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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

La lotería, otro impuesto

Dicen que la lotería es el impuesto de los que no saben matemáticas. Aseveración bien cierta, pues aplicando el cálculo de probabilidades resulta más factible que te parta un rayo que resultar agraciado con el Gordo de Navidad, ese premio orondo que canturrean año tras año con voz aflautada los niños (y niñas) de San Ildefonso en un salón de Madrid lleno de supersticiosos disfrazados de mamarrachos que, más que atraer a la Fortuna, la espantan.

Ustedes y yo siempre perdemos con la lotería, cuyo máximo acertante es el Estado. Con nuestra afición a tirar el dinero en décimos, a Hacienda le toca la quiniela: hace el agosto cada diciembre. Hagan cuentas: la caja pública se queda con el 20 por ciento del dinero de los que ganan y con el cien por cien de lo que gastamos los que perdemos. ¿Es o no la lotería un impuesto voluntario que abonamos gustosos, incautos, como cierre del ejercicio contable?

Estimado lector al que no ha tocado jamás el Gordo: no se haga falsas ilusiones, que este año tampoco va a ser. No hay esperanzas ni siquiera para mí, que merecería una justa compensación al infortunio de un 2020 nefasto y cenizo: no solo fui el primero en dejarme atrapar por el covid en el empleo y en la familia sino que soy de los pocos que no generaron anticuerpos, de manera que mi inmunidad al bicho está por los suelos, motivo por el cual no pasaré las Navidades con mis padres y hermanos, por prevención. Adiós al asado de cordero y a las partidas familiares de bingo, a euro la jugada.

Hoy es 22 de diciembre. Mañana, 23; aquellos a los que no nos toca la lotería, que en este país somos legión, nos conformamos con pedir salud. Y ese boleto, ciertamente hoy día y con la que está cayendo, no tiene precio.

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