Opinión | El trasluz
Verlas venir
Delante de mí iba un hombre con una careta de mujer colocada en la nuca. Producía una sensación extraña ver cómo se alejaba en vez de acercarse. Lo adelanté por la curiosidad de observar su verdadero rostro, pero resultó que también por delante llevaba otra careta: curiosamente, la misma que llevaba por detrás. La gente lo miraba, claro, y él caminaba erguido, sin prestar atención al revuelo que levantaba a su paso. Llevaba en la mano derecha un maletín antiguo, parecido al de los médicos del Oeste en las películas de vaqueros. Había yo avanzado apenas cuatro pasos desde que lo adelantara, cuando escuché pronunciar mi nombre:
Me volví y el que me llamaba era él, el hombre de las caretas.
–¿Sí? –dije deteniéndome.
–¿No me reconoces? –preguntó.
–Ni por delante ni por detrás –respondí.
–Soy el personaje de un cuento tuyo del año 1990. Dijiste entonces que era un cuento autobiográfico.
Hice memoria, pero no recordé ningún personaje que fuera por la calle con dos caretas.
–No te recuerdo –dije un poco inquieto, buscando una frase cortés con la que despedirme.
Entonces se quitó las caretas y apareció el rostro de una mujer cuyo cuerpo, sin embargo, continuaba teniendo las hechuras del de un hombre.
–Toma, te las regalo –dijo entregándome las máscaras.
–Gracias –repliqué, cogiéndolas al tiempo de despedirme.
Caminaba con el corazón en la garganta, como si huyera no tanto de otro como de alguien que me hubiera habitado sin que yo lo hubiera advertido. Aquel raro encuentro había removido los lodos sedimentados en lo más profundo de mi identidad, enturbiándola. Pasé por delante de varias papeleras y en todas estuve a punto de arrojar las caretas, pero no lo hice en ninguna.
Al llegar a casa corrí al cuarto de baño, cerré la puerta con el pestillo, me coloqué las máscaras frente al espejo y entonces vi al personaje de aquel antiguo cuento mío que tenía un rostro por delante y otro por detrás. El de detrás no le había servido para cubrirse las espaldas ni el de delante para verlas venir.
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