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Jorge J. Fernández Sangrador

Nomos y concordia

El obispo africano recién fallecido que ayudó al advenimiento de un sistema democrático en el Congo

Laurent Monsengwo Pasinya llevaba apenas un año como obispo auxiliar de Kisangani, en la por entonces República del Zaire y hoy República Democrática del Congo, cuando pronunció, ante los alumnos del Pontificio Instituto Bíblico de Roma, una conferencia sobre “Exégesis bíblica y cuestiones africanas”. Fue en marzo de 1982.

Había recibido la ordenación episcopal, para servicio, como auxiliar, de la diócesis de Inongo, de manos de Juan Pablo II, durante el viaje que éste realizó al Zaire en mayo de 1980, aunque, cuando no había transcurrido todavía un año desde la ordenación, fue trasladado a la de Kisangani.

Su tesis doctoral, defendida, en 1971, en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, versó sobre la noción de “nomos” en el Pentateuco griego. Fue el primer africano que obtuvo el título de doctor en Sagrada Escritura por esa institución, creada por Pío X para la investigación y para formar profesores de Biblia y tal vez la más prestigiosa en esa área de las ciencias, junto a la Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa de Jerusalén, en la Iglesia católica.

El director de tesis fue el padre Ignace de la Potterie, un jesuita belga que se entregó apasionadamente, durante años, con sus extraordinarias dotes intelectuales, a tratar de comprender el concepto “Verdad” en el Evangelio según san Juan. Y en el tribunal que enjuició la tesis doctoral de Monsengwo Pasinya estuvo también el padre Maximilian Zerwick, jesuita y finísimo conocedor del griego de la Biblia. La gramática, el diccionario, un librito que lleva por título “Analysis Philologica Novi Testamenti Graeci”, escritos por Zerwick, son de esas obras fundamentales que no pasan jamás.

Aquel joven doctor en Sagrada Escritura, invitado años después por el Instituto Bíblico para que hablase ante los alumnos, ya como obispo, sobre exégesis bíblica y la realidad de África, no imaginaba que, en 1991, siendo arzobispo de Kisangani, recibiría la autorización de la Santa Sede para ser presidente de la Conferencia Nacional Soberana, en la que participaron los diferentes partidos políticos del país con el fin de establecer un normal funcionamiento democrático tras los casi treinta años de gobierno de Mobutu.

Entre 1992 y 1996, Laurent Monsengwo Pasinya presidió el Parlamento que hubo de gestionar el delicado proceso de transición del sistema anterior al nuevo. Y esa “auctoritas”, que toda la nación supo apreciar en él, puede que proviniera de la propia estirpe, pues su nombre, Monsengwo, indica que sus ascendientes pertenecían a una de las familias reales de Basakata. Fue también vicepresidente y copresidente de “Pax Christi”, un movimiento católico por la paz, en el que trabajó denodadamente para que ésta fuese una realidad en los territorios de los Grandes Lagos africanos.

Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Kinsasa, lo designó para que fuese secretario especial de la Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios y presidente delegado del de la Nueva evangelización, lo hizo cardenal y le pidió que dirigiese los ejercicios espirituales de la Curia romana, en los que enriqueció las meditaciones con ilustrativos relatos de las vivísimas tradiciones culturales africanas. Y el papa Francisco quiso que formase parte de su Consejo de cardenales, el llamado “G8 Vaticano”, para la revisión de la Constitución apostólica “Pastor bonus” y la reforma de la Curia. Falleció el pasado 11 de julio. Tenía 81 años.

Había en Laurent Monsengwo Pasinya algo que lo asemejaba a Moisés, cuya figura conocía muy bien gracias a los trabajos exegéticos que desarrolló en sus años de doctorado y que no descuidó durante los de su episcopado. También él había conducido a un pueblo, como Moisés al de Israel, hacia la libertad y la reconciliación, y era lúcidamente consciente de que toda tierra prometida es eso: una promesa que está siempre a punto de cumplirse. Sin embargo, al igual que le sucedió a Moisés, que, después de haber caminado hasta casi la extenuación, atravesando un desierto, para llegar a ella, tuvo que resignarse con contemplarla amorosamente desde la cima del monte Nebo, así también al cardenal Monsengwo Pasinya, pues, en lo que se refiere a la realización de sus deseos de paz, progreso y justicia para su país y otros del entorno, en pro de lo cual trabajó durante toda su vida, no pudo verlos cumplidos en su totalidad.

Ha dejado, no obstante, trazada una senda por la que las generaciones venideras podrán aproximarse aún más a las lindes de la ansiada tierra de promisión. Cuentan, además, para ello, con el valioso magisterio del que fue pastor de la nación, cuyos discursos sobre los principios por los que debe regirse la acción política habrán de ser recopilados y transmitidas por sus biógrafos y por los historiadores de aquel período de la vida pública de la República Democrática del Congo, y se sintetizan en estos dos conceptos: nomos (ley y educación) y concordia (unión de los corazones).

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