto. El caso es divertirse y pasarlo bien.

Durante la larga dictadura del general Franco, los carnavales a cara tapada estuvieron prohibidos so pretexto de que elementos subversivos, siempre al acecho, pudieran aprovechar la coyuntura para enturbiar el pacífico desarrollo de la vida. La prohibición de los carnavales en la España franquista data de 3 de febrero de 1937 en plena guerra civil y fue reiterada por Serrano Suñer (el "cuñadísimo") por una nueva Orden de 12 de enero de 1940 ya al final de la contienda. Y duró en régimen de tolerancia hasta finales de la década de los 70. Todavía el 5 de febrero de 1978 (el año en que se aprueba la Constitución) es posible encontrar en el diario "El País" este titular: " La fiesta de Carnaval recupera lentamente sus raíces populares". ¡Y tanto!

Los que conocimos aquellos carnavales pobretones de los años 50, 60 y 70 sabemos que la tolerancia de la dictadura fue muy estrecha. Se permitían bailes de disfraces en sociedades recreativas y casinos previa identificación del personal que, como puede fácilmente suponerse, era toda gente de orden. En la calle en cambio solo se autorizaban escuetos disfraces caseros y todo lo más se permitía desfigurar levemente el rostro con unos bigotes, unas barbas postizas y una peluca parecida a la que usó Santiago Carrillo para hacerse notar y que lo detuviera con más facilidad la policía de Martín Villa, un personaje del franquismo que luego acabó haciendo tertulia en una conocida cadena de radio.

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