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Luis M Alonso

Sol y sombra

Luis M. Alonso

Paradojas de la libertad

Pablo Hasél, el rapero cuya detención ha desencadenado la violencia en las calles, al parecer ya se había librado anteriormente de la cárcel por no tener antecedentes penales. Esta vez ha entrado en prisión por enaltecimiento del terrorismo, injurias a la Corona y a las instituciones del Estado.

Los raperos, por regla general, no hacen exaltación de la primavera en las letras de sus canciones, que suelen ser provocativas, ofensivas e incendiarias hasta donde la palabra es capaz de propagar fuegos. Todo ello es consustancial al género, incluso cuando el género se extiende al tuit es comprensible que un rapero se explique de esa manera. Todo encaja dentro de la libertad de expresión y debe ser defendido bajo esos términos, las ofensas y las descalificaciones, incluso los insultos más despectivos, aunque no compartamos nada de ello. Pero el delito de injurias existe para cualquiera, también para un rapero. Y con el enaltecimiento del terrorismo sucede lo mismo. Elogiar la dedicación de los asesinos es tan repugnante como exaltar el racismo, y esto último nadie pone en duda que deba castigarse con el fin de erradicar el odio racial. Hay quienes olvidan que para ser libres es necesario ser esclavos de la ley.

No me atrevo a asegurarlo pero pienso que Hasél, de producirse en otras circunstancias, habría participado en la violencia de las calles. Su historial de altercados avala mis palabras. La violencia desatada supuestamente en defensa de la libertad de expresión, en la que concurren independentistas radicales y grupos antisistema, ha tomado a la vez y de forma paradójica el derrotero de acosar y agredir a los periodistas que precisamente tratan de informar sobre los graves sucesos de Barcelona y Madrid. ¿Dónde está en los violentos la libertad que dicen defender? El propio vicepresidente del Gobierno se ha puesto a la cabeza de este ataque. En 2014 decía despreciar a las personas que como Hasél convierten la política en una cuestión de odio personal. Hoy, incongruentemente, abandera su revuelta.

Pablo Hasél, el rapero cuya detención ha desencadenado la violencia en las calles, al parecer ya se había librado anteriormente de la cárcel por no tener antecedentes penales. Esta vez ha entrado en prisión por enaltecimiento del terrorismo, injurias a la Corona y a las instituciones del Estado.

Los raperos, por regla general, no hacen exaltación de la primavera en las letras de sus canciones, que suelen ser provocativas, ofensivas e incendiarias hasta donde la palabra es capaz de propagar fuegos. Todo ello es consustancial al género, incluso cuando el género se extiende al tuit es comprensible que un rapero se explique de esa manera. Todo encaja dentro de la libertad de expresión y debe ser defendido bajo esos términos, las ofensas y las descalificaciones, incluso los insultos más despectivos, aunque no compartamos nada de ello. Pero el delito de injurias existe para cualquiera, también para un rapero. Y con el enaltecimiento del terrorismo sucede lo mismo. Elogiar la dedicación de los asesinos es tan repugnante como exaltar el racismo, y esto último nadie pone en duda que deba castigarse con el fin de erradicar el odio racial. Hay quienes olvidan que para ser libres es necesario ser esclavos de la ley.

No me atrevo a asegurarlo pero pienso que Hasél, de producirse en otras circunstancias, habría participado en la violencia de las calles. Su historial de altercados avala mis palabras. La violencia desatada supuestamente en defensa de la liber tad de expresión, en la que concurren independentistas radicales y grupos antisistema, ha tomado a la vez y de forma paradójica el derrotero de acosar y agredir a los periodistas que precisamente tratan de informar sobre los graves sucesos de Barcelona y Madrid. ¿Dónde está en los violentos la libertad que dicen defender? El propio vicepresidente del Gobierno se ha puesto a la cabeza de este ataque. En 2014 decía despreciar a las personas que como Hasél convierten la política en una cuestión de odio personal. Hoy, incongruentemente, abandera su revuelta.

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