Opinión
¡Viva el socialismo de los ricos!
La privatización de los beneficios y la socialización de las pérdidas
“Estados Unidos no será nunca un país socialista”, afirmó en cierta ocasión Donald Trump, el presidente más autoritario de la historia de Estados Unidos. El mismo presidente que permitió que la gran banca se ahorrara 21.000 millones de dólares en 2018 gracias a sus desgravaciones fiscales. Al igual que otros países del mundo capitalista, Estados Unidos cultiva una versión alternativa del socialismo, que consiste en privatizar los beneficios y socializar las pérdidas.
Como explica el nonagenario activista y lingüista Noam Chomsky, los ricos se valen de las relaciones de libre mercado para imponer el riesgo a las clases trabajadoras al tiempo que se protegen a sí mismos de los rigores de ese mercado. Bernie Sanders, el por dos veces frustrado aspirante a la presidencia de EE UU, lo expresó así: “Wall Street se convirtió en 2008 al socialismo del ‘gran gobierno’ y exigió el mayor rescate de la historia del país: un billón de dólares del Tesoro y aún más de la Reserva Federal”.
Pero no sólo las grandes firmas de Wall Street adoran ese tipo de socialismo, habría que añadir, sino el conjunto del mundo empresarial, que es también el principal beneficiario. Si Biden ganó las últimas elecciones frente a Trump no se debió precisamente a la política económica seguida en las dos presidencias de Obama, de las que fue segundo. Su triunfo, por un margen menor del esperado, se debió a la movilización masiva de los demócratas y al rechazo por parte de un gran sector del electorado del despotismo y las continuas mentiras de su predecesor.
Pero el Partido Demócrata tiene una gran responsabilidad en el nacimiento y consolidación del trumpismo por su apoyo indiscriminado a una globalización que favoreció los beneficios empresariales mientras abandonó a su suerte a millones de trabajadores que perdieron el empleo.
Lo ocurrido en EE UU debe de servir también de lección para la izquierda europea: no se pueden desmantelar industrias tradicionales que han dado trabajo a millones de personas sin ofrecer alternativas viables porque el único beneficiario al final es el populismo de ultraderecha. Las revueltas de ese tipo que vemos en numerosos países son una reacción contra unas políticas económicas que afectan negativamente a sectores cada vez más amplios de la población, que han visto amenazado su estatus social y el futuro de sus hijos.
Sólo en lo que llevamos de pandemia, la fortuna de los 643 multimillonarios de EE UU, con el dueño de Amazon, Jeff Bezos, en cabeza, han visto aumentar su patrimonio en casi un 30 por ciento. Todo ello mientras millones de trabajadores se iban a la calle. Esa tendencia lleva ya mucho tiempo aunque se ha incrementado durante la presidencia de Trump: desde los años setenta, los salarios se han estancado prácticamente en aquel país cuando la productividad ha aumentado exponencialmente gracias a la robótica y a la inteligencia artificial. La caída de los ingresos familiares en EE UU ha ido acompañada de un crecimiento del endeudamiento familiar y también de la deuda estudiantil, que ha llegado a superar incluso el total de la deuda vinculada a las tarjetas de crédito. Mientras tanto, con ayuda de ambos partidos –el Republicano y el Demócrata– la clase capitalista ha podido beneficiarse enormemente del aumento de la productividad, de los bajos salarios y de la enorme deuda contraída por consumidores y estudiantes.
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