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Más de veinte años después

Sobre el empuje vital de Arturo Pérez-Reverte, que ya estaba presente cuando firmó el primer Alatriste, un personaje que, según su creador, ya “pertenece a otros”

Conocí personalmente a Arturo Pérez-Reverte en 1996, cuando publicó “El capitán Alatriste”. Literariamente ya había tenido noticia de él diez años antes, con “El húsar”, pero sobre todo le recuerdo como reportero de guerra en TVE. De Chipre a Bosnia, pasando por Eritrea, Nicaragua o Libia, Arturo contó los grandes conflictos bélicos de finales del siglo XX.

En 1999 Roman Polanski llevó al cine “El club Dumas” como “La novena puerta” y la presentó en el Festival de San Sebastián. A partir de entonces compartí con Arturo la promoción de sus libros: “La carta esférica”, “El oro del Rey”, “La reina del Sur”… Las presentaciones eran siempre multitudinarias y los medios de comunicación le ocupaban gran parte del día, pero por la noche nos íbamos a cenar con los escritores que habían compartido conversación con él. Todos magníficos contadores de historias y con gran sentido del humor: Juan Eslava Galán, de verbo preciso y claro; Rafael de Cózar, sabio e irónico, que murió en 2014 “intentando salvar de las llamas su biblioteca”, o José Perona, maestro de gramática, que con su sorna habitual solía decir: “Café, tabaco, silencio y libros, todo prohibido hoy, o imposible”.

Tras más de veinte años de la investidura de Diego Alatriste quise saber cómo veía ahora a su héroe desde que escribiera uno de los arranques de novela más atractivos: “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”. Le pregunté: “¿Sientes vértigo, satisfacción…, ha merecido la pena embarcarse en tamaña aventura?”, a lo que él respondió:

“Claro que mereció la pena. Y te aseguro que documentarlo, escribirlo, crear ese lenguaje intermedio entre lo clásico y lo moderno, fue un trabajo duro. Apasionante pero agotador. Lo curioso es que, más de veinte años después, la aventura de Alatriste la veo ya como si fuera una aventura ajena, escrita por otro. Hice con ella mi discurso de entrada en la RAE, ha pasado a los colegios de España y América, ha sido traducida a treinta lenguas, han hecho con ella cine y televisión, hay tantos cientos de miles de lectores, que ya no la veo como propia, no me pertenece. Cada lector tiene su Alatriste, y tienen derecho a que así sea. Incluso hay quien cree que existió de verdad. Es una satisfacción, por supuesto. El sueño de cualquier escritor. Pero también deja un poso agridulce, de cierta pérdida. Ya no puedo hacer con Alatriste lo que quiera. Pertenece a otros. Quizá por eso ahora me cuesta escribir una nueva historia de él. Y no sé si volveré a hacerlo. Digamos que Diego Alatriste ha llegado a ser un viejo amigo al que no me atrevo a arriesgarme a traicionar”.

Este viernes, en Gijón, un importante jurado concedió a Pérez-Reverte el Premio de la Crítica 2020 por su última obra, “Línea de fuego” (Alfaguara). Tras cinco años de “convivencia” dándole alas a Zenda, puedo decir que el empuje vital con que le conocí en 1996 cuando firmó el primer Alatriste con su hija Carlota sigue siendo idéntico.

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