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Juan Soto Ivars

Jorobados haciendo de jorobados

La tesis de que solo actores discapacitados pueden interpretar a Ricardo III

Gregory Doran, el director saliente de la Royal Shakespeare Company, ha dicho en una entrevista para “The Times” que solo debería elegirse a actores discapacitados para interpretar a Ricardo III, que era jorobado. El difunto esposo de Doran, el actor Antony Sher, hizo un memorable “Ricardo III” en 1984, por cierto. En su primera entrevista desde que enviudó, Doran ha dicho: “La actuación de Tony ahora probablemente no sería aceptable. (...) Es el síndrome de Otelo, ¿no? Ese momento en que los actores blancos dejaron de pensar en Otelo para su repertorio, porque ya no era aceptable tener el rostro pintado de negro”. Y chimpón.

No lo decía como una crítica, ni como una queja, ni como una alarma ante el absurdo por el que se escurre la cultura. Lo decía como la constatación de algo positivo, comprensible, signo del progreso. Pero es una constatación, digo yo, de que la realidad ya no imita al arte, como acostumbraba, sino al chiste y la parodia. Hemos de tener mucho cuidado con las bromas: al final será verdad eso de que son peligrosas, no por la ofensa que puedan inducir en algunos corazones, sino porque se hacen realidad.

Cuando las traducciones del libro de la poeta negra Amanda Gorman se cancelaron porque los traductores no eran negros me empecé a reír y dije –juro que no iba en serio– que lo más respetuoso sería que el propio autor tradujera su propia obra al mismo idioma en que había sido concebida. Y después, cuando criticaron a Eddie Redmayne por hacer de Stephen Hawking, o cuando impidieron que Scarlett Johansson interpretase a un personaje trans, dije que lo próximo podría ser que solo los tetrapléjicos pudieran interpretar a tetrapléjicos, y los asesinos a asesinos, y los enamorados a enamorados, y, al fin, que los actores tuvieran que interpretarse siempre a sí mismos, como en “Qué fue de Jorge Sanz”.

No sé si consuela o desconsuela comprobar que figuras importantes de la cultura británica, como Doran (¡nada menos que un director de la Royal Shakespeare, no estamos hablando de teatro de marionetas escolar!), expresan de un modo serio y comprometido lo que uno suelta intentando reducir una opinión al absurdo. “¡Cuánto pesa esta corona!”, se lamentaba Ricardo III, como nosotros podríamos exclamar “¡cuánto pesa esta literalidad!”. En fin. A veces piensa uno que no hay nada que hacer, así que: mi reino por caballo. Os lo pido con la chepa en el corazón.

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