Opinión

La obispa Yolanda

La visita de la presidenta comunista al Vaticano

Tan anonadada regresa Yolanda Díaz de sus visitas al Papa que convendría recomendarle que cayera lívida del caballo y, al modo de San Pablo, acogiera, conversa, la fe del cristianismo. No le vendría mal a la anciana Conferencia Episcopal -muy callada, por cierto, en todos los asuntos de actual concernencia social, como la ominosa amnistía, salvo fray Jesús en algunos de sus pronunciamientos- un alma combativa femenina que defendiera con vehemencia los postulados de Mateo, 25. Siempre que lo autorizar su partido, defensor a ultranza de suprimir la “x” en favor de la Iglesia católica en la casilla reservada a tal fin en la anual declaración de la renta.

Dice la interlocutora que hablaron de esperanza y desesperanza y de las desigualdades en el mundo del trabajo, que es asunto que preocupa mucho a Yolanda pero más a los parados de larga duración, dejados de la mano de Dios, de las empresas y de las administraciones, y a los jóvenes sin empleo o mal remunerados. O sea, que el demonio es el capitalismo depredador.

Ocurre que ni el jesuita Bergoglio es comunista, aunque así lo proclame el conservadurismo vaticano; ni la vicepresidenta segunda del Gobierno cree en Dios ni siquiera en horario laboral de 35 horas a la semana, por mucho que su cultura política encuentre raíces en los curas que se reunían a escondidas con los obreros de Astano en el Ferrol de las feroces reconversiones del naval en la época sindicalista de su señor padre. Lo cual conduce a considerar estas reuniones como propias del ámbito de lo meramente protocolario, sin mayor pretensión que una foto oportunista y unas declaraciones. O sea, que ni Yolanda llegará a obispa o cardenala, ni Francisco se meterá en harinas de otro costal, como las que amasaba el señor cura de La Piñera, al que tocaba la gaita la molinera.