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Carmen Martínez Fortún

Ministras

Un gobierno feminista

Una se considera feminista. Y aunque algunas veces, como me recordó con retintín el otro día un compañero en la sala de profesores cuando se me desbordó el café de la Nespresso porque estaba a otra cosa –”pero Carmen, ¿vosotras no podíais hacer varias cosas a la vez?, jejejeje”–, estoy muy satisfecha de mi condición de mujer. No considero que la misma deba ser un plus para la contratación si la persona contratada no vale y sí, en cambio, que es urgente rescatar de una vez del olvido a todas las mujeres eminentes que yacen sepultadas bajo siglos de silencio y ninguneo por obra y gracia de la historia, escrita en su mayoría por hombres.

Mas no creo que en la misma vayan a destacar algunas ministras del actual gobierno. Y me fastidia, pues habría preferido que hubieran añadido un plus de talento y competencia a un gobierno que tan difícil lo tenía desde el principio por su condición de coalición que algunos califican de frankensteniana, por la pandemia y por su dependencia atroz de los sediciosos independentistas irredentos.

Cuando oí a la ministra Laya decir triunfalista que España había vuelto para quedarse, me lo creí. Juzgue el informado lector cuál ha sido el papel del personaje en su andadura con todos sus desatinos. Juzgue también el desacierto continuado de la vicepresidenta Calvo –“¡no, bonita, no!”–, obsesionada con Ayuso, igual que Darias, y sus errores y rectificaciones continuas frente a los golazos diarios de la madrileña. Vean a la ministra Belarra afirmar que lo que identifica a Unidas Podemos es su ternura y amor. Tal vez por eso Iglesias quería meter a Ayuso –¡qué obsesión!– en la cárcel antes de que ella le retirara momentáneamente. Y contemplen a Díaz sermonear que va a cuidar y mimar a Junqueras en la mesa de diálogo, como si Sáenz de Santamaría no se hubiera dejado abrazar –y devorar luego el 1-O– antes de que ella le mime tanto.

Tenemos al parecer el gobierno más feminista de la historia de España. Lo cual no le garantiza éxito en los retos a los que se enfrenta. Pues eso –querido lector– solo lo garantiza la idoneidad.

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