Opinión | El espíritu de las leyes

Un viaje de retorno

Israel, del Holocausto a bombardear Gaza

Quienes vivimos en esta época de extraordinario desarrollo tecnológico de los medios de comunicación, nos hallamos condenados a presenciar cotidianamente el espanto de la violencia cainita en cualquier lugar de la Tierra. La maldad humana es incansable y resulta abrumadora. Lo comprobamos día tras día en Gaza, donde los nietos y biznietos de Auschwitz bombardean a los civiles inocentes, matando entre ellos a miles de niños. ¡Extraordinario viaje de retorno desde el horror hasta el horror! El ciclo completo del crimen industrial masificado se cierra, pero vuelve a reproducirse incesantemente una estación histórica tras otra: de Treblinka a Gaza, del Holocausto nazi hasta la invasión israelí de Palestina y el exterminio de sus habitantes. Así desde 1948, ya sin fin a partir de entonces, condenados los palestinos a morir y los israelíes a vivir en la zozobra del peligro constante. Puro estado de naturaleza hobbesiano.

El precio que ha pagado Israel por este homicidio perpetuo no resulta desdeñable: ausencia de un verdadero Estado de Derecho, legalización jurisprudencial de la tortura, consolidación de la cleptocracia en la cumbre gubernamental (el Primer Ministro Netanyahu, acusado de corrupción y en espera de juicio), creciente tiranía religiosa, fanatismo ideológico, justificación del asesinato político, triunfo del más arrogante racismo y supremacismo… ¡Cómo aplaudiría Himmler si viera todo esto! Los verdugos engendraron verdugos, de modo que pueden estar satisfechos de la absoluta inhumanidad de su descendencia. Entre la Wehrmacht y el Tsahal existe hoy una restallante progenie, un límpido linaje, una clara estirpe.

Y todo ello ante la complacencia norteamericana y europea, apenas encubierta o disimulada por la hipócrita resignación, el santurrón fatalismo, los piadosos ruegos de moderación dirigidos a los genocidas. ¡Qué asco, Dios mío! La condena farisaica del terrorismo de Hamas (alabo aquí la dignidad del Secretario General de la ONU, que se refirió valientemente al origen del conflicto y recibió el escupitajo israelí) es la misma que suscitaban las mortíferas incursiones del apache Gerónimo, miembro de un pueblo condenado también al despojo territorial y a la miseria, al acantonamiento en "reservas" y a la degradación, igual que los desdichados habitantes de la Franja de Gaza. Mientras tanto, la impoluta Ursula von der Layen acude presurosa a Israel a condenar el terrorismo de los desesperados palestinos sin mencionar el genocidio que lo origina. ¡Feliz Navidad, doña Úrsula, aunque no en Belén! Su próximo cargo debería ser presidir Eurodisney.

Mejor han estado en la hora presente Pedro Sánchez y el Primer Ministro belga, exigiendo a Israel el respeto del Derecho Internacional humanitario. Netanyahu, claro está, se ha enfadado y ha llamado a consultas a su embajadora en Madrid. Ahora bien, el reconocimiento del Estado palestino, al que también se refirió Sánchez recientemente, es asunto que, además de tratarse en la Unión Europea, debe debatirse en nuestras Cortes, dada su trascendencia en política exterior. Que cada partido se moje en la justificación del expolio y del genocidio. Hurtar ese debate, como hizo Sánchez con el trascendental cambio de la posición española en la cuestión del Sahara, sería un atropello al Parlamento y un grave error.

Cuantos criticamos los desafueros de Israel somos inmediamente acusados de antisemitismo. Pues no: debo mucho a la extraordinaria aportación cultural de la judeidad europea, cuyo prestigio –el de gigantes como Mendelsohn, Marx, Mahler, Freud, Benjamin, Wittgenstein, Döblin, Zweig, Cassirer, Arendt, Aron, etc.– manchan los bárbaros y corruptos gobernantes israelíes.