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Francisco García

La matan callando

Me matan si no trabajo, y si trabajo me matan, debió pensar Barbón, parafraseando al poeta Nicolás Guillén, a su regreso de Madrid, de acometer la carrera de Forrest Gump de ministerio en ministerio, con chaquetona y botas de siete leguas. “Si hago algo me criticarán; y si no lo hago, también”, recriminó el presidente asturiano a la oposición que le toca sufrir, y que le acusa de hacer electoralismo con once meses de anticipación.

No le falta razón al líder regional del PSOE en la queja de haberse convertido en el muñeco del pimpampum del espectro político autonómico, que más que espectral es fantasmagoría, que no hay partido en esta región para lanzarse a excesos de pirotecnia. Ocurre que la crítica, descabezada o no, le va al presidente en el sueldo, de manera que le vendría bien un chubasquero rojo si quiere que cada apreciación negativa del enemigo político le resbale, como tímido aguacero.

Aquiles de pies ligeros a la asturiana por los despachos ministeriales de la capital, Barbón relata una cosecha de consecuciones que habrá que poner en cuarentena. Si ha acudido a la Corte es porque habrá visto las orejas al lobo con más nitidez que su consejero de Medio Rural.

Barbón debería acudir más a Madrid, con zapatillas de corredor de fondo, en madreñas o descalzo, al modo de Abebe Bikila. A la vista salta que traer ministros a Asturias en tropel no saca a la región del atolladero, pues cada titular de cartera llega y hace la visita del médico: diagnostica sin auscultar y extiende una receta que en el mejor de los casos tardará meses o años en administrarse. O sea, que cuando llega la medicina el enfermo ya es finado y le han echado campanazo encima. A Asturias siempre la matan. Muchas veces callando.

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