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José María Ruilópez

No lo entiendo

El conocimiento de un número limitado de palabras y las dificultades para comprender en ocasiones el lenguaje

La lengua española es muy rica, con un vocabulario que recoge la RAE (Real Academia Española) de unos 88.000 términos diferentes. En “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, Miguel de Cervantes Saavedra usó 22.000 palabras diferentes. Un ciudadano de a pie o normal o de la calle, no sé cómo nombrarlo para no ser ofensivo (tal vez debiera decir, como usted o como yo) usamos unas 5.000. El vocabulario que no se aprende de estudiante ya no se consigue dominar con verdadero significado en la madurez. Recuerdo el caso de un ilustre literato español (nada que ver con el que suscribe) que dijo en una televisión: “Siendo adolescente había leído una frase de la que no conocía ninguna palabra”. Pues eso mismo me ocurrió a mí con esa misma frase. No. No voy a dejarlos con la intriga prendida de la curiosidad, y me tomen por un culterano gongorino despiadado con el cándido lector. La frase era esta: “Qué púberes canéforas de ofrenden el acanto”. Que como todo el mundo sabe, o sospecho que sabe, podríamos usar unos vocablos más comprensibles, aclarando que la frase en cuestión dice: “Eran unas jóvenes mujeres vírgenes de buena familia que llevaban cestos con flores en Atenas y las ofrendaban, es decir, ofrecían el acanto, una especie de hojas decorativas”. Y que pertenece la poema de Rubén Darío “Responso a Verlaine”. Hoy escribes un poema así y te tiran tomates para hacer ensalada durante medio año.

Todo esto viene a cuento, de que un servidor con esos supuestos 5.000 términos que conoce no acaba de entender muchos de los documentos que lee o algunas de las frases que escucha en medios televisivos: “Ventrículo con acinesia septo apical. No se objetivan imágenes. Amígdalas palatinas hipertróficas enclaustradas en los pilares. Senos piriformes. Adenopatía yogulodigastricas. Si toma inhibidores de la monoaminoxidasa. Antivíricos inhibidores de la proteasa. Inversores bajistas están obligados a informar de posiciones cortas. Eléctrica italiana ejecuta su transformación hacia un mix de negocio sostenible. Tiene una disciplina de balance importante y está desapalancada. Hechos incontrovertibles. Reconocidos por ambas partes litigantes. Si bien tal corriente jurisprudencial, que situaba la responsabilidad médica en términos casi de responsabilidad objetiva, ha sido superada. Condenan al ayuntamiento por encadenar contratos”. (¡Qué poca vergüenza! ¡Qué culpa tendrán los contratos para semejante trato!).

Para colmo, en el programa de la TPA “El Picu”, que presenta con gran desparpajo Ana Francisco, una buena profesional que alterna este programa con su trabajo en Mediaset como redactora de “Todo es mentira” que presenta Risto Mejide, concursan dos teverganos de pro, Alejandro Álvarez Copado, “Llamo”, y Julio García, pertenecientes a dos estimadas familias del concejo, que tienen que sufrir variadas encerronas cuando hay preguntas relacionadas con el bable, cuyos guionistas, bablistas asilvestrados, plantean unos términos que nadie escucha en la calle, pura inventiva absurda, como decir que fuerza, en asturiano, se dice “fuercia”. O llamar al codo “coldu”. O que “refraniar” es decir refranes. “Embaxo, debaxo”. “Xunir, axuntar”. Dar el picu es charlar según el Diccionario General de la Lengua Asturiana y no “hacer de rabiar” como afirma el programa. O sí. ¡Quién sabe dónde se asesoran los guionistas! Vaya galimatías para los concursantes. Estarán pensando los dos ínclitos teverganos: pero, ¡qué broma es ésta! ¿Quién usa esas expresiones en la calle? ¡Van a por nosotros! Así y todo, pelean con ahínco y denuedo extraordinarios.

Estoy casi seguro de que el señor de Cervantes con todo su léxico no entendería la mayoría de las frases que reproduje y que son de actualidad. Lo mismo que le va a suceder a usted cuando se ponga a leer “El Quijote”. Tal vez sea que la lengua, el idioma, es algo vivo, que varía con el tiempo, se nutre de la actualidad, y, en contra de lo que pensamos, por lo general, no son los expertos en lingüística, ni los intelectuales quienes la alimentan, sino el hablante común, que por desconocimiento inventa palabras que acaban siendo incluidas en el lenguaje cotidiano y avaladas por la RAE. Tronco, cómo mola ir de sobrao, dar la brasa así de guay, que la chorba venga de buen rollito, te haga llorar al calvo tuerto dentro del buga y te quedes flipando. ¡Pobre don Miguel!

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