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Martín Caicoya

Memoria, entendimiento y voluntad

Las tres potencias ayudan a dominar el efecto de los recuerdos

Nuestra identidad está forjada por la memoria. Ella no solo es frágil, es selectiva y mentirosa. Continuamente remodela los recuerdos, nos rehace a nuestros ojos. También los demás nos ven a través de su memoria, esa lente que nos deforma. Si somos lo que recordamos, no recordar es dejar de ser, de ser para nosotros mismos. Y para los otros convertirnos en otro. Es el drama de la demencia.

En español no tenemos una palabra como la inglesa “self” que es el sí mismo. Hay un sí mismo central, nuestra identidad inconsciente. Se refleja, por ejemplo, en la inmunidad: ese sistema que reconoce lo propio frente a lo extraño. Un ser tan elemental como la ameba tuvo que reconocerse a sí misma, como especie, para llegar a ser. De otra forma hubiera engullido a sus congéneres imposibilitando la supervivencia. Es la aparición de un proto sí mismo. Un sí mismo que está vivo en el demente, quizá deteriorado como todas las funciones corporales. No en vano dependen del cerebro ahora dañado. Un daño centrado en el sí mismo autobiográfico.

En una residencia asistida, una anciana con demencia avanzada se agitaba periódicamente y gritaba alterando al resto de los residentes y a los cuidadores. De nada servían los tratamientos que la dejaban en estado de semiinconsciencia. Hasta que se dieron cuenta de que la de agitación coincidía con la presencia de otro residente. Descubrieron que en su juventud habían tenido una relación tormentosa y que ella la había vivido como una agresión. Bastó evitar ese contacto para que viviera el resto de sus días de forma apacible, como parece que era su carácter. La presencia de su antiguo amante disparaba un recuerdo que emergía cargado de emociones. Entre las muchas clases de memoria, la que más nos hace, la que nos conforma, es precisamente la que evoca hechos o situaciones y además despierta emociones y sentimientos.

No sé si Freud y Russell coincidieron alguna vez en vida, lo que sí me parece es que tenían ideas opuestas sobre la represión. Es bien sabido que para el psiquiatra es motivo de patología: esa energía encerrada como en una olla exprés dispuesta a hacer saltar por los aires el yo construido contra su esencia. Russell defendía la facultad del olvido, promovía el esfuerzo por enterrar los remordimientos y todo aquello que iban contra lo que uno quería ser. Olvidar no solo es sano, es necesario.

La señora demente no podía olvidar porque no sabía que recordaba. Una señal le producía esa vivencia. No sabemos si en su mente se reproducían las escenas dolorosas, solo sabemos que la invadían emociones negativas. Ella no podía intentar olvidar porque para ello hay que ser consciente del recuerdo.

Olvidar es necesario. Lo hacemos sin saberlo. Por eso cualquier tiempo pasado fue mejor. Además, se puede olvidar queriendo.

Una estrategia es evitar que ocurra el recuerdo, como se hizo con esa señora. Para eso hay que conocer qué lo despierta. En “Suave es la noche”, una mujer extrae del bolso una pistola nacarada y sin mediar palabra dispara sobre el hombre que la acompaña mientras arrancaba el tren. Allí estaba también el protagonista, Dick Diver. Dice a sus acompañantes que nunca más podrán ver salir un tren sin escuchar los disparos. Reconocer esas señales exige un esfuerzo de atención y reflexión. Eso ya es difícil. Además, no siempre se pueden evitar esas visiones o sensaciones que como un gatillo disparan el recuerdo. La recomendación es intentar sustituirlas. Consiste en tratar de seleccionar los recuerdos positivos que tienen que ver con el asunto y que sean estos los que vengan a la memoria cuando la señal se manifieste. Es difícil, sobre todo en el estrés postraumático, cuando inesperadamente aquellas experiencias resurgen promovidas por algo que se relaciona con ella.

La técnica de sustitución se puede completar con la de supresión. Consiste en decirse a uno mismo: “No, no quiero pensar en eso”. Tenemos esa capacidad, como defendía Bertrand Russell y hoy reconocen los psicólogos cognitivos. Es el poder de la mente, de la voluntad. Quizá la meditación pueda ayudar. Como se sabe, con ella se entrena el mantenimiento de la atención en un punto y se aprende a reconocer cuándo se escapa de ahí el pensamiento y cómo recuperarlo para llevarlo de nuevo al lugar elegido.

En el catecismo nos enseñaban que las potencias del alma son tres: memoria, entendimiento y voluntad. Proviene, como tantas cosas, de Aristóteles. Se denominan potencias porque tienen la capacidad de verificarse, de llegar a ser. Coincide con lo que promueve la psicología cognitiva para afrontar las memorias indeseables. Hay que aguzar el entendimiento para conocer qué las despierta, con su ayuda y una voluntad firme buscar la forma de sustituirlas. Y con una voluntad fortalecida, intentar suprimirlas.

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