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Cosme Marina

La gestora valiente

Una figura clave en el desarrollo de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias

La noticia del fallecimiento de Inmaculada Quintanal ha sido un golpe inesperado para todos los que la conocimos y tratamos y un tremendo comienzo para un año que parece arrancar con la misma virulencia pandémica que el que acabamos de dejar.

Quintanal ha sido una figura esencial en el devenir de la música asturiana de los últimos años. Desde la docencia en la Universidad de Oviedo, desde la investigación musicológica y, por supuesto, en lo que ha sido su afán de mayor visibilidad pública, la gerencia de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), formación que le debe mucho por su ingente labor durante una década al frente de la misma.

Cuando Inmaculada Quintanal decidió aceptar la gobernanza de la orquesta regional era consciente del reto y de las posibilidades no menores de que el proyecto pudiera truncarse. La formación, como siempre se hace en Asturias, se anunció con tremendo bombo, pero las primeras decisiones, artísticas y organizativas, no habían ido en la dirección adecuada y la inestabilidad era la tónica dominante de una andadura llena de incertidumbres. Quintanal entró con fuerza, analizó la situación y comenzó a tomar decisiones. La primera de ellas la de solucionar la debilidad artística de la agrupación con la búsqueda de un titular solvente y comprometido, capaz de llevar a cabo la consolidación en este ámbito. Ella fue clave en la llegada a Asturias de Maximiano Valdés, el maestro chileno de origen asturiano, de carrera internacional, y que ella supo a atraer con habilidad propiciándole un marco adecuado de trabajo para desarrollar una vía artística solvente. El fichaje de Valdés supuso un punto de inflexión, pacificó las aguas revueltas y consiguió, con el apoyo firme y decidido de la gerencia, asentar el futuro de la orquesta. La etapa de Quintanal en la OSPA significó la expansión definitiva de la misma, la apertura a giras de relieve que pusieron a la orquesta en el mapa nacional e internacional, las grabaciones, la vertebración de un verdadero proyecto musical extendido a toda la región –no nos engañemos, el único de relieve que este ámbito ha amparado el Principado en los últimos treinta– y la capacidad para tener influencia decisiva en la vida musical con cooperación con el resto de instituciones y administraciones, públicas y privadas.

No fue una tarea fácil, aunque desde la perspectiva actual lo pueda parecer. Su tesón, valentía y capacidad para enfrentarse a los políticos de cualquier signo, fueron decisivas. Una de sus grandes virtudes fue la de no callarse, la de no aceptar la mediocridad como moneda de cambio. Era muy exigente consigo misma, y también con los demás. Fue el suyo un periodo complicado en el que la orquesta tenía que trabajar en las instalaciones del Conservatorio Superior, hasta que se logró pasar a la nueva sede del Auditorio Príncipe Felipe. Era consciente de la necesidad de una infraestructura acorde con las necesidades de la orquesta, que le permitiese crecer, y esa batalla también la ganó. Su independencia y libertad de criterio beneficiaron, y mucho, al colectivo musical que representaba.

Y, a la vez, estaba el plano personal. Su fina ironía, su capacidad para diseccionar la realidad asturiana, conociendo muy bien a los principales personajes que la protagonizan, su criterio sagaz para detectar de inmediato el oportunismo vestido de lustrosos ropajes de camuflaje. Y su lealtad a los amigos, inquebrantable. Aprendí mucho de ella, de su talento, de la fuerza arrolladora que tenía para doblegar los malos momentos y sacar siempre una conclusión positiva. Con su marido, el musicólogo Antonio Gallego, formaban un tándem imbatible y era asombrosa la enorme cantidad de proyectos en los que continuaban embarcados. Seguía siendo abonada de la OSPA y la presencia de ambos en los conciertos era frecuente y confortadora para los muchos amigos que hizo entre los propios abonados y que siempre agradecieron su dedicación a la orquesta. En este momento del adiós quiero recordar su risa fresca, juvenil, su vitalidad, su cercanía y el agradecimiento que siento hacia ella por la ayuda desinteresada que me prestó cuando, hace ya tres décadas, empezaba a caminar en esta profesión tan dura como apasionante. Creo que esa pasión la compartimos y nos seguirá uniendo. Espero que las autoridades sean capaces de rendir un homenaje a la altura de sus indudables aportaciones.

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