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Antonio Trevín

División y descaro

Izquierdas y derechas madrileñas

El “Ja soc aquí”, de Tarradellas, inició la recuperación de la Generalitat. Empeñado en dotar al nuevo ejecutivo de institucionalidad, impuso a sus consejeros las obligaciones de acudir a sus reuniones con traje y corbata y a no abandonar las mismas hasta su conclusión formal. Cuentan que Serra se vio un día en el apuro de tener que ausentarse de una, antes de su finalización. Lo comentó al Molt Honorable President quien le requirió la razón de tal premura. Narcís le confesó que iba a una reunión en Madrid, de la Ejecutiva Federal del PSOE, en la que debía abordarse un grave conflicto en la Federación Socialista Madrileña.

–Ah! si es por eso, ahórrese el viaje. La FSM lleva con problemas desde la República. Hoy tampoco los van a poder resolver. Así que quédese Vd. hasta que concluya el Consejo Ejecutivo, le indicó Tarradellas.

La división en el socialismo madrileño es histórica. Baste recordar, de este siglo, el “tamayazo y la abortada candidatura de Javier Solana a la alcaldía de Madrid en 2003 o las dimisiones, como secretarios generales, de Simancas y Tomás Gómez. No le anda a la zaga el resto de la izquierda madrileña. En 2015 Gabilondo no gobernó la Comunidad porque IU, que concurría separada y acosada por Podemos, quedó fuera de la Asamblea por 86 centésimas. Y en 2019 la división en el apoyo a Carmena, Más Madrid a un lado y Unidas Podemos a otro, posibilitó al popular Almeida arrebatarle la Alcaldía.

“La verdadera izquierda no se pone de acuerdo jamás, puesto que tiene que administrar a la vez dinero, resquemores, banderas, mártires y ráfagas de viento. La derecha sólo tiene que administrar intereses, para lo cual, además, emplea a los tecnócratas, los milagreros del siglo XX”, sentenció González Ledesma. Las derechas españolas son muchas y muy diferentes. Pero permanecen unidas en torno al poder. Todas defienden un encendido patriotismo español, pero no dudan en “tontear” con las pasiones identitarias autonómicas. Incluso con las más bajas.

Hace ocho años, con la Ley antitabaco en vigor, tuve que organizar una comida de trabajo. Pedí que me recomendaran un restaurante cerca del Congreso. Me dieron un nombre y al tiempo me advirtieron de que no me alarmara por lo que oyera al reservar. Llamé y la respuesta me dejó de una pieza: “Reservado queda, pero está Vd advertido: ¡en esta casa se fuma! ”. Con total descaro. Con tranquila desvergüenza. Me vuelve a la memoria cada vez que escucho a Ayuso.

Encarna ese casticismo de chulada, descarado y desacomplejado, tan extendido en la capital. Y además cuenta con el “tecnócrata milagrero” (que ahora llaman spin doctors) que tuvo Aznar. Rodríguez le susurra al oído, alimenta su Twitter, prepara las declaraciones del día y establece estrategia. ¡Y ella interpreta todo como si fuera la emperatriz de Lavapiés! Gobierne o no gobierne la veo recitándole a Casado: “No os podéis quejar de mí, vosotros a quien maté; si buena vida os quité, mejor sepultura os di”.

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