Opinión

Un científico y una gran persona insustituibles

Un lujo para la Universidad de Oviedo y para Asturias

He recibido apenado, y con cierta consternación, la noticia de la jubilación, el próximo 15 de diciembre, de Carlos López-Otín. El sentimiento entre la comunidad científica, y en la sociedad ovetense en general, es unánime: se trata de una pérdida irreparable para la investigación y, muy especialmente, para la Universidad de Oviedo.

Es evidente que el paso del tiempo es inexorable para todos y que, tarde o temprano, ese momento tiene que llegar. Pero también es cierto que el Dr. López-Otín está en condiciones de seguir aportando, y mucho, en el mundo de la investigación y la docencia que, sin duda, palpitan a un ritmo intelectual distinto al de otras disciplinas.

Respeto, como no puede ser de otra manera, su decisión, pero me embarga un cierto pesar al pensar que pueda estar motivada, no en una elección vital, sino en todas las injustas situaciones a las que se le ha sometido durante los últimos años. Todos sabemos que Carlos López-Otín no siempre ha recibido el buen trato que se merecía por parte de algunas instituciones, de un reducido número de colegas y ni siquiera, puntualmente, de su propia universidad.

Carlos López-Otín era un lujo para la Universidad de Oviedo, para Asturias y, por supuesto, para la investigación y la docencia, donde su magisterio ha conseguido importantes descubrimientos científicos y una larga lista de discípulos que, sin duda, van a continuar su gran labor. Y me resulta inconcebible que todos tengamos la sensación de que la Universidad no ha dado a este gran catedrático e investigador el trato, la colaboración, la relevancia y la justicia que se merece, y más teniendo en cuenta que su marcha repercute negativamente en la propia imagen de esta institución, que pierde a su más reconocido y destacado doctor.

Muchas veces tratamos de descubrir las razones de nuestro declive como comunidad y quizás la más evidente la tenemos hoy con esta sorprendente jubilación: somos capaces de permitir que se entorpezca y se persiga a quienes buscan la excelencia y no somos capaces de retenerlos, ofreciéndoles el respeto, el cariño y la consideración que se merecen. Ya no sólo dejamos que nuestros jóvenes se vayan para buscar su futuro lejos de esta tierra; también dejamos marcharse a quienes, sin lugar a dudas, podrían, con su enorme e inspirador trabajo, mejorar el futuro de Asturias.

López-Otín podría haber destacado en las mejores universidades y centros de investigación del mundo. Sin embargo, eligió quedarse en Oviedo y en su universidad, a la que situó como referencia internacional con todos sus descubrimientos. El pago que ha recibido en los últimos años no está a la altura ni de sus méritos ni de la Universidad de Oviedo.

Me gustaría trasladarle públicamente a Carlos López-Otín mi profunda gratitud por el excepcional trabajo realizado durante más de 30 años y por todo lo que nos ha dado, tanto a Oviedo, como a Asturias. En esta ciudad, de la que es Hijo Adoptivo y donde ya tiene una calle con su nombre, le estaremos eternamente agradecidos. Nuestros caminos han sido inseparables hasta ahora y así va a seguir siendo, porque, sin duda, es uno de los nuestros.

Su jubilación es una triste noticia. Pero entre el pesar que provoca su marcha, también hay esperanza: la que dejan sus discípulos. Como docente, su capacidad para ilusionar, para motivar y para generar vocaciones ha sido tan grande que ha conseguido que algunas de las mentes más brillantes de esta generación se hayan quedado atrapadas en Oviedo para formarse y trabajar en su laboratorio, logrando que su legado permanezca vivo para siempre. Esperemos que no se les someta a ellos al mismo calvario que al maestro.

Y una última reflexión, siguiendo al cantautor estadounidense Jackson Brown: lo que ha pasado con Carlos López-Otín es la prueba irrefutable de que "la envidia es el homenaje que la mediocridad rinde al talento".

Gracias por todo y toda la suerte del mundo en adelante, querido amigo.