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En casa con Selva y Mikel, diario de un aislamiento en familia

Myriam Mancisidor

El reloj interno

Otro madrugón. El reloj interno de mis hijos sigue sonando a la misma hora, cuando todavía no son las ocho.

A diferencia de cualquier otro día, esta semana hemos cambiado el "venga vamos" y el "date prisa" por un "desayunad con calma, tranquilos". También hemos conseguido establecer ciertas rutinas. De nueve y media a once, más o menos, hacemos las tareas del cole. Selva hoy dibujó un inuit, pintó un caribú y caminó un buen rato por el pasillo imitando a un pingüino. A mí me tocó hacer de foca? En el cole están trabajando cosas de los polos. Mikel entretanto explotó la terraza a carreras y dio buena cuenta del parque móvil: un poco la moto, un poco la bici, un poco el patinete? La conclusión fue más de media hora en posición "pinza", recoge aquí, recoge allí. Definitivamente a Mikel la cuarentena le anima a la travesura (sin que nadie le descubra). De esta forma llegamos a mediodía casi sin aliento. Así que sí, les dejamos los dibujos: uno con la tableta, otro con el móvil, sin discusiones de hermanos, relajados. ¡Qué momentazo!

La calma duró poco. No queremos niños zombies digitales, tampoco en cuarentena. Así que por obra y gracia la cocina se transformó en una especie de pesadilla de Chicote, todo por el empeño de pedirles ayuda para cocinar unos chichos negros con arroz. Comer, comimos, pero fregar también fregamos.

Mikel debutó luego con la siesta en cama. Y es que hemos pensado que este es un buen momento para sacarle de la cuna y, si la operación es exitosa, quitarle el pañal. Ya veremos? Selva quiso, mientras, disfrazarse de fontanera. No entiendo por qué, pero se plantó un casco amarillo y con una llave inglesa de juguete apretó todos los grifos de la casa.

A media tarde y después de la merienda, el calendario señalaba juego libre. Pero su juego nos incluye a Vicen y a mí por mucho que tengamos que teletrabajar. Llegó así el momento de jugar a la gallinita ciega, una y otra vez. El esfuerzo del día tuvo una pequeña recompensa: "Mamá, lo estoy pasando tan bien que no me importa no salir de casa". Sentí pena. Me emocioné.

La noche se acercó y a las ocho volvimos a la ventana desde la que vemos un par de negocios cerrados. Selva quería cantar el "Resistiré" que había escuchado el día antes, pero a última hora cambió de palo, cogió una cacerola y un tenedor y metió todo el ruido que le dejamos. ¿Por quién? "Por todos los niños que están en sus casas", precisó Selva. Tiene toda la razón. Son unos valientes. Y apuntó: "Bueno, y por los papás de todos que mañana (por hoy) celebran el día del padre". Dicho está.

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