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Paco Abril

Con los ojos bajos

Los misterios ocultos del subsuelo

Háblame del subsuelo.

(“Esperando a Godot”, Samuel Beckett)

Parafraseando el título de una novela de Tahar Ben Jelloun que me dejó una huella imborrable hace treinta años, salgo a la calle “Con los ojos bajos”. Pero no por tristeza o sometimiento, sino por el deseo de penetrar en los misterios ocultos del suelo que nos sostiene. Lo primero que observo son los lamparones negros del pavimento. Me pregunto qué serán esas abundantes manchas oscuras. Tras una exhaustiva indagación, me entero, desolado, de que se trata de chicles escupidos y aplastados en la vía pública por pulcros ciudadanos. Todavía no se ha descubierto el quitamanchas que elimine ese desdoro de las ciudades. Estamos condenados a soportar los denigrantes manchurrones en la piel de nuestras calles el resto de nuestra civilizada vida.

Curioseo las alcantarillas. En lo más hondo de estos sumideros corren oscuros ríos que conducen nuestros desechos al mar. Ahora, junto a las alcantarillas de muchas ciudades, están colocando placas que solicitan: “No arrojes nada, la mar comienza aquí”.

Está claro: la salvaguarda del mar y la de todo el planeta empiezan con gestos cotidianos de aparente insignificancia como no arrojar desperdicios al suelo, depositar la basura en el contenedor correspondiente o dejar de usar bolsas de plástico.

Sigo caminado con los ojos bajos. Dedico mi atención a las puertas de hierro que dan acceso al mundo subterráneo. Se las denomina tapas de registro. Me detengo a examinarlas. Hay miles. Siento cierta inquietud cuando veo a los perros olisquearlas y arañarlas. ¿Qué habrán detectado con su portentoso olfato? ¿Son acaso las puertas al inframundo, el Hades, el reino de los muertos? ¿O serán las entradas a las cloacas del Estado? Me sobresalto imaginando a un tipo siniestro, con gafas oscuras, surgiendo de repente de alguna de ellas portando un maletín negro y huyendo a toda prisa por la acera de lunares.

Me tranquilizo pensando que en el subsuelo se encuentra, bien organizado, el entramado imprescindible que hace que funcione una ciudad: agua potable, electricidad, teléfono, gas...

Pero vuelvo a intranquilizarme cuando pienso que, de eso tan ordenado ahí abajo de lo que tanto dependemos, apenas sabemos nada aquí arriba. Solo cuando se avería algo en su interior podemos vislumbrar el confuso revoltijo de tales entrañas.

Y confiamos, confiamos ciegamente en que un dios, unos supertécnicos, o quien quiera que sea el que cuide de los intestinos y del aparato digestivo y excretor de las ciudades, proteja y vele por el buen funcionamiento de esos entramados oscuros. No deseamos que, además de los sobresaltos y desasosiegos que padecemos en la superficie, nos venga, desde lo escondido, otro susto añadido.

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