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Xuan Xose

El hórreo ha muerto; libertad para él

La necesidad de modificar la legislación en torno a la construcción asturiana para su conservación

El hórreo (y sus variantes constructivas o denominativas, paneras o cabazos) ha muerto. Pieza utilitaria, destinada fundamentalmente a la conservación de las cosechas, ya no tiene función ni apenas usos. En primer lugar, porque la mayoría de estos inmuebles pertenecen a familias que ya no realizan ninguna actividad agraria. Es más, en muchos casos ni siquiera sus propietarios o descendientes viven en sus cercanías, todo lo más, si es que no se levantan en pueblos desérticos, se acercan por allí en vacaciones o fines de semana. En segundo lugar, porque para quienes aún mantienen una actividad agraria o ganadera, las dimensiones de sus explotaciones son tales que pensar en el hórreo como una pieza utilizable en su trabajo sería una alucinación.

Los hórreos, pues, se mantienen en pie, en primer lugar por sí mismos y, en segundo lugar, por el apego sentimental que hacia ellos tienen muchos asturianos; solo muy tangencialmente por su marginal utilidad. Pero cuando pasen unos pocos años, disminuirá aún más la población que viva en su entorno y desaparecerán las generaciones que, fuera del mundo rural, mantienen una relación sentimental y de apego con ese mundo.

Ahora bien, cuando esos inmuebles se deterioran o devienen en riesgo de caer el costo de su reparación es muy gravoso, muy lejos de las posibilidades económicas de la mayoría de las familias propietarias, por ello es inevitable el progreso de su ruina, máxime cuando las partidas destinadas a la reparación y conservación desaparecen a veces durante años –un quinquenio han llegado a no existir– o suman la no muy notable cifra de 150.000 euros anuales.

Y, sin embargo, la Administración (con más precisión, Gobiernu, Xunta Xeneral, partidos políticos, una importante parte de los expertos) actúan como si esa realidad no existiese, ligando, por ejemplo, los hórreos a las explotaciones agrarias (como si las hubiese) y obligando a los propietarios a su conservación.

En realidad, la Administración asturiana lo que hace es una expropiación de facto, sin compensación alguna: limita sus usos (el hórreo, sin embargo, fue siempre un bien útil para sus propietarios, no un museo: sirvió de granero, sí, pero también de vivienda), los liga a la explotación agraria, pone extraordinarios frenos a su traslado o venta; en una palabra, el propietario –recuerden lo dicho arriba sobre las condiciones económicas y vivenciales actuales de ellos– lo es más de título que de facto.

Nadie tiene duda alguna de la singularidad del hórreo asturiano y sus variantes denominativas y constructivas, de su belleza, del ingenio desarrollado en ellos, de cuánto singularizan nuestro paisaje y, por ende, a nosotros; y, por tanto, de la necesidad de preservar el mayor número posible de ellos en el tiempo.

Ahora bien, para que ese propósito se cumpla en la medida de lo posible hay que modificar la actual legislación, que constriñe al hórreo a la función que ya no tiene, y, por otro lado, ha de eliminarse esta injusta situación que expropia de facto al titular o titulares (esa es otra, la de los varios titulares de las construcciones, por acuerdo vecinal o por sucesivas transmisiones intrafamiliares) del bien.

Y como la solución no puede ser el que la Administración se hiciese cargo –mediante una expropiación real o compra por acuerdo– de esos bienes, el único camino es el de la libertad: libertad para el uso de los hórreos (viviendas o dormitorios inmuebles, bibliotecas o centros de turismo en las villas o ciudades, por ejemplo), libertad para su traslado y ubicación (sin más limitación, acaso, que la del ámbito de la autonomía), libertad para vender sus propietarios.

Parece que hay alguna iniciativa en marcha, como la Mesa del Horru. ¿Avanzará en estas líneas? En la Xunta Xeneral presentamos en su día alguna tímida propuesta de liberalización, con ningún éxito. Desde la fecha hasta hoy, nada se ha avanzado en ese sentido, es más, la legislación posterior, 2001 y 2007, ha insistido en los caminos de las limitaciones y la expropiación, en una de las muchas manifestaciones de que una parte importante de la sociedad asturiana vive inmersa en sus sueños y prejuicios e incapaz de ver la realidad.

Estamos a tiempo.

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