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Francisco Bastida

El Sespa tiene un problema

El servicio sanitario es una de las joyas del Principado de Asturias y un orgullo para sus ciudadanos, pero su gestión administrativa es manifiestamente mejorable. La agilidad con la que se ha organizado la vacunación contrasta con un mal de base que es el desbarajuste informático. Es inconcebible que una comunidad autónoma no tenga un mismo sistema informático sanitario para la región y menos aún una como Asturias, que es uniprovincial.

El ciudadano tiene derecho a acceder a su historia clínica, entre otras cosas, para saber si está vacunado, pero, si pretende hacerlo de manera digital, en el portal de Salud del Principado (astursalud.es) se encuentra con que no están disponibles las historias archivadas en los dos grandes hospitales de Asturias, el de Cabueñes de Gijón y el HUCA. Por tanto, la mayoría de los asturianos no puede ejercer ese derecho por sí mismo.

En la eficiente organización de la vacunación se combina lo mejor y lo peor de las nuevas tecnologías. El número automático que gestiona el llamamiento carece de alternativa para una atención personal, como si toda la población asturiana, con un grado alto de envejecimiento, estuviese acostumbrada a seguir los pasos que le indica el robot. Si la situación de una persona no encaja en los cuatro parámetros programados, comienza su odisea particular.

El apoyo administrativo e informático al personal sanitario de vacunación es deficiente y la actuación de éste es desigual. En algunos puestos y según qué días, a unas personas se les entrega un papel que indica cuándo han recibido las vacunas, de qué marca son e incluso el lote de referencia; en otros, nada de nada.

Mientras en comunidades como Galicia se genera de inmediato un certificado digital de vacunación QR, accesible desde el móvil, en Asturias ya advierten en el punto de vacunación que no es posible. Hay que escribir por internet a una dirección del Sespa de atención al paciente, que exige enviar escaneado el DNI y señalar una dirección de correo postal, para poder recibir un certificado en papel que tarda en llegar... si llega.

Si las personas ya vacunadas desean viajar a Baleares o a Canarias, deben presentar a la entrada el correspondiente certificado (requisito, a mi juicio, inconstitucional). Si uno no dispone de ese moroso certificado, debe hacerse a su costa una PCR o un test de antígenos. Si ante tanta demora se le ocurre ir al centro donde se vacunó, puede llevarse la enorme sorpresa de que le digan que allí no consta que se haya vacunado y que llame a aquel teléfono robotizado, que nada soluciona, porque no está programado para eso, o que envíe su reclamación por correo electrónico a otra dirección del Sespa con el nombre de “incidencia-citacion-automática”. Ante esta indefensión de no poder demostrar que a uno ya le han puesto la vacuna completa hace más de veinte días, lo único que puede exhibir es un lacónico sms recibido en su día con la cita para la segunda dosis. Si no se resigna y solicita hablar con la persona responsable del puesto donde se vacunó, se encuentra con la respuesta, a modo de excusa, de que hubo días en que falló la informática y que los nombres de los vacunados se iban anotando a mano para después pasarlos al ordenador, pero que no se preocupe, que tarde o temprano aparecerá informatizado ese dato. Uno puede comprender que esto suceda con el registro de una dosis, pero no con las dos, espaciadas entre ellas tres semanas. Roza lo kafkiano.

Tanto automatismo para las citaciones y tanta falta de previsión y de diligencia para inscribir y acreditar la vacunación.

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