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Venancio Martínez Suárez

Vacuna, así no

El riesgo de la precipitación en el plan de inmunización de la población contra el covid

Por empezar por el final, diré que yo no me vacunaré frente al covid según la estrategia lanzada por el Ministerio ni entre los primeros ni entre los segundos ni entre los terceros. Para recomendar la vacunación los datos ahora mismo no son ni suficientes ni consistentes, y no hablo solo de la incertidumbre inevitable y asumible que acompaña a cualquier intervención sanitaria de este tipo. Los expertos más creíbles piden más prudencia porque faltan pruebas y verificaciones tanto sobre eficacia como sobre seguridad. Se deben completar, medir y dar a conocer (publicar) las fases III de los casi 180 ensayos clínicos en marcha sobre otras tantas vacunas ya fabricadas. Y esa revisión tendría que ser seguida de la autorización (o no) de su distribución y comercialización por los organismos competentes. Ese es el camino normal, inexcusable, que validaría cualquier campaña de vacunación. Siempre se hizo así. Por lo pronto, la Agencia Europea del Medicamento, la referencia más prestigiosa en nuestro continente, la que controla, regula y autoriza estos productos, ha anunciado esta semana que hasta finales de año no iniciará su revisión. Parece que con esto debería acabarse la polémica, tan mediatizada por intereses particulares. Tocaría esperar y ver. Dicho esto, conviene hacer unas puntualizaciones más.

Nunca se ha realizado un esfuerzo económico mayor para investigar un producto sanitario; nunca se fabricó una vacuna en menos tiempo. Ha habido una respuesta insólita y admirable ante una crisis mundial.

Los datos actuales de eficacia animan al optimismo, aunque lo esperable es que la euforia que se está creando vaya decayendo. La inmunogenicidad protectora superior al 94% anunciada por parte de dos fabricantes es sorprendente: estaríamos ante la mejor vacuna de la historia. Habrá que comprobar si esto se confirma.

Según un reciente editorial de una revista prestigiosa, los ensayos clínicos ultrarrápidos que se están realizando pierden en fiabilidad de los resultados. El acierto o no de ese vaticinio lo veremos cuando se haga balance de las fases IV, en las etapas post comercialización. La validez de estos nuevos protocolos en los estudios es otra cosa importante y muy interesante que se está poniendo a prueba.

A los deseos se les quiere dar más valor que a la realidad. La vacuna no dará paso a la normalidad, la de siempre, la única deseable. El que se imagine eso se equivoca; alcanzarla llevará bastantes meses. No es solo tener la vacuna, que se tiene. Deben conocerse los resultados de sus pruebas en todas las etapas pre-comercialización; es temerario hacer pronóstico sin saber si algunas fracasan en su desarrollo clínico. Luego, obtener la aprobación de las agencias reguladoras europea y española. Luego, decidir la que es más apropiada para nuestra situación: ¿nos pondrán la mejor o la primera que llegue, comprada hace semanas?. Luego, que se fabrique en grandes cantidades y pueda distribuirse adecuadamente. Luego, diseñar una logística adaptada a la situación en la que estamos, sin enormidades como la de la cadena de ultrafrío. Finalmente, publicitar su utilidad y lanzar la campaña de vacunación para que el esfuerzo merezca la aprobación de quienes se tienen que vacunar. De estos pasos alguno se está dando hacia atrás.

Se nos ha dicho que la vacuna será voluntaria y gratuita, con priorización por grupos de riesgo. Pero no está claro cómo definir la priorización, si atendiendo a la vulnerabilidad por la enfermedad, a los grupos más contagiadores o a otros intereses estratégicos, como colectivos imprescindibles y más expuestos. Es un tema discutible.

Otra advertencia. La mala gestión de los tiempos añadiría un riesgo de daño al prestigio de la vacunología y a la imagen de las vacunas, lo que supondría para la población mayores posibilidades de enfermedad y muerte. Daría alas a los dañinos movimientos antivacunas.

Feijóo advierte que quienes no se vacunen podrán ser multados con 3.000 euros. Olvida que con eso se vulneraría la Ley de Autonomía del Paciente, que garantiza el derecho a decidir libremente sobre las opciones clínicas disponibles y que, en su fondo, –el ciudadano es teóricamente el centro del sistema– es una ley inamovible. No parece que en este caso haya lugar para algo así.

No se puede utilizar la vacuna ni ninguna medida sanitaria para llamar la atención de la gente, invocando su nombre con todos los medios de propaganda para distraer de otras cosas. Tampoco es admisible la escandalosa especulación bursátil de hace unos días. El manejo político y comercial al que estamos asistiendo tiene carencias importantes.

En suma, más preguntas que respuestas, lo que por sí mismo representa un problema. Aguardemos y vayamos dando pasos con rigor y honestidad. Yo me vacunaré, pero no ahora. ¿Qué diré a los padres en mi consulta? De momento vacúnense de la gripe; esperen y pregunten. No se precipiten.

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