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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Llambionadas amargas

No se encuentra el occidente de Asturias en un momento dulce, por mucho que en el Cabo Busto se hayan puesto de moda, con todo merecimiento, las cremas pasteleras, mouses y profiteroles que enhebra con maestría de orfebre Jhonatan González Ovalle, a las puertas de cuyo establecimiento se registran cada fin de semana colas de clientes llambiones en golosa procesión.

La gente de la comarca no entiende que el presidente regional visite una pastelería pero no se haya dignado en desplazarse a valorar “in situ” el “pastel” con guinda del “argayón” de Salas, trasunto de las desgracias de un territorio al que la geología y la falta de perspectivas condenan al aislamiento, sin otro futuro quijote que resignarse al gigantismo de los parques eólicos, buñuelos de viento de la repostería comarcal.

Entre milhojas de manzana, a casi un millar de cuartillas alcanza el cuaderno de quejas de una de las alas de esta Asturias que pierde vuelo, a la que más le cuesta coger altura. La misma que estando más cerca que nunca, sigue viéndose a lo lejos.

Si Barbón no va a la montaña, después de que la montaña se viniera abajo sobre la carretera nacional a la altura de Casazorrina, los montañeses y sus hijos, marnuetos y xaldos, se verán abocados a venirse a vivir a la ciudad de Barbón, donde el teto de la vaca suelta la leche ya merengada o en chantilly.

Hay un Occidente que acumula entorchados de la flor y nata de la repostería y otro que languidece en el amargor de carreteras gobernadas por baches y socavones, como el maltratado Corredor del Navia, centros de salud escasos de facultativos, monasterios en ruinas y aldeas que se despueblan y las gobierna el matorral. Hay un Occidente de masa madre y otro de pan ácimo.

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