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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Plinio bajo el volcán

En el año 79 después de Cristo, el monte Vesubio se rompió en canal y su boca telúrica abrió de par en par las puertas del infierno. Con tal ferocidad que al paso imparable de la lengua incandescente miles de habitantes de Pompeya y Herculano quedaron sepultados para siempre en un sarcófago de lava. La terrible erupción de la isla de La Palma no se ha cobrado vidas, afortunadamente, pero ha arrasado enseres y haciendas, calcinado recuerdos, arrasado memorias. En la catástrofe vesubiana hubo, sin embargo, un damnificado ilustre, al que su insaciable curiosidad condujo a la muerte: Plinio el Viejo.

Gayo Plinio Segundo, ávido escritor nocturno, militar brillante y lector compulsivo, regía sus horas conforme al aforismo latino “Vita vigilia est”, vivir es estar despierto. Dueño de una voraz ansia de conocer, desarrollado en distintas campañas militares en provincias romanas de Europa y África, fue autor de “Historia Natural”, compendio de sabiduría clásica compuesto de 37 libros en los que recopiló los principales conocimientos científicos de su época en materias tan dispares como la zoología, la botánica, la geografía o la medicina. De Plinio podría decirse que puso un ingente empeño en redactar la Wikipedia de su tiempo.

Conocedor de la presencia de una inquietante e inmensa nube de humo que se percibía desde la bahía de Nápoles, se echó a la mar y condujo una flotilla de cuatrirremes en auxilio de Pompeya. Las crónicas de la época, seguramente dictadas por su sobrino Plinio el Joven, relatan que el personaje falleció víctima de la inhalación de gases tóxicos. Como se reconoce, cada acontecimiento contemporáneo nos remite de alguna forma a la Antigüedad clásica. Penoso así resulta que los nuevos planes de estudios detesten la enseñanza del griego y el latín.

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