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Antonio Arias Rodríguez

El genio o las fábricas de éxito

Una reivindicación del esfuerzo personal

El genio o las fábricas de éxito

El genio o las fábricas de éxito

“Gambito de dama” es la serie de moda. Retrata la vida de una joven ajedrecista de Kentucky desde su infancia en el orfanato hasta la brillante victoria sobre el campeón mundial. Necesitada de dinero, su madre adoptiva aprovecha el enorme talento de la niña llevándola a participar en torneos por todo EEUU durante los años sesenta. Los iniciales triunfos aportarán una vida más desahogada en lo económico y más compleja en lo emocional, lo que nos permite contemplar los secretos de la alta competición. Una obra deliciosa que incluye entre sus fans a los exigentes aficionados a ese noble deporte. Todo un reto porque estamos escarmentados de los habituales clichés y los errores estéticos.

Su magnífico argumento evoca cuestiones comunes a la trayectoria de los genios. Si la sociedad recompensa el talento, el destino está en nuestras manos ¿o no? ¿Es indiferente dónde se nace? ¿La capacidad sin disciplina es estéril? En el deporte es fácil encontrar las respuestas porque el éxito se mide. Pero no debemos olvidar que una medalla olímpica se obtiene en 4 minutos, aunque se tarda cuatro años en alcanzar. En el resto de las actividades humanas pasa lo mismo.

El sociólogo Malcom Gladwell ha estudiado los “fueras de serie”. Por qué unas personas tienen éxito y otras no. Propone el método simple de las diez mil horas, una cómoda simplificación para explicar como hacerse experto en algo. Con mil horas eres un especialista. Con 10.000 eres un maestro. Valen 20 horas por semana en 10 años o 40 horas semanales durante 5 años. “La práctica no es lo que uno hace cuando es bueno. Es lo que uno hace para volverse bueno”. El talento sin mucho trabajo y constancia no lleva ninguna parte, sólo aporta una condición necesaria pero no suficiente. Bill Gates es el mejor ejemplo. Asimismo, ser algo fanático favorece la búsqueda obsesiva de la perfección, a costa de ver la vida en blanco y negro. Steve Jobs es aquí el modelo.

La gran pregunta, ahora, es qué masa de expertos y profesionales nos aguardan el día de mañana, ante la ausencia de deberes escolares, la preocupante tendencia educativa a relajar la dedicación a la formación teórica (¡bendito examen MIR!) unido a una cultura de lo inmediato.

Hasta la llegada de internet, con su enorme efecto democratizador sobre la información, era casi imposible que apareciera el trébol de cuatro hojas, un prodigio de algún ámbito de conocimiento humano, lejos de los potentes núcleos de estudio e investigación. Se trata de otra condición adicional. Las élites se reproducen en fábricas de ciencia, formando parte de redes vinculadas a organizaciones (universidades, por ejemplo) con medios y masa crítica, ya sean europeas, americanas o chinas. Esto viene siendo así en cualquier rama del pensamiento o disciplina que pretenda alto rendimiento.

Aquí llegamos a otro debate muy actual: el “principio de mérito” que impulsa el ascensor de la escala social. Michael Sandel (premio Princesa de Asturias 2018) reflexiona en su último libro de sobre los conceptos de éxito o fracaso y hasta donde llega el compromiso con la comunidad donde nos formamos. Con el duro título de “la tiranía del mérito” señala el gran problema norteamericano, donde se ha instalado una especie de aristocracia hereditaria en las mejores universidades.

Hoy, la queja populista está justificada en EEUU, afirma Sandel, porque dos tercios del alumnado universitario de Harvard o de Stanford proceden de la escala superior de renta. Allí, hablar de mérito y capacidad tiene unas connotaciones menos virtuosas que en el sentido europeo, donde entendemos que la alternativa a la meritocracia es la mediocridad. Y no estoy hablando de política.

Durante años, quien quería prosperar en algún arte, ciencia o deporte debía superar, como segundo escalón, una barrera territorial, ya fuese local, nacional o continental. Requería recoger, donde se encontrase, el saber de generaciones, lo que obligaba a hacer las maletas a los más prometedores para trabajar con los patriarcas de ese saber.

La Universidad funcionó así durante décadas. Las escuelas científicas de la época formaban doctorandos de cualquier país, pues contaban con su red transfronteriza de sabios oficiales y con su metrópoli. Volviendo al mundo paralelo del ajedrez, el propio Caruana, aspirante norteamericano hace un par de años al titulo mundial, reconoció que para llegar a la élite resultó imprescindible de joven trabajar con Boris Zlotnik, residente en Madrid, recogiendo toda la experiencia de la escuela soviética. Karpov o Kasparov son sólo una mínima muestra de una técnica aplicable en cualquier ámbito científico (o artístico) para fabricar jóvenes estrellas. Los factores de la excelencia fueron enunciados por Botvinnik hace 80 años: talento, entrenamiento, carácter y salud, precisamente por ese orden. Eso y varios años con una media de doscientos días de internado y sesenta de competición.

En España estamos acostumbrados al genio que surge de la nada, casi como una estrella fugaz en el cielo; desde Ramón y Cajal a Rafa Nadal. Nos hace daño la falsa impresión de que su éxito es un proceso casual y no de esfuerzo, preparación, fracasos (si, fracasos), formación general, buenas universidades, equipos grandes y modestos que cuidan la cantera y otros muchos elementos positivos del ecosistema social que aportan su grano de arena.

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