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Fernando Monreal

En recuerdo de Alfredo Enguix

En el aniversario del fallecimiento del pintor

Me encuentro leyendo un precioso libro del catedrático de Historia Medieval, José Luis Corral; concretamente, “El número de Dios”. Estoy sentado en el sofá de mi salón, rodeado de varios cientos de libros, todos ellos narrados por escritores con los que establezco una relación especial una vez que deslizo uno de sus ejemplares desde los anaqueles a mis manos.

Ensimismado en el sugerente libro levanto la mirada, en un amago de realizar una reflexión más profunda sobre lo que estoy leyendo, cuando mis ojos se fijan en un óleo alargado que se encuentra colgado en la blanca pared que tengo enfrente. En el lienzo se halla representada, en primer plano, la esbelta cabeza de un caballo blanco. En la zona superior del cuadro, una imagen del mismo caballo, pero esta vez a la carrera, remarcando una delicada silueta.

Y la mirada sobre el cuadro me lleva a pensar en su autor, del que va a hacer ya dos años que nos dejó físicamente. Cómo no, me estoy refiriendo a nuestro querido y añorado Alfredo Enguix, “el pintor de los caballos”. Por algo era, desde 2008, el único pintor español miembro de la American Academy of Equine Art.

Muchos fueron sus logros profesionales. Muchas las personas ilustres, o digámoslo, conocidas, que posaron para que Alfredo Enguix sacara lo mejor de ellas en sus retratos; entre todas esas personas, algunos miembros de nuestra Casa Real. Muchas, también, las horas que dedicó a los toros, los burros y…, los caballos, su gran pasión artística. Les extraía el alma como nadie; les daba vida. Velázquez, el pintor de Felipe IV aconsejó a Bartolomé Esteban Murillo, su amigo y sevillano al igual que él, pintar el aire. Se lo aconsejaba porque era la manera de desmarcarse del resto de pintores. Pues bien, cuando de caballos, burros o toros se trataba, Alfredo no andaba a la zaga extrayendo el ánima de los animales, lo que le hacía destacar como artista.

Asturiano de adopción desde 1957 (nació en Madrid), Alfredo acudió a estas tierras para comenzar a trabajar en una empresa de publicidad. A partir de aquí toda una vida entre pinturas, lienzos y pinceles. Él se consideraba dichoso por haber podido vivir de la pintura, su profesión y pasión. Esta misma pasión que es la que compartía con la que profesaba a su querida y encantadora esposa y a sus tres hijos.

Se fue de este mundo un sábado 24 de noviembre de 2018, tres días antes de que lo hiciera mi progenitor, así que, en menos de una semana me quedé huérfano de amigo y, posteriormente de padre.

Enguix, como era muy dado a la grata conversación, en alguna ocasión compartió conmigo el enorme cariño que en México le habían dispensado –en aquéllas tierras había realizado cuatro exposiciones individuales–. A él le hubiera gustado volver, pero las fuerzas físicas ya le fallaban y no seguían a su ímpetu siempre vitalista. Allí era un hombre muy querido y apreciado, y me consta que, tras la trágica noticia lo lloraron en multitud.

El amigo y pintor no faltaba a su cita anual por las fechas navideñas que, por cierto, ya tenemos encima (con virus incluido), para enviar por correo electrónico, a sus amistades, la imagen de una de sus creaciones con la que nos felicitaba la Pascua de Navidad. Y, en ocasiones, él, que no era dado a hablar de política, solía hacer algún dibujo con tintes caricaturescos y cómicos sobre asuntos de actualidad.

Y este precioso cuadro que tengo enfrente de mi y que con frecuencia atrae mis miradas, me sirve, además del disfrute estético, para recordarle y darle las gracias por su eterna amistad.

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